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La Coctelera

EL MUNDO DE LAS QUIMERAS

Escribo contigo... Escribes conmigo.... Escribamos juntos...

23 Enero 2007

Nunca se sabe lo que puede pasar con los sueños de Sorel

Sorel es escritor. De esos escritores que nadie entiende o que nadie quiere entender. Y nadie le entiende o nadie le quiere entender, porque dicen que no escribe en castellano, aunque su idioma sea el español. Que lo hace en francés, aunque ni los franceses le entiendan tampoco. Conclusión que se expresa como si fuese Perec o Vian o Queneau, pero en otra lengua distinta… Con lo cual ni franceses ni españoles le entienden, aunque sea por diferentes motivos. Como si fuese el propio Cortázar… Al que tampoco entendía nadie. Siempre me dice lo mismo, que la literatura española hoy es plana y pestilente, concursera, amañada, manipulada, aburrida, institucionalizada… Sí, pero tú no eres nadie, le contesto, mientras los planos, pestilentes, concurseros, amañados, manipulados/res, aburridos, institucionalizados, como tú dices, viajan en yate, habitan un amplio apartamento de doscientos metros cuadrados, escriben con entera libertad lo que les dicen que escriban, ganan todos los concursos literarios habidos y por haber, engrosando día a día sus abultadas cuentas corrientes… Pero no hay manera. Sigue intentándolo a su modo. Cada vez, apretando más la tuerca de su retorcimiento literario, hasta que llegue el día, que ni el mismo se entienda… Pero es feliz así. Disfruta con lo que hace. Aburre el hambre a base de imaginación, y en sus soledades nocturnas, idea nuevos laberintos literarios donde sus personajes entran y salen, nacen y mueren, hablan y silencian… sin una gota de alcohol en sus venas, ni de maría u otra sustancia en sus sentidos.
Pues bien. Sorel me llamo una mañana temprano pletórico de aburrimiento. Hacía al menos un mes que no tenía noticias suyas. Al parecer, sufrió reiteradas experiencias oníricas, durante ese lapso de tiempo, que plasmó en una novela, que ahora me encargo de presentar, de anotar, casi de traducir del castellano al castellano, a petición suya (espero que algún día nos haga caso y nos aburra escribiendo en español, o bien, se haga traductor de sus propias obras al francés, como ya hacía el propio Cortázar, porque tampoco había manera de entenderlo en su momento). Aquella mañana me contó lo de un primer sueño aburrido, sin ninguna aportación trascendente digna de ser contada… Después lo de las sucesivas transformaciones en noches posteriores, con sus variantes… De la angustia que le produjo todo aquel entramado vaporoso… Del desahogo que le produjo dar salida a sus pesadillas narrándolo en esta novela sorprendente e hiperrepetitiva.
Algo que me llamó la atención de la historia fue el estilo literario a la hora de relatar un sueño. Sensación de imágenes difíciles de plasmar en papel por miedo a que se evaporen definitivamente. Pues bien, ante tal duda, Sorel me confesó que bueno… que se había permitido la libertad de contar los sueños tal y como le acontecieron realmente, pero redactado literariamente, permitiéndose algunos privilegios, para no parecer un telegrama repetido una y otra vez, hasta diez, para darle un poco de coherencia al relato, para demostrar que no sólo es un papagayo sobre el diván de un psicoanalista, sino también un escritor con estilo literario, aunque francés escrito en castellano. Por eso, también me he permitido yo la osadía de realizar algunas observaciones, que, francamente, nos ayudan a entender, por un lado, el carácter de Sorel y de su obra, y por otro, el desarrollo de este relato, que como su nombre mismo señala, nunca se sabe por dónde puede salir, deambular, llegar a buen o mal término, dar fin…
A todos los futuros lectores, si alguna vez los encuentra, les pido de corazón, toda la paciencia del mundo a la hora de adentrarse en este submundo sin luces ni personajes definidos, salvo alguna excepción más que sospechosa, sin diálogos ni conversaciones, sin música ni pausa… Reiterativo collage de imágenes con un final que dudo sea cierto, pero final a fin de cuentas que es lo que importa.
Sorel necesita un reciclaje urgente… No es sólo el único.

J. A.

Primera noche de los sueños

Acababa de despertarme. Lo primero que me vino a la mente fue el sueño de la noche pasada.
Era noche cerrada. Parecía invierno, aunque ni llovía, ni la sensación era de una temperatura extremadamente baja. Por eso, sólo lo parecía. Tampoco por los atuendos inapreciables de la gente, que volvía a casa del trabajo o de los institutos o de los bares o de las compras o del paseo o de cualquier otra parte donde la concurrencia va o puede ir, de donde viene o puede venir. Tumulto en movimiento del que no se distinguía ni siquiera sus rostros. Sólo el regreso de seres que se evaporan. Como las luces de los coches tomadas en una visión nocturna a través de una cámara. Flashes en continuo movimiento hasta su desaparición definitiva. Para dejar paso, instantes después, a luces fijas, encendidas unas detrás de otras, trasladando la noche exterior al día interior, donde, alrededor de una mesa de camilla, se comparten los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño” (1), de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos).

