Jueves, 1 de Febrero
Ocho de la mañana. Suena el despertador. Jacques se levanta a la hora habitual. Abre tímidamente los ojos. Da varias vueltas en la cama dejando colocado su cuerpo boca abajo. No quiere ver la hora en el reloj. No puede creer que ya sea de día… como si acabara de acostarse. Aunque… realmente acaba de hacerlo… no hace más de tres horas. Explico… Jacques está todavía demasiado cuajado para hacerlo en primera persona… lo de explicar. Eso de que su trabajo mental lo realiza de forma noctámbula… Un momento… Ocho y diez minutos. Vuelve a sonar el despertador. Jacques no soporta esos relojes eléctricos tan modernos que suenan cada diez minutos. Y aunque tiene la costumbre de dejar el tono al mínimo… aún así el sonido le revienta los tímpanos. Piensa en su inconsciencia… tal vez despierte al vecindario… ¡Allá ellos!... Sigue pensando… los demás también tendrán que trabajar, que levantarse… también tendrán despertadores como el suyo que posiblemente despertarán a todo el vecindario… Otro momento… Ocho y quince… Cinco minutos para volver a sonar el dichoso ¡pipipipipipipi!... Como si fuera la alarma de un coche. Dejando claro que no solemos dejar aparcado el coche junto a la mesilla de noche… Ahora gira sobre su izquierda… Con los ojos semicerrados contempla la luz roja de los dígitos… como van cayendo los minutos uno detrás de otro. Piensa de nuevo… es el tiempo que pasa inexorablemente. ¡Pipipipipipipi!... Ocho y veinte… Recapacita en su somnolencia… y si estirara del cable y si tal vez parase el tiempo y si tal vez me concediese aún un margen de descanso. ¡Pipipipipipipi!... Ocho y treinta… Y estira con brusquedad del cable. Y consigue que la luz roja desaparezca por completo. Y consigue parar el tiempo… Y consigue incluso dejar el enchufe de su despertador eléctrico colgando de la pared… Y si todo fuese tan fácil no habría cumplido ya los treinta y seis años…. Pienso yo… Él sigue durmiendo… Trance.
Prosigo mi relato. En tercera persona. Él, Jacques, sigue dormitando. Yo todavía no puedo. Alguien tiene que contar esta historia. Es importante. Sólo acabo de empezar la página 2. Al menos eso dice el marcador de página del ordenador. Parece que llevo más de cincuenta. Dos horas. Tengo sueño. Bebo para mantenerme despierto. Craso error, diría Jacques. Pero ahora no dice nada. Ahí está. Tumbado sobre la cama. Boca abajo. Sin posibilidad alguna de que el despertador eléctrico suene de nuevo cuatro veces más en intervalos de diez minutos hasta completar una hora de ¡pipipipipipipi! Tengo pensado escribir más de quinientas páginas. Conclusión: me quedan cuatrocientas noventa y ocho y media, al menos… ¡Jódete Jacques! ¡Allá voy!... Se escucha el bullir de una cafetera en un piso cercano. Jacques, abre de nuevo los ojos... Vuelve a girar su cuerpo hacia la izquierda (página 1, línea 17)... La luz roja que le atemorizaba todas las mañanas ha desaparecido por completo… Piensa… aunque de aquella manera… Imagínense que idea le viene a la cabeza… Que posiblemente se haya ido la luz durante la noche, a causa de una tormenta tal vez. Y sigue pensando… Cada vez más consciente de sus pensamientos… Debe ser tarde, pero me da igual. Si llego con retraso a clase los alumnos ya se habrán marchado. Los cabrones no conceden ni quince minutos de cortesía. Cualquiera puede llegar tarde. Incluso puede que ellos no hayan llegado todavía. Mi tormenta de la noche es también su tormenta de la noche. Es la tormenta de todos. Y la tormenta tiene la culpa de que todos lleguemos tarde a clase. Todo puede tener una explicación razonable. De hecho la tiene. Un rayo. La luz se fue. Mi despertador es eléctrico, al igual que los despertadores eléctricos de mis alumnos… Incluso el director llegará tarde, porque su despertador también debe ser eléctrico… Pero al abrir sus ojos legañosos y depositarlos fijos en su despertador desconectado, Jacques descubre el enchufe colgando de la pared. Todos sus pensamientos no han sido más que excusas con las que afrontar su llegada tarde al trabajo. Tengo que recordarle que al acostarse no estaba así. Entonces vuelve a pensar por sí mismo… Alguien podría haber entrado durante la noche en su habitación… Le invadió una especie de pánico al imaginar que vivía solo… Que podría tratarse de un ladrón que había entrado durante la noche para robar… más pavor… Puede que un asesino a sueldo dispuesto a acabar con su vida por un puñado de billetes… más cangelo… Quizás un amigo apiadándose de su cansancio… ¡uf, suspira aliviado!... Pero posiblemente, también piensa, sería tarde… Espanto en alza. Dos consecuencias inmediatas que le vinieron a la mente: 1) Esta vez sí, sus alumnos estarían aún esperándole. 2) Indudablemente, el director también le estaría esperando con la lista de incidencias en la mano, en tono amenazador. No le queda más remedio que consolarse: tampoco debe ser grave llegar por primera vez tarde en lo que va de mes… Un poco de benevolencia… Inconsciente de que hoy es día 1… Aún así intenta escudriñar una excusa en su mente… Nadie tiene porque enterarse que un ladrón entró esa noche en su casa para robar que tropezó con el cable del despertador eléctrico y arrancó de cuajo el enchufe de la pared… Tampoco que un asesino a sueldo haya intentado eliminarlo por un puñado de billetes y ante el miedo de verse sorprendido arrancara nuevamente de cuajo el enchufe de la pared antes de salir huyendo… Mucho menos que un querido amigo, consciente de la importancia de su descanso, pegara un tirón del cable de su despertador eléctrico con la mala suerte de arrancarlo de cuajo de la pared… Siempre le queda el pretexto de una tormenta durante la noche… De un rayo que provocó un apagón… Claro, después las consecuencias… que su despertador es eléctrico… que en la época en que vivimos casi todos los despertadores lo son. Qué malo tiene usarlos… Le resulta convincente… Es entonces cuando decide levantarse… Siempre sin dejar de meditar sobre la tormenta que asoló la ciudad aquella noche… Como intentando solidificar su argumento… Al descorrer las cortinas de su habitación descubre que la luz del sol penetra sin remisión en el interior, reflejándose sobre la pared del fondo. Cada vez está más convencido de que debe ser tarde. De la misma manera, que empieza a dudar de la solidez de su argumentación, sobre todo, cuando, al bajar la vista hacia la calle, no descubre restos de la presunta tormenta. Un resquicio de luz… Siempre cabe la posibilidad de una tormenta eléctrica, suele ocurrir en verano… Le recuerdo que hoy inauguramos el mes de febrero… Pero siempre cabe la posibilidad… Siempre y cuando no haga mención del verano… Duda: si no hubiese habido una tormenta seguro que haría el ridículo más grande del mundo ante el director y lo que es peor, ante sus alumnos… El cachondeíto que tendría que soportar por parte de esos cabrones durante una larga temporada… Entonces… Decide… Habría que cerciorarse antes de afirmar que se había quedado dormido por culpa de la tormenta eléctrica, no de verano, que dejó sin luz la pasada noche la ciudad de París y que desconectó todos los despertadores eléctricos. Su excusa de llegar tarde, aunque fuese por primera vez en el mes, aunque todavía fuese día 1, empezaba a correr peligro. Al igual que su reputación ante el director y ante sus alumnos. Si es que le quedaba alguna. Suposiciones propias del escritor que les habla, adelantándose a acontecimientos que podrán acontecer o no en las páginas que se suceden. Piensa entonces que lo mejor será preguntar a la portera antes de salir a la calle sobre la existencia o no de la tormenta… En el caso de que dijera que no, habría que tener preparada otra excusa… Piensa… Pero Jacques es demasiado lento de mente, aún siendo profesor de instituto… Tanto que, mientras rebuzca en el melón que tiene sobre los hombros, me da tiempo a leer un capítulo entero de la última novela de Jean Echenoz…