Intimidades ajenas a la soledad exterior, iluminada únicamente por las amarillentas luces de farolas distribuidas cada cincuenta metros…
Por los faros de los vehículos que se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa camilla de todas las noches… Total, si siempre es lo mismo: los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día, los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño” de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza...). Luces exteriores tenues, que invitan a la huida interior… Todos huyen, salen corriendo, en busca de calor humano… Sonidos silenciosos, sólo decapitados por el estruendo de los motores de los vehículos, que como ya hemos dicho, se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa de camilla de todas las noches. Ni siquiera el crujir de los cierres metálicos de los comercios, mudos hasta la jornada siguiente. Ni el golpear de los nudillos de unas manos desconocidas al portalón de entrada a un inmueble. Ni el aleteo de murciélagos cegatos golpeando sus cuerpos contra ventanas cerradas a cal y canto. Ni los tacones desgastados sobre el empedrado de la calle en el deambular cansino de las prostitutas, que a esa hora comienzan su jornada laboral. Ni el maullido de un gato muerto de hambre y de frío a aquellas horas de la noche. Ni la eclosión del viento susurrando en el desierto urbano, ni de la lluvia, ni de los truenos… Porque aquella noche ni llueve, ni truena, ni ventea, sólo un cielo azul turbulento y enlutado, que deja asomar algunas estrellas perdidas, que no cesan de guiñar sus ojos en su afán de conquista… Pero las estrellas tampoco hacen ruido, al menos aparente. Nada que se le parezca. Paz, sosiego y calma exterior contrastada con interioridades desconocidas, a las que no tenemos acceso, porque no somos ellos, sino otros, como él, otro, en medio de aquel inmenso remanso desconocido.
Él, víctima de mi sueño, protagonista abandonado sobre aquella turba decapitada, como una pieza de ajedrez que desconoce las reglas del juego, de un vagabundo sin techo, instantes después de un toque de queda en tiempos de democracia, perdido, desorientado, dejado de la mano de un Dios que ni siquiera aparece en los sueños… Que no era yo… Que no me veo en mi propio sueño… Que no me identifico con su rostro imperceptible, ni con sus movimientos ridículos… Que tal vez sea yo que no quiero reconocerme… Juzguen ustedes… Allí, en aquel punto de la calle que le era completamente desconocida hasta entonces. Allí, en aquel punto de la calle donde él era un desconocido completamente para los presentes de antes y los ausentes de ahora. Allí, donde ni siquiera nuestro desconocido sabía lo que hacía. Como si subido a un avión hubiese sido arrojado en paracaídas en un punto determinado al azar. Siendo éste el culpable de que él, nuestro desconocido para ellos y para nosotros (carecía de rostro, no ya desdibujado, sino sin él, como decapitado de materia corpórea, como la mayor parte de todos los rostros de todos los sueños, aunque imaginemos que nuestros personajes sean seres reales que conocemos, sin identificarlos claramente, son ellos, los percibimos, los sentimos, los padecemos, nos hacen llorar o reír, mueren, viven o están simplemente).
En ese punto determinado de aterrizaje forzoso decidió tirar en una dirección determinada. Tanto a su izquierda como a su derecha se perdía la misma calle interminable. A su derecha en un horizonte más luminoso, más contemporáneo… A su izquierda, todo lo contrario, como adentrándose en el corazón de una ciudad, donde la luz se hacía más opaca a su paso, los edificios más en desuso por efecto de la antigüedad... Pero, sin duda, pensó sobre la marcha, que el camino de la derecha lo alejaba del centro de la supuesta ciudad en la que se encontraba, mientras, el camino de la izquierda, lo acercaba a algún lugar determinado en el que debía cumplir una misión. ¿Estaba allí para una misión? Yo que sé. Estaba. Apareció de repente. Andar por andar desorientado, ¿Buscar algo? Tampoco lo sé. Algo tendría que hacer, porque tampoco era consciente el pobre de que era víctima de un sueño de un desconocido o conocido, que para el caso era lo mismo, como ente onírico que era. También podría esperar allí sin moverse el momento del despertar, para desaparecer definitivamente en los limbos de los sueños evaporados. Pero no, puesto que no era consciente de lo que era, sólo de que estaba allí, sólo de que algo debía de hacer… Y lo hizo. Y tomó la dirección de la izquierda. La de las callejuelas más estrechas, más abandonadas si cabe, más silenciosas aún, más oscuras todavía… Ni siquiera mendigos vomitando el último trago de vino barato, o delincuentes afilando su navaja, o guardianes de la ley despertando mendigos vomitando su último trago de vino barato o espantando delincuentes que afilaban su navaja… Nada de nada… Nadie de nadie… Ni siquiera sus pensamientos que no tenía, ni una conciencia determinada, como seres que ni sienten ni padecen, que están pero que no son, como una piedra abandonada a su suerte en medio de un camino que conduce a su desgaste definitivo en arenilla, que un día será barrida y arrojada al cubo de la basura, esparcida por un incesante vendaval…
Nuestra piedra caminaba…
De repente, en un momento determinado del sueño, un vacío mental. Como un despertar que no es tal. Como una escena de una película cortada. Sin llegar a entender la secuencia. Como si nos faltara algún detalle que se nos ha perdido por el camino. Un hueco. Un abismo en negro absoluto. Como un soñador víctima de un fallecimiento repentino… Consecuencia: deja de soñar, el sueño desaparece, el personaje del sueño también… no despierta, está muerto.