Ya veis, en blanco. Sigo leyendo: “La mujer que había sellado el destino de Jean-Claude Kastner se despertó aquel mismo día poco antes de las nueve de la mañana. Abrió un ojo orientado al techo grisáceo…” (1)… Eh, tú… Interrumpe mi lectura… Perdona, Jacques, entretenía el tiempo mientras tú pensabas en la excusa de repuesto… Échame un poco de cuenta, que esto no es fácil… Te he pedido perdón, ¿ya la tienes?... Sí, creo que sí… A ver, cuéntanos que has pensado… El gato… ¿Qué gato?, le pregunto sorprendido… Un gato cualquiera, qué más da. Pues eso, el gato que se había entretenido en tirar del cable que une el despertador eléctrico con el enchufe hasta dejarlo colgando de la pared… Y no te has parado a pensar que el director te haría mil preguntas sobre el gato hasta descubrir que nunca le habías hablado del gato que tenías. Y al final descubriría que no tienes gato... Llevas razón, no tengo gato… Y que se daría cuenta de inmediato que simplemente te has quedado dormido, aunque fuese por primera vez en el mes, aunque todavía estemos a día 1, y que tus alumnos se habían quedado esperándote durante algo más de media hora, y que ganabas lo suficiente como para comprarte al menos media docena de despertadores, y que te gusta poco madrugar, no estoy diciendo trabajar, y que no llevas más de dos meses impartiendo clases en el instituto, y que había muchos parados para tener que soportar conductas como la tuya, y sin olvidar tampoco que el mes anterior ya habías llegado tarde más de un día (ocho en total)… Llevas razón, él se daría cuenta de muchas cosas que no quisiera que él se diese cuenta… Además, también se daría cuenta de que, aparte de que peligra tu puesto de trabajo, no sabes mentir, te lo digo por si otra vez tienes que inventarte más historias para justificar tus tardanzas… Eso sí es verdad, yo nunca he sabido mentir. No entiendo cómo puedo ser incapaz de buscar excusas cuando llego tarde a clase. Si fuese mujer lo tendría más fácil. Llegar tarde o incluso no ir es propio de las mujeres. Los dolores menstruales, algunas compras que son ineludibles, el haber pasado una mala noche por alguna dolencia pasajera (poca cosa, nada serio ni de importancia, mañana se reintegraría al trabajo, volvería a llamarle si surgiese alguna otra eventualidad. No se preocupe señora, mejórese. No tema por sus alumnos que no quedarán desatendidos, algún profesor se hará cargo de ellos. Cuídese usted, ya sabe que un resfriado mal curado puede provocarla dolencias aún mayores), el niño enfermo que lo ha llevado al médico, el marido enfermo que lo ha llevado al médico, el perro enfermo que lo ha llevado al veterinario. Donde hay una mujer que trabaja siempre hay alguien que está enfermo. Si fuese mujer no tendría ningún problema para inventar una excusa que me permitiese llegar tarde al trabajo… No digas esas cosas Jacques, las mujeres no hablarán nada bien de ti, te acusarán de misógino y todas esas cosas… Me da igual…
Como ya habrán podido imaginar mi personaje se llama Jacques. La persona que les acompañará en las próximas páginas. Páginas, que relatarán los acontecimientos que le acaecieron durante una semana no hace mucho tiempo… Bueno sí, rectifico, hace de esto más de cuatro años, cuando empecé a escribir esta historia a propósito de una estancia en Paris, historia que avanzó tan lentamente que un día dejé olvidada en un cajón de mi escritorio y que de nuevo retomo, no sé si hasta su final definitivo o hasta el contenedor de papel más próximo. Todos los sucesos que relataré han sido o serán son ciertos. Aunque pueda parecer mentira que sucesos como estos se produzcan en la vida real de una persona normal. Jacques no es normal. Yo no sé si soy normal. Simplemente soy una persona. A mí me suceden. Así es Jacques. Así soy yo.
Consciente de ser sí mismo, aunque con sus limitaciones, seguiré leyendo: “… y, tras reconocerlo, se levantó para ponerse una informe bata enguatada de color verde. Pero, muy poco después, en el espejo del cuarto de baño, fue su cara lo que le costó reconocer…” Jacques les contará lo que tenga que contarles. Desde la calle me llegan los sonidos de la ciudad que despierta. Los cierres metálicos de algunos tenderos madrugadores que inician su jornada, el sonido de algunos camiones que empiezan a colapsar la calle, el claxon de algunos que no pueden maniobrar por la estrechez de la calzada, las voces lejanas de los vecinos saludándose en el portal, el berrear de algunos pequeños en busca del colegio (no entiendo como son capaces, a pesar de su edad, de tener esa energía a esas horas), las madres que les gritan desde el portal de la vivienda. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve… ¿Tú no estabas leyendo? ¿A qué viene tanta carcajada?... Perdona, no te molesto… Como trata de explicarles antes de esta interrupción. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve. Tampoco es tan tarde. Como de costumbre. Hasta las diez no tengo clase. Todos mis temores anteriores no tienen sentido. Me alivio al pensar que ya no haré el ridículo ante mis alumnos ni ante el director poniéndole la excusa de una tormenta inexistente que había hecho desconectar mi despertador eléctrico, o de un gato que no tengo que había tirado del cable. Aún es temprano.
Ante el espejo del minúsculo cuarto de baño descubro un ingrato rostro que se asemeja al mío. Aún siendo mío, no deja de ser ingrato. Sin duda conserva los restos de la resaca de la noche anterior. Debo aclarar que entiendo por resaca las consecuencias de un trabajo nocturno, de pocas horas de sueño, de miles de neuronas soportando la presión que ejercen mis pensamientos sobre ellas, sobre todo a esas horas de la noche. Aclaro esto, para los malpensados que pueblan desgraciadamente nuestra sociedad actual, para quienes hablar de resaca supone siempre abusar del alcohol. Aclaro que no bebo. No bebo alcohol, quiero decir. No lo hago, entre otros motivos, porque seguro me produciría una espantosa resaca. Una espantosa resaca de la otra. La mía (llamémosla resaca tipo A), la que me acompaña todas las mañanas y que descubro ante el espejo de mi minúsculo cuarto de baño, la que me supone - aparte de descubrir a otro que se me parece físicamente- unas espantosas legañas que casi me impiden abrir del todo los ojos, unas pronunciadas señales en mi piel (posible consecuencia de las malformaciones de las ropas de cama sobre mi piel blanca), unas ondulaciones desmesuradas en mi pelo, un espantoso mal aliento que me provoca incluso nauseas cuando intento respirar (como consecuencia de la asquerosa comida con la que me alimento todos los días, con la que seguramente se alimentan las personas que a mi edad viven solas, sobre todo si son hombres. Porque también debo aclarar, de la misma manera que antes aclaraba que no bebía alcohol, que tampoco fumo). Esto no evita ciertos malestares intestinales como consecuencia de la mala alimentación, la que también me produce el mal aliento. Malestares intestinales, marcas en la piel, espantoso aliento, ondulaciones en el pelo y legañas que definen lo que yo llamo resaca tipo A. Tampoco es preocupante a mi edad padecer todas las mañanas una resaca tipo A. Unas buenas ventosidades, una buena ducha acompañada de un gel barato y pegajoso, un buen cepillado de dientes, un buen desayuno a base de zumo de naranja natural (que me produce unos buenos ardores a la media hora de tomármelo y que me acompañan agradablemente durante la mayor parte de la mañana) y un buen pedazo de pan duro untado de camembert, hacen desaparecer los restos de mi resaca tipo A, al menos los más graves y visibles. Un buen menú de cuidados intensivos, que no me hacen perder más de media hora, dejándome tiempo suficiente para llegar a clase tras un paseo que me conduce al instituto veinte minutos más allá.