Son vacíos mentales que también les ocurren a los vivos… A los que no sueñan… A los que permanecen despiertos eternamente…Que en la fantasía provoca una sucesión de imágenes inconexas, que en su conjunto tienen un sentido, pero que en el paso de unas a otras, carecen de sentido… Y la muerte es negra, al igual que los sueños, al igual que la noche, al igual que la oscuridad de los ojos cerrados. Como aburrido de seguir soñando lo que estaba soñando, planea un salto de momentos determinados, de laberintos sin salida que no conducen ni a un abismo ni a ninguna parte, haciendo reaparecer al personaje, la piedra, él, segundos después en un entorno menos solitario y abandonado, aunque igual de desconocido que el anterior. Pero algo es algo.
Podría imaginarme que él, la piedra, ha encontrado una salida… No lo sé… Lo único cierto es, que de repente, le veo reaparecer de nuevo, que continúa caminando, ahora en línea recta, que han desaparecido los recovecos de las oscuridades… Un inmenso pasillo destartalado se abre ahora ante su vista. Entendiendo por un pasillo, una especie de sendero abierto en medio de una planicie, iluminada por farolas que desprenden luces amarillentas… Sigue siendo de noche… No ha cambiado para nada la ubicación temporal… No se aprecian construcciones de ningún tipo, ni altos edificios, ni casas de vecinos, ni naves industriales o comerciales… Ninguna construcción… Sólo esa explanada abandonada, de suelo albero, con un camino por el que nuestro personaje continúa vagando, no sé si con paso firme, pero al menos recto, en dirección única… Como la vida misma… Como la propia soledad, que también sigue siendo manifiesta… Nadie… Nada que resaltar tampoco… Él… La piedra abandonada… Sí puedo recordar algo concreto… Que nuestro personaje caminaba de espaldas al sueño… Como situando, justo por detrás, una cámara desde la que le están filmando… Desde la que se observa por el objetivo un hombre que camina hacia delante a través de un camino de albero abierto en una inmensa explanada abandonada, sin vestigios de construcciones ni de vida cercana… Sólo soledades temporales de una persona, de la que no distinguimos apariencia alguna, tal vez su edad, haciendo un notable esfuerzo por recuperar información del disco duro de la memoria… Podría hasta asegurar que se trata de un chico joven… Que no ha alcanzado todavía los cuarenta, ni siquiera los treinta y cinco… No sé porque puedo imaginarme esto... Pero lo hago… Podría improvisar un cierto paralelismo con un diario de la existencia temporal… Senderos abiertos en medio de inmensidades anónimas, disfrazadas, escondidas, extrañas, ignoradas, irreconocibles, foráneas, forasteras, mudadas, ocultas y firmes, fuertes, inconquistables, inexpugnables, inquebrantables, insuperables, invencibles, sólidas y tenaces en su anonimato, en su disfraz, en su escondite, en su extrañeza, en su ignorancia, en su irreconocibilidad, en su foraneidad, en su extranjería , en su mudanza, en su ocultación… Sobre ellos nosotros… En un ejercicio de total aburrimiento, como el sueño… Aunque es preferible que nunca pase nada antes que estén siempre ocurriendo, porque habitualmente las cosas que ocurren no siempre son deseables… Pero en el sueño tampoco pasa nada. La consecuencia de este tedio no puede ser otra que
1. Nadie leerá esto nunca… y quien se atreva a leer la primera página y alcance al menos la seis, cerrará el libro, lo abandonará definitivamente, lo regalará a su peor enemigo, lo quemará hasta hacerlo desaparecer del todo evitando que caiga en manos de cualquier inocente curioso que sienta la tentación de abrirlo… incluso de intentar leerlo…
2. Nuestro soñador es un tipo de lo más aburrido… Siempre soñamos situaciones que nos llaman la atención… Hechos reales que revivimos con la pasión del descanso, que nos llega incluso a alterar, a convertirse en pesadilla… Nuestra mente genera sueños donde seres queridos se mueren de repente, entonces imaginamos nuestro dolor ante el cuerpo inerte de nuestra madre, de nuestro padre, de nuestro hermano, de nuestra hijo, de nuestra mujer o marido o amante o amigo… Donde caemos en la ruina más tremebunda y somos desposeídos de nuestras posesiones hasta ayer hipotecadas, para terminar deambulando, con una mano delante y otra detrás, en busca de caridad, cobijo, trabajo… Donde conquistamos a la chica de nuestros sueños, que en la vida diaria se nos aleja, se nos hace inalcanzable, pero que en los sueños somos capaces de acercarnos a ella, de hablarle, de recitarle una palabra bonita al oído, de verla sonreír, de meterle mano entre los muslos, hasta imaginamos que ella se ríe y se deja hacer… Pero no, nuestro soñador no sueña nada atrevido o aventurero, con alguna acción posible… Un tío desconocido que se pierde en una ciudad desconocida en una noche solitaria. Novela de inacción-repetición.
Sin saber quién era concretamente, qué hacía allí, por qué estaba en ese lugar preciso y no en otro, hacía donde se dirigía, con qué fin u objetivo… La única evidencia es su existencia y estancia, que delante de sí se abría un horizonte completamente despejado…
En un momento dado, una sorpresa fulminante, imprevista, inesperada, insospechada, rápida, repentina, súbita… En esa inmensa y desolada explanada de albero, se observa, por el lado derecho de nuestra visión, la barra de un bar. Como dejada caer desde ninguna parte para ocupar aquel espacio, como una alucinación ocultada hasta entonces por una espesa niebla, que desaparece por arte de magia mostrando aquel nuevo espacio, que en ningún momento anterior, se había avistado en el acercamiento paulatino de nuestra cámara… No un local cerrado, sino un bar sin paredes, ni puertas, ni cristaleras a la calle… No sé que influencia podría tener la película “Dogville”, que había visto hacía unos días, sobre aquella imagen difuminada en mi mente y que ahora se proyectaba con tantas nitidez en mi sueño… Lo cierto es, que tampoco aquello era una calle considerada como tal, si bien tampoco aparecían los nombres escritos sobre la calzadas, ni siquiera había separaciones entre interiores y exteriores… Sólo una barra de madera desgastada y oscurecida, que separaba de un lado, taburetes, donde algunos culos reposaban a aquellas horas tomando algo, acodados sobre la barra, siempre de espaldas a la cámara, mostrando perfiles humanos diluidos, de otro lado, un mostrador, tras el que un camarero iba y venía atendiendo las necesidades de sus clientes… Máquina de café a pleno rendimiento, tostadas y bollería diversa, como si aún siendo noche cerrada, que lo era al menos en el color del cielo, estuviera amaneciendo, y aquellas criaturas desdibujadas estuviesen desayunando. También sobresalía en la decoración de aquel destartalado bar, estilo taberna americana, de esas que salían en las películas de John Wayne, tres o cuatro pilares, que parecían de madera, y que sostenían un supuesto techo invisible… Cinco o seis estantes colgados en la pared, alojando botellas de licores diferentes… Nada más… Imagen ésta que puede generar mil dudas.. Qué hacía allí aquella taberna destartalada, en medio de aquel escampado solitario… De dónde habían salido aquellos supuestos clientes, apostados en la barra y tomando un desayuno a aquellas horas de la noche, aunque presumiblemente parecía estar rompiendo el día, si segundos antes de aquella nueva imagen… Nada… Nadie… Pero esto es un sueño… Los sueños, como dice la canción, sueños son… Para qué intentar buscarles explicación…
Tal vez le apeteciera a nuestro personaje un café caliente, algo que comer… Detenerse en aquel bar porque pudiese estar cansado… Y así lo hizo… Abandonando el trazado rectilíneo diseñado en el suelo y ocupando uno de los taburetes vacíos, mirando a uno y otro lado, a los supuestos rostros sin perfil definido de sus vecinos. Tan imprecisos, como los que vemos en aquellas entrevistas que pasan por televisión a los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado… Se sabe, que tras aquella indefinición, hay unos rostros que acarician, que adelgazan, que se agitan, que se alcoholizan, que aman, que andan, que anhelan, que arrojan, que arruinan, que asesinan, que asolan, que atacan, que beben, que berrean, que besan, que bostezan, que caen, que calumnian, que caminan, que cantan, que cautivan, que chillan, que chochean, que claman, que comen, que conciben, que conspiran, que construyen, que consuelan, que consumen, que corean, que corren, que corroen, que corrumpen, que cuentan, que desean, que deshacen, que desobedecen, que desolan, que desprotegen, que destripan, que destruyen, que disparan, que duermen, que encienden, que enemistan, que enferman, que engañan, que engordan, que envilecen, que escriben, que espían, que estudian, que follan, que ganan, que guerrean, que gobiernan, que gritan, que hablan, que hacen dinero de la nada o lo pierden como si nada, que parece que hacen mucho, que no hacen nada, que han sido enmudecidos, que hieren, que huelen, que imploran, que imponen, que incautan, que indagan, que insultan, que intentan levantarse, que lamen, que leen, que maltratan, que se manifiestan, que masturban, que merecen, que mueren, que se mueven, que nacen, que nadan, que necesitan, que obedecen, que observan, que odian, que operan, que pacifican o lo intentan, que padecen, que pelean, que pierden incluso la esperanza y todo lo que haya que perder, que pierden, que pintan, que pisotean, que protegen, que pueblan, que pueden, que queman, que quieren, que reconsideran, que reniegan, que resoplan, que respiran, que resuenan, que sanan, que sangran, que son acariciados, que son adelgazados, que son anhelados, que son arrojados, que son arruinados, que son asesinados, que son asolados, que son atacados, que son besados, que son calumniados, que son cautivados, que son comidos, que son concebidos, que son construidos, que son consolados, que son consumidos, que son coreados, que son corroídos, que son corrompidos, que son contados, que son deseados, que son deshechos, que son desobedecidos, que son desolados, que son desprotegidos, que son destripados, que son destruidos, que son disparados, que son dormidos, que son drogados, que son enemistados, que son enfermados, que son engañados, que son engordados, que son envilecidos, que son espiados, que son estudiados, que son follados, que son ganados, que son gobernados, que son gritados, que son hablados, que son heridos, que son implorados, que son impuestos, que son incautados, que son indagados, que son insultados, que intentan ser levantados, que son lamidos, que son leídos , que son maltratados, que son masturbados, que son merecidos, que son movidos, que son necesitados, que son obedecidos, que son observados, que son odiados, que son olidos, que son operados, que son pacificados o lo intentan, que son perdidos, que son pintados, que son poblados, que son pisoteados, que son protegidos, que son quemados, que son queridos, que son reconsiderados, que son renegados, que son sanados, que son sangrados, que son temidos, que son torturados, que son vistos, que son vencidos, que son vigilados, que son violados, que son vitoreados, que son zarandeados, que sufren, que temen, que torturan, que tosen, que trabajan, que trafican, que vagabundean, que ven, que vencen, que vigilan, que violan, que vitorean, que viven, que vuelan, que zarandean… Que sueñan… Así, todo por orden alfabético. Pero invisibles a la nitidez de la mirada…
E intentaba contemplar cada uno de los detalles del establecimiento, sin obviar ningún tipo de detalle… Buscar con la mirada al supuesto camarero del que no podía describir tampoco su rostro, porque, a todas luces, se mostraba igualmente indefinible. Y lo descubrió porque estaba detrás de la barra y, eso sí, porque llevaba un mandil blanco atado a la cintura… Nada más acercarse, sin mediar palabras audibles ni recordables, pidió supuestamente algo…“Me pone un café, por favor”… Y digo supuestamente, porque no recuerda expresión alguna de ninguno de los lados del mostrador, porque tampoco en los sueños se escuchan las palabras, tal vez uno se las imagina, se las inventa, las pone en los labios de los personajes… Poco más… Sí, algo mas… Pocos minutos después, delante de nuestro personaje, figuraba un vaso de café con leche… Tampoco sé cuanto tiempo pudo estar nuestro personaje ocupado en echar esa bebida humeante en su estómago, pero no fue tanto, ocupado en todo momento de inspeccionar el extraño territorio, los etéreos lindantes… Tampoco sé si llegó a pagar o no, si en ese mundo de los sueños existe o no el dinero, lo cierto es, que sin siquiera decir adiós, ni nada que se le pareciera, bajó del taburete y se encaminó de nuevo hacia la salida, hacia la misma calle de albero amarillento que enfilaba de nuevo, a izquierda y derecha, hacia inmensidades ilimitadas en el horizonte. Para no volver sobre sus pasos en una aventura laberíntica que parecía no conducir a ninguna parte, torció esta vez a su derecha, para proseguir al menos por el sendero que venía siguiendo desde el principio.
Él siguió su camino, mientras un pensamiento podría pasar por su mente… El tiempo que llevaba deambulando sin parar… Aunque, bien es cierto, tampoco había andado tanto, desde que fue abandonado en aquella calle, que devino desierta, como por arte de magia, por sus residentes habituales a la caída de la noche, hasta que empezó a descubrir a los primeros madrugadores de la mañana… ¿Habían pasado tantas horas? … Las cuestiones temporales en los sueños son imperceptibles… El tiempo puede pasar a velocidades de vértigo, puede pararse el reloj en un punto determinado y ni siquiera transcurrir… Son los colores de los cielos, las intensidades de las luminosidades, los actos rutinarios de los seres que se mueven, los que nos dan una idea de que el tiempo pasa, que no lo podemos parar, que comienza un día, transcurre, continúa transcurriendo, siempre lo mismo, y un día y otro y otro y otras medidas artificiales de tiempo que se repiten: semanas, meses, años, lustros, siglos, milenios… sin detenerse nunca desde los comienzos, perdidos en el olvido.