Allá. Acá. 146 de la calle de Rennes. Camino ascendente que conduce a la torre de Montparnasse. Calle en pendiente. Dolor de gemelos. De los gemelos de las piernas se entiende. Sobre todo al tener que subir deprisa y corriendo por aquello del frío que hiela la sangre. Tal es el helor (pedante y cursi me dice quien lee esto, pero debo evitar la reiteración de palabras. Acabo de escribir frío: frialdad o frescor o frescura o fresca o helor. Elijo ésta última. Simplemente, cuestión de elección) que apenas me fijo en nadie. Lo cual es extraño en mi. Incluso raro. Sorprendente. Pero hoy soy igual que todos los demás. Igual al resto de la gente, que embutida en enormes abrigos y anoraks, mira fijamente al suelo. Puede que para evitar ser reconocidos por alguien ante quien no quieren ser reconocidos. Escudriñados. Advertidos. Examinados. Enjuiciados. Aunque yo siempre reconozca. Escudriñe. Advierta. Examine. Enjuicie. Pero es que hasta tirito. De tiritar (baile de sambito como decía mi madre. Discierno sobre mi madre: tú, él, vosotros, ellos podréis tener madre. Yo lo dudo. Nada de huérfano ni desnaturalizado... Más bien tú, el que escribes, nunca has planeado que yo tuviese madre, al menos hasta la fecha (página diez, línea 16)... Es cierto Jacques, pero todo será cuestión de planteármelo. Lo medito y ya hablamos... Entonces, yo, Jacques, no sé si algún día podré discernir sobre mi madre... Corrige entonces, no yo, sino tú, escribe: De tiritar (baile de sambito, como decía tu madre)... De tiritar (baile de sambito, como decía su madre, la del escritor... De tiritar (baile de sambito, como decía cualquier madre, salvo la mía, que no tengo...) No de disparo con escopeta de juguete. Puede que anden buscando cualquier objeto por el suelo. Lo que yo busco casi nunca está por los suelos (ni dinero perdido, ni desperdicios arrojados, ni hormigas trabajadoras, ni mascotas abandonadas, ni heces congeladas por el frío...). Salvo que sea una mendiga. De unas piernas blanquecinas, asomadas desde medio muslo hasta los pies, gracias a una falda negra y corta, arrugada y mancillada por el transcurrir del tiempo, pero de Chanel, por supuesto. Un abrigo verde deshilachado, sin marca aparente, lleno de lamparones y de mugre, abierto, dejando entrever una camiseta también de color verde, diseñada por la casa Dior en la década de los setenta. Unos tacones de suicidio femenino, desgastados por el empedrado irregular del asfalto y por las inclemencias continuas a la intemperie. Melena de cualquier color, pero siempre turbulenta, grasienta, estropajosa... sobre un rostro demacrado, a pesar de su juventud, ajado por la virulencia de los sufrimientos sentimentales, sociales, alimenticios, climatológicos, familiares... Que intenta disimular con un maquillaje de Givenchy profundamente remarcado... Que sonríe siempre, desde su posición horizontal al paso de los transeúntes verticales que pasan a su altura. De una vagabunda. De unas piernas blanquecinas, asomadas desde medio muslo hasta los pies, gracias a una falda negra y corta, arrugada y mancillada por el transcurrir del tiempo, pero de Chanel, por supuesto. Un abrigo verde deshilachado, sin marca aparente, lleno de lamparones y de mugre, abierto, dejando entrever una camiseta también de color verde, diseñada por la casa Dior en la década de los setenta. Unos tacones de suicidio femenino, desgastados por el empedrado irregular del asfalto y por las inclemencias continuas a la intemperie. Melena de cualquier color, pero siempre turbulenta, grasienta, estropajosa... sobre un rostro demacrado, a pesar de su juventud, ajado por la virulencia de los sufrimientos sentimentales, sociales, alimenticios, climatológicos, familiares... Que intenta disimular con un maquillaje de Givenchy profundamente remarcado... Que sonríe siempre, desde su posición horizontal al paso de los transeúntes verticales que pasan a su altura. De una SDF (como se dice por estas tierras). De unas piernas blanquecinas, asomadas desde medio muslo hasta los pies, gracias a una falda negra y corta, arrugada y mancillada por el transcurrir del tiempo, pero de Chanel, por supuesto. Un abrigo verde deshilachado, sin marca aparente, lleno de lamparones y de mugre, abierto, dejando entrever una camiseta también de color verde, diseñada por la casa Dior en la década de los setenta. Unos tacones de suicidio femenino, desgastados por el empedrado irregular del asfalto y por las inclemencias continuas a la intemperie. Melena de cualquier color, pero siempre turbulenta, grasienta, estropajosa... sobre un rostro demacrado, a pesar de su juventud, ajado por la virulencia de los sufrimientos sentimentales, sociales, alimenticios, climatológicos, familiares... Que intenta disimular con un maquillaje de Givenchy profundamente remarcado... Que sonríe siempre, desde su posición horizontal al paso de los transeúntes verticales que pasan a su altura. Tampoco de una señora entrada en edad que se ha dado una hostia por no pisar por donde debía. Ni de una enganchada a la que no le quedan fuerzas ni para sostenerse sobre sus dos piernas. Ni de una borracha tampoco. En la soledad de uno mismo cualquier cosa vale. Aunque sea la soledad compartida con seres indefensamente solitarios. Porque hoy soy como ellos. Estoy como ellos... O sea muertos de frío. Sobrecogidos. Pasmados. Helados. Congelados. Ateridos. Tal vez sean los treinta y seis años que no perdonan. Mis treinta y seis, me refiero. Algo más acá el portal de una casa algo antigua. Neoclásica. Cruzo el umbral. Entro.
- ¡Buenos días, señor Jacques!
La portera del inmueble que me saluda. Como lo hace todos los días. Quizás le paguen por ello. Para hacer un poco la pelota. Le caigas bien o mal o regular o simplemente no le caigas. También da igual. No es ella la que paga. Si fuese así sería yo quien tendría que hacerle la pelota. Pero tampoco es el caso. Tomo el ascensor. Cuadrado. Pequeño. Pulso el botón de la segunda planta. Sobre un espejo compruebo mi aspecto. Algo mejor que el de hace menos de una hora. El ascensor se para. Se abre la puerta. Automática. Salgo. Un reloj grande. De esfera blanca. Anuncia que son las nueve. No llego tarde. Posiblemente tendré que esperar yo a mis alumnos. Junto al reloj un pequeño cartel que anuncia que estamos en la segunda planta. Otro por debajo que indica: en dirección izquierda aulas 1, 3 y 5; en dirección derecha despacho del director, secretaría y servicios. Me dirijo a la izquierda. Aula 1. Primer nivel. Llego. Entro. Observo la audiencia. Doce alumnos. Falta aún tres. Es relajante pensar que no eres el último en llegar. El director no valora igual la falta de tres alumnos que la del profesor. Aunque todos seamos personas en el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad, estamos clasificados con diferentes etiquetas: profesores y alumnos. Quienes cobran y quienes pagan. Como en todas partes. Ellos pueden llegar tarde o no llegar nunca. Yo no puedo llegar tarde y, por supuesto, no se me puede ocurrir no llegar nunca. Visto así puede que lleve razón. ¡Buenos días! -saludo. Dejo el maletín sobre una enorme mesa verde. Me vuelvo hacia la pizarra dándoles la espalda. No es falta de respeto. Voy a escribir. Pizarra también verde. Escribo.