Pero los cielos continúan tenebrosos en su color. Parece que no va a amanecer nunca... La soledad se hizo de nuevo… La explanada seguía cubriendo su horizonte. Nada de nada… Nadie de nadie… Sólo albero y más albero, y el sendero abierto artificialmente en un punto determinado. Sin palabras, sin pensamientos… como una máquina que se desplaza en un movimiento fijo, un muñeco de cuerda programado durante un tiempo… un paso algo más acelerado, retomando el inicial, ahora que el obstáculo ha desaparecido de su visión.
Sólo iluminado por la oscuridad de la noche, ninguna farola, ninguna luz amarillenta, como si la luna y las estrellas, completamente inapreciables desde aquel lugar, matizaran algo de fulgor en la lobreguez impuesta… para, en un momento dado, divisar en lontananza un cambio completo de paisaje... Sí, parecía que la explanada llegaba a su fin, que conducía a alguna parte determinada… A lo lejos se divisaban altos bloques de vivienda. Repletos de pequeñas ventanas iluminadas. Como si fuese una nueva noche que empieza y la gente volviera a refugiarse en sus hogares… Como si estuviese amaneciendo y todas aquellas bombillas encendidas fueran el reflejo de los despertares a una jornada nueva… Rostros adormilados, legañosos, con melenas revueltas… Buscando un café recién hecho con el que intentar espabilar el cuerpo y despejar el espíritu… Una ducha con la que refrescar los sudores producidos por pesadillas rocambolescas, las pieles sudosas tras un intenso polvo antes de cerrar los ojos y echarse a dormir, los cuerpos agotados por profundos insomnios… Sobre todo silencios, rotos por niños que comienzan sus días cargados de la fuerza propia de quienes no entienden nada de la vida, que después va desapareciendo paulatinamente, a la vez que la piel se arruga, las fuerzas se desgastan, los ánimos decrecen… No quiero ni pensar que la noche se haya apoderado del cielo y se eternice… Cómo podríamos imaginar la ausencia de la luz del sol, las blanquecinas nubes poblando los cielos, el color celeste… Mejor ni pensarlo, da igual que estuviera anocheciendo que amaneciendo, que la gente desayune al acostarse o cene al despertar, costumbres o rutinas impuestas por la costumbre…
Él, nuestra piedra, ya tenía, al menos, una meta: acercarse a aquellos bloques elevados, que aunque extraños, le absorbían de los silencios y de las soledades de antes… Conforme se acercaba a su objetivo, vio como una enorme rampa inclinada se abría desde la explanada hasta civilizaciones más cercanas y pobladas. También los límites de la inmensa extensión que parecía haber atravesado durante la noche. Enormes muros de ladrillo servían de fronteras para aquel destartalada superficie de albero amarillento. Sobre uno de los laterales, una inmensa grieta sobre la que desembocaba aquella rampa.
A pesar de augurar un mundo poblado cercano, el silencio continuaba embargándolo todo… Incluso a los pies de la rampa, al inicio de la ascensión… Ningún cambio aparente a lo vivido durante las últimas horas. Ni siquiera un alma visible detrás suya conforme iba ascendiendo y le dio por mirar atrás… Nadie… Nada… Sí, una visión que podría parecer sorprendente: la explanada que acababa de atravesar no mediría más de cien metros cuadrados. Un cuadrado perfectamente diseñado, de superficie terrosa, amurallada en su totalidad, salpicada con algunos follajes silvestres, abandonada del todo y rodeada por sus cuatro lados por inmuebles de todo tipo… Como si se tratara de los restos de un basto edificio derruido… Visión que difería completamente de la percibida durante su peregrinaje… ¿Toda la noche caminando para atravesar sólo cien metros? ¿Dónde pasó todo ese tiempo? ¿Y los restos del supuesto bar donde había tomado café tan sólo unos instantes antes? … Pero vuelvo a decir, los sueños son sueños, y buscarle alguna explicación racional o mínimamente coherente puede suponer toda una tesis psicoanalítica, para la que ni estamos preparados, ni es el objetivo de esta narración. Lo único objetivo es, que ahí estaba aquel descampado, él, nuestra piedra, perdido en un entorno urbano, que seguía siéndole ajeno. Que hacía sólo un rato había tomado un café… no sabemos dónde. Que había iniciado su travesía por las supuestas callejuelas de un centro de ciudad, en la que presumiblemente seguía estando. Que había deambulado perdido y desorientado hasta encontrar un terreno de albero que le había conducido hasta esta rampa en la que ahora se encontraba… y poco más. Lo importante era seguir avanzando, aún sin saber hacia donde. Tal y como había hecho tras su eclosión milagrosa.
Contemplado el paisaje que había abandonado, se percató de repente, de la presencia cercana de un grupo de muchachas. Sí, eran féminas. De eso estaba convencido. No podía recordar si eran guapas o feas, rubias o morenas o pelirrojas o albinas o calvas. Ni siquiera como iban ataviadas. Aunque sólo fuera para cuestionar su buen o mal gusto, para distinguir la estación primaveral en la que se desarrollaba toda aquella aventura: primavera, verano, otoño o invierno… Nada… Ni de si iban maquilladas o con el rostro puro y transparente... De si portaban algún rasgo distintivo u orientador… Tampoco… Todos aquellos atributos le hubieran servido, sin duda, para clarificar algunos datos. No ya sólo la climatología… al menos lanzar un rayo de luz respecto de sus ocupaciones, adónde se dirigían, que hacían a aquella hora de la supuesta noche-amanecer… Aunque sólo fuese por curiosidad… ¿Se trataba de un grupo de mujeres que iban a aquellas horas a su trabajo? ¿Venían de dejar a sus respectivos niños en el colegio o guardería? ¿Emergían de la nada, en manada, en busca de alguna ganga en las rebajas de un centro comercial? ¿Habían salido a hacer un poco de footing? ¿Era una banda femenina de delincuencia organizada? ¿Un grupo de prostitutas? ¿Yonquis en busca de su dosis? ¿Manifestantes feministas a pequeña escala? … Ni idea… Allí estaban, y le vino bien a él, a nuestro protagonista, que estuvieran, que pasaran a su lado, de la misma forma como había acontecido todo lo anterior, espontáneamente, repentinamente, súbitamente… de forma imprevista… Dado que tras acercarse a ellas, algo tuvo que preguntarles y algo tuvieron que contestarle, sin llegar a entender ni descifrar el qué… Lo único que sabemos, como en las películas de cine mudo, es que nuestro personaje pareció darles las gracias por la información proporcionada… Sin duda y presumiblemente, relacionada con un atisbo de guía, directriz, instrucción, consejo, sugerencia, posición, disposición, indicación, encauzamiento, encarrilamiento, ubicación, situación, colocación… sobre dónde estaba y cómo salir de aquel tablero de juego. Y lo suponía, porque, nada más desaparecer el grupo de chicas, nuestro personaje comenzó a dejar de deambular, a dejar de mirar para todos lados… para encaminarse, con un paso más firme, hacia un lugar concreto… Sí, es verdad, parecía decir con su mirada. No recordaba pero ya sí recuerdo… Dejó de contemplar los edificios con cara sorprendida, para volver a admirarlos, tal y como seguramente había hecho en innumerables ocasiones que había paseado por aquellas encrucijadas urbanas en un pasado no demasiado lejano en el recuerdo.