Jacques escribe en la pizarra dándole la espalda a sus alumnos. Algo totalmente infumable sobre un tipo llamado François Rabelais. Como Las próximas páginas de esta novela deben resultar intragables debido a una anodina charla sobre un escritor que sólo habla del conito de la muerta Babedec, prefiero ahorraros este trago. Si Jacques me lo permite claro está... Injerencia narrativa... Me vuelvo hacia los alumnos. Cuento. Ya son catorce. Falta Brigitte. Como siempre. Siempre falta Brigitte. La dulce Brigitte de principios de curso. La agria Brigitte de quince días después. La ausente de quince después de su comportamiento agrio. Al menos conmigo. Tal vez un día os cuente el porqué de su carácter. Si os interesa. A mi no demasiado... A mí sí, y a mis lectores puede que también les interese. Así que cállate, trabaja, para eso te pagan... No me hagas hablar. No es momento para discusiones. Les hablo de Rabelais. Les hago una breve introducción sobre la época. De la estructura de la obra que aparece diseñada sobre la pizarra. Del autor: médico de profesión. De su obra. De la temática. Del estilo... Tedioso e insoportable. Como la vida misma de Jacques. Personaje de ficción con vida semipropia que un día cualquiera se asomó a la página 1 de esta novela, como podía haber aparecido cualquier otro, pero no fue otro, sino él. Con él debo convivir, lo quiera o no, durante todo el transcurrir de este relato. Con sus invenciones, con sus embustes, con sus paranoias, con sus sueños, con sus desmanes, con sus injerencias, con su palabrería, con su mal gusto femenino. No os creáis ni la mitad de lo que cuenta. La otra mitad ponedla en cuarentena. Respecto a sus antecedentes (padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y demás), carece completamente. Jacques surgió de la nada. Explosionó en la narración ya crecidito, a los treinta y seis años, aunque ahora debería haber pasado de los cuarenta (tiempo que perdura esta historia escondida en un cajón cerrado desde que me puse manos a la obra un uno de noviembre de 1999 en la página 1). Pero no, no ha crecido. No ha hecho nada durante todo este tiempo, más que esperar la continuación de su propia y ridícula historia, y dormitar empolvado en el cajón de mi escritorio. Así ha sido durante todo este tiempo. Con lo cual, ¿cómo podemos creernos sus insinuaciones respecto de un pasado cierto? Ya quisiera él haber tenido un lío con la dulce Brigitte. También yo. Porque realmente Brigitte era y es una chica susceptible de ser liada con alguien de buen gusto, salvo con Jacques, personaje a todas luces bochornoso, masculina y humanamente hablando. Objetivamente, parece que lleva toda una vida trabajando dando clase, pero la realidad es bien otra: página 15, primer día... consecuentemente, primer día de todos los personajes... ¿pensar en lo que hicieron ayer o antes de ayer?... completamente absurdo... Son sólo artilugios narrativos que nos creamos todos los escritores para dar algo de profundidas a nuestras narraciones y a nuestros personajes, pero la realidad es la que es, no otra... Injerencia narrativa:
Continúan en silencio. Me siento. Espero. Los contemplo como trabajan. Sus cabezas inclinadas sobre el papel. A veces alguno levanta la cabeza. Me mira. Cara de despistado. Cara de asombro. Cara de no tener ni idea que hacer con el texto. Cara de pedir ayuda. Cara de socorro. Pero este es su problema. El mío o el vuestro seguro que es otro. Convertir el coñito muerto de Babedec en un problema sería complicar demasiado la existencia. Hay demasiados coñitos en la realidad para desasosegarse por el de una mujer de papel. ¿No? Aunque no pensara lo mismo cuando el coñito de Brigitte se alejó de mí irremisiblemente. Porque aunque aquello ya sea pasado aún hoy lo echo de menos. No sólo el de Brigitte. Tendría que decir entonces que los echo de menos. En plural. Porque fueron muchos los que se fueron imperdonablemente. Más incluso que los que realmente tuve cerca. Porque a la mayoría de ellos les imaginé más que verlos. Si es que vi alguno. Gloire. Julie. Marie-Line. Pascale. Emmanuelle. Bettie. Eve… y muchos más que pudieron ser. Y que no fueron. Cierro los ojos y los veo. Los acaricio tiernamente. Abro los ojos y se desvanecen. Ni los vi ni los acaricié y mucho menos los besé. Lo demás imagínatelo. Ni de coña (expresión española que me enseñó mi amigo Antonio. Al que yo no maté. Aunque todavía exista. Aún no está muerto. Que ya os presentarán más adelante. Cuando algo era imposible o impensable o improbable o irrealizable o impracticable o inadmisible o inverosímil o absurdo o quimérico siempre daba la misma respuesta: “ni de coña”. Y no sé por qué hablo de él en pasado cuando