Y al bajar de la rampa y perder de vista la nebulosa de la explanada, salió a una amplia avenida, en la que cientos de coches se abrían paso en doble dirección y a alta velocidad. Todos ellos con sus faros encendidos, con la sombra de su conductor en el interior. Respiraba feliz y reorientado. Como despertado de un sueño de Sorel convertido en pesadilla, temor, desasosiego, angustia, zozobra, congoja, alucinación o delirio. Y atravesó por un paso de cebra, donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, y los pasos de cebra, como aquel, por el que nuestro paseante, nuestra piedra dotada nuevamente de vida, atravesaba con una expresión de felicidad, a pesar de los riesgos, que ya no eran tantos. La muerte es expresión de vida que se extingue… La inmortalidad sólo de inexistencia… Era, existía, ajeno a los gritos de los otros peatones dirigidos contra los conductores suicidas, con la mala leche que supone tener que poner los pies en la calle, con todos los riesgos que conlleva, para comenzar una nueva jornada de trabajo o de estudio o de compra o de paseo o de estupidez rutinaria… Y aún de noche… Para mirar atrás, contemplando aquellos rostros cansinos, como el que él portaba minutos antes, desgarrados, inertes, muertos, derrotados… Aquellos vehículos que arrancaban de nuevo sus motores para lanzarse en una carrera insensata en pos de un destino determinado…
Tan afortunado y alegre y atinado y contento y dichoso y eficaz y feliz (así por orden alfabético) parecía encontrarse, que sintió en su estómago una especie de necesidad, siempre ajeno al alboroto, a la bulla, a la confusión, al eco, al escándalo, al esplendor, al estallido, al estrépito, al fragor, a la polvareda, a la pompa, a la repercusión, al tumulto (así por orden alfabético) que le rodeaba por todas partes… En el hormigueo de los vivientes que caminaban sobre dos piernas sobre las aceras rebosantes, de los metálicos que se deslizaban sobre cuatro ruedas sobre los asfaltos atestados, de las geométricas que dejaban asomar juegos de luces constantes, de los menos vivientes que correteaban sobre sus cuatro patas arrastrando tras una cuerda recogida al cuello a sus presumibles dueños que sudaban de lo lindo para sostener las incontrolables bestias, que levantando sus patitas traseras inundaban de color y olor aceras, farolas, ruedas de coches, árboles, piernas…Él, se sentía dispensado, exento, inatacable, inmune, inmunizado, inviolable, invulnerable, protegido (así por orden alfabético) o ajeno, diferente, distinto, diverso, extraño, extranjero, foráneo, forastero, indiferente (así por orden alfabético) y cómo no, atrevido, autónomo, descocado, desenvuelto, desocupado, dispensado, disponible, emancipado, escapado, evadido, excarcelado, exento, expedito, franco, fugado, huido, independiente, liberado, libertado, libertino, librado, libre, osado, redimido, rescatado, soberano, suelto, vacante, vacío, (así por orden alfabético), como vacunado de todos y de todo inmunizado, inoculado o inyectado de todo tipo de drogas (aceite de hachís, anfetaminas, barbitúricos, benzodiacepinas, chara, cocaína, codeína, crack, DOET, DOM, éxtasis, ganja, hachís, heroína, hojas de coca, opio, hongos psilocibios, inhalantes, kif, LSD, marihuana, MDA, mescalina, morfina, nicotina, pasta de coca, PCP, sinsemilla, TMA, xantinas ) y de alcoholes relajantes que evaden de las barreduras, de la basura, de la bazofia, de la cochambre, de los desechos, de los desperdicios, de los despojos, del estiércol, del excremento, de la impureza, de la inmundicia, de la mierda, de la mugre, de la porquería, de los restos, del sedimento, de las sobras, de la suciedad, y subiendo el tono evacuatorio de la birria, de la boñiga, de la cagada, de la defecación, de la deposición, del detrito, de la deyección, de la excreción, del excremento, de las heces… que pueblan la realidad mundana gobernada por barreduras, basuras, bazofias, cochambres, desechos, desperdicios, despojos, estiércoles, excrementos, impurezas, inmundicias, mierdas, mugres, porquerías, restos, sedimentos, sobras, suciedades, y subiendo el tono evacutario por birrias, boñigas, cagadas, defecaciones, deposiciones, detritos, deyecciones, excreciones, excrementos, heces (siempre por orden alfabético) de gobernantes con rostros humanos, cuatro patas y una polla que no mide más de cinco centímetros… Por eso se la chupan tanto unos a otros, por eso la universalización de los consoladores… Único consuelo… Al menos de los que tienen el ano demasiado ancho y la boca demasiado pequeña…(2).
Reencontrado consigo mismo, nuestro personaje, en un aislamiento del mundo circundante aburrido, arrastrado, arruinado, cítrico, desnatado, económico, feo, geométrico, globalizado, homogeneizado, imperialista, minusválido, pestilente, religioso, ruidoso, soez, sucio y vomitivo, y en un alarde de suicidio social, decidió alejarse del hormiguero madrugador de aquella mañana, que aún era noche oscura, sin visos de claridad alguna, adentrándose por las callejuelas aledañas a aquellas grandes avenidas, en las que los olores a despojos humanos se hacían más notorios, desde heces desperdigadas de todos los tipos y tamaños, hasta jeringuillas sangrientas abandonadas tras un buen chute de paciencia con sabor a evasión.
Sin más iluminación, que algunos destellos ocasionales de vehículos despistados. Ni siquiera tras las ventanas de los elevados inmuebles de la calle, apuntalados por todas partes, símbolo de la podredumbre de aquellos que no necesitan, como el resto de los mortales, levantarse temprano todas las mañanas, para salir a buscarse la vida… Como si la vida les hubiera perdido… Como si ellos tampoco quisieran encontrarse… (3). Y en su viaje al centro de la humanidad denostada, en la esquina conformada por dos calles en paralelo que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear con menos sinsabor un café y una tostada rebosante de mantequilla…
Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…),

los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa ocupada…Velador en el que una chica de unos veintiséis o veintisiete o veintiocho o a lo sumo veintinueve años esperaba no sé sabe qué, ante un vaso no burbujeante de color anaranjado, del que no había consumido más de dos dedos. Sin mirar a ninguna parte en concreto, ni dejando de mirar en todas las direcciones posibles. Sin otro entretenimiento que ser contemplada-admirada por aquel camarero-matón, única compañía… Y un pelo anaranjado cortado por encima de los hombros… Y unos ojos inmensos que transmitían locuras incontrolables… Y un rostro algo redondeado, que posiblemente transmitía tristeza. Sorel aún no estaba presente en aquel juego, claro (4)… Y una blusa negra de tirantas con una especie de bordado a la altura del pecho, voluptuoso y bien formado… Y una falda, que no era más que una excusa para no salir desnuda de cintura para abajo, vaquera, muy por encima de sus rodillas, dejando ver unas piernas deslumbrantes… Y unos pies subidos sobre doce centímetros de tacón fino en unos zapatos negros que eran el complemento perfecto para aquella ilusión óptica…

No entiendo cómo nuestro personaje abandonó aquella revelación, no cambió el ritmo de su aventura, del sueño anodino, banal, insignificante, insípido, insustancial y pueril del que estaba siendo objeto y sujeto a la vez… Lo cierto es que no lo hizo. Ni tampoco el soñador activo y pasivo, parece ser, que puso de su parte para hacerlo. No lo hice… No quise transformar aquella nada en una historia con contenido más altamente consistente… Porque no era el momento… Ni la persona adecuada… Porque se trata de un sueño… Sin merecer más explicaciones que las que puedan sucederse a partir de ahora… Que es el primer sueño… Que podrán venir otros muchos… Que puedo que los demás enciendan un poco de luz a este vacío de dos personajes que no tienen intención de encontrarse… Por algo será… Igual que describir al único personaje describible de esta historia pueda decir algo… Sin aventurar nada en beneficio del conjunto… Es la primera noche… Vendrán otras tantas, sucesivas, en las que todavía no sabemos qué puede ocurrir… De hecho ocurren cosas… Lo sé… Lo he soñado… Aunque hubiese mejorado el relato de propiciar un encuentro menos distante y educado… Sobre todo desde el punto de vista sentimental o sexualmente (5)… Por eso, allí se quedó, viendo todo aquello sin atravesar del todo el umbral… Oteando el horizonte… Para decidir finalmente, que por muy buena que estuviera aquella chica desconocida, por muy estupenda que pueda resultar su compañía, por muy agradable que pudiera resultar aquella música, él quería desayunar, porque amanecía siendo de noche, no anochecía para tomar unas copas alcohólicas en buena compañía…
Para dar marcha atrás por el mismo camino que había tomado cuanse desvió de sus amplias avenidas, descubriendo, en el cruce que conformaban cuatro estrechas calles, una pequeña aglomeración de personas, situadas delante de una especie de quiosco oscuro, color opaco, que cuanto más me acercaba nuestro personaje, más tonalidad verde iba adoptando, y en el que un tipo, de rostro y vestimenta indefinido, al igual que los rostros y los atuendos de los que estaban a la espera, se afanaba en abrir dos enormes portalones de madera contrachapada, tras los que se ocultaban los instrumentos propios de una barra de bar…

Como esos quioscos colocados estratégicamente a las puertas de los campos de fútbol, en los que se venden salchichas, bebidas, hamburguesas, patatas fritas y otras chucherías… Como esos habitáculos colocados en las ferias de los pueblos y ciudades, en los que se rifa, se vende, se juega, se engaña a inocentes de todas las edades en busca de un regalo pagado a precio de oro…Allí, sobre un pequeño mostrador trasero, una máquina de café, un tostador, una hilera de platos, cubiertos, vasos de diferentes tamaños… Visibles nítidamente bajo las luces desprendidas de aquellas tres desnudas bombillas colgadas con un triste y raquítico cable desde el techo del tenderete, habitáculo, quiosco…
Sin duda había renunciado a la comodidad de desayunar sentado en aquellas mesas de madera, al encanto de compartir con aquella chica un rato agradable, sólo tenerla cerca, aunque sin compartir con ella más que un espacio silencioso, también resultaría, al menos, gratificante, incluso a los sones de aquella música que sonaba diferente a la que estaba acostumbrado a escuchar por cojones en la telebasura y en las radio-fórmulas y en las discotecas y en los bares y en las radios de los coches, que con las lunas bajadas, inundaban de mal gusto, hasta los sones desacompados de los claxones… Pero, a aquellas horas, él prefería desayunar, antes que tomarse cualquier otra cosa. Así, mientras lanzaba miradas de soslayo a los otros partenaires, en los que no descubría, una vez más, ningún rasgo físico definido, le pedía a aquel camarero, tan distinto en su porte al del bar de copas visitado minutos antes, su tostada con mantequilla y su café con leche, como correspondía a aquella horas de la mañana-noche, como los otros comensales hacían a su lado en sus diferentes variadades: café con leche, solo, vaso de leche, cacao, batidos, leche manchada, cortado, carajillo… O bien, tostadas con mantequilla, sin sal, salada, media sal, blanca con tropezones de carne, roja con tropezones de carne, paté, mermelada, aceite, sobrasada, jamón dulce, salado, u otras contundencias más apetitosas y menos digestivas…
Y le vino del carajo aquel piscolabis… Al menos para fortalecer un cuerpo sometido durante las últimas horas a todas las tensiones ya enumeradas… No olvidadas por nuestro personajes, pero sí echadas en la papelera de reciclaje de su ordenador mental… Como aquel despiste inacostumbrado, que le llevó a perderse en una ciudad del todo conocida, salvo aquel rostro femenino, que sí, que parecía imponente, pero que para algo más que contemplar o admirar, era preciso, previamente, llenar el estómago… ¿Ir ahora? Siempre era una posibilidad… Así que, marcha atrás en su camino andado, haciéndose todo tipo de pajas mentales, seguro, al menos yo mismo me las haría… Desde que se acercaba a ella con la sonrisa de oreja a oreja… Desde que pedía cortésmente permiso para sentarse a su lado, si no era molestia claro… Desde que iniciaba una conversación amena acerca de que “Fíjese señorita, esta noche me ha pasado una cosa curiosa… Parecía como un sueño… Me encontré, de repente, en un lugar desconocido por mí. Andaba como perdido… Y caminé y caminé, hasta topar con una amplia explanada de suelo albero, que al principio parecía inmensa…” Aburriendo a la más sorda de nuestras interlocutoras… Desde que la incitaba a beber una copa de más… Desde que provocaba, por cualquier medio, cualquier tipo de acercamiento físico, en el que aproximar su cara, por si se escapara algún beso perdido, sus manos, sobre esas piernas tan descubiertas… Y si no se planteaba más preguntas, no era por ganas, sino por pudor, por culpa de aquel penecillo infantil que le acompañaba entre sus piernas, a todas luces vergonzoso por alfeñique, anémico, canijo, enclenque, endeble, enfermizo, enteco, esmirriado y raquítico… Penecillo, que a pesar de todo, creció cuanto pudo dentro de sus pantalones, sin paciencia ni espera, explorando inconscientemente aquel agujero en el que encontrar cobijo durante al menos dos minutos mal contados… Y no dudo tampoco, que al mínimo gesto de tocamiento, explotara vilmente, desbordando toneladas de fluidos almacenados durante tantos meses de abstinencia forzada… Pero no, soportó todo lo que pudo, imaginando su encuentro, sus momentos posteriores, decorados con todo tipo de ficciones propias de películas pornos… Sin ningún tipo de pudor… Hasta llegar de nuevo ante aquel garito situado en la esquina conformada por dos calles en paralelo en la esquina conformada que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear con menos sinsabor un café y una tostada rebosante de mantequilla… Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada… (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día …), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa antes ocupada… Ahora vacía… Mientras su pantalón soportaba toda la presión sanguínea de seis centímetros de deseo incontrolado… Para salir a la calle y explotar sin tiempo a sacársela… Sin tiempo a nada… Más que a manchar de aquel fluido pegajoso su pantalón… Dejando un cerco blancuzco, con el que, al menos, recordar aquella noche de pasión inexistente… Un fetiche que podrá utilizar, a partir de ahora, como fuente de inspiración a la hora de aliviarse de sus soledades prolongadas, como quien utiliza las fotos de las revistas pornográficas, poniéndolas del todo inutilizables a base de tantos fluidos superpuestos…
Y no tuvo más remedio que seguir su camino, aquel que le indicaron presumiblemente aquellas chicas con las que se cruzó en lo alto de la rampa, en su salida de aquella explanada inmensa que no media más de cien metros cuadrados… Y desandó sus pasos encontrados sin volver a perderse más, para salir de nuevo a aquella inmensa avenida, que continuaba atestada de coches y de más coches, de peatones y de más peatones, de mascotas y más mascotas que arrastraban con fuerza a sus dueños a través de la larga correa que les asían al cuello… A pesar de la hora, que no sabía cual era, que no se le ocurrió preguntar, pero que sin duda era alguna, en la que la gente abandona sus hogares para poblar los entornos urbanos de aquella manera tan masificante… Porque no tenía cojones de amanecer todavía, si es que realmente tenía que hacerlo en algún momento determinado… Y nada más dar con la avenida original, aquella por la que atravesó a través de aquel paso de cebra donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, virar a su izquierda, en vez de atravesarla de nuevo, para salir a otra avenida de las mismas características, que la cortaba perpendicularmente, en la que otros cientos de arriesgados pasos de cebra, otros miles de viandantes, otros centenares de miles de coches, otros millones de animales, por no hablar de las arboledas, de los edificios, de las luches, de las paradas de autobús, de las señales de tráfico… configuraban su imagen habitual… Tan conocida esta vez para nuestro personaje, que hasta se atrevió a asegurar su nombre… Que adivinó escrito unos metros más adelante, una vez que giró a la izquierda, camino de su hogar expectante, deletreado en un mosaico blanco adosado a la pared… Aquello era otra cosa, pensó sin duda… Qué despiste más gilipollas… Qué susto se había llevado… Seguro, que desandando el camino andado, su oscuridad mental haría luz por fin, reconociendo aquel territorio, que sólo hoy había sido completamente desconocido… Continuó caminando y caminando durante unos diez minutos, antes de dar el alto a un vehículo de aquellos, en cuyo techo una luz verde luminosa, indica que se trata de un taxi libre… Y se montó en el taxi, aliviado de un destino cercano, de un peso descargado, a pesar del cerco blanco tan visible en su pantalón y del tibio olor a fluido salado que desprendía, y seguro que le dijo bien clarito a aquel conductor, del que sólo veía su nuca y su pelo y su cuerpo de media espalda hacia arriba, su domicilio… Para atravesar algunas calles más abajo, zigzaguear algunos terrenos perfectamente cercanos y posiblemente llegar a un destino que no era más que su fin…

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Azul

Azul dijo

Biennnnn!!!

24 Enero 2007 | 10:19 PM

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EL MUNDO DE LAS QUIMERAS

jerez de la frontera, España
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Sorel es Jose o Boris. Unos años... Pero joven para siempre... Del sur. Escritor, cinéfilo y cineasta... Siempre Paris... Y escribo: "Una cardenalicia vestimenta Letras con voz desgarrada Una primavera que sabe a verano Un tren que depara encuentro Un beso y un paseo Ciudad desconocida que es hoy la mía Alba de tu mirada y de tu sonrisa De tus labios que besan De tu cuerpo que acoge De todo lo que nos une A pesar del negro de tu pelo De la oscuridad de tu piel De las tinieblas del pasado Hoy olvidado construyendo Un Blanca con mi nombre que Es resaca de escocés Del que disfrutamos desde entonces Que me acogiste en tu casa Mostrándome el fruto bendito de tu vientre... Lucía... sorelenamoradoderenal@yahoo.es Contador Gratis
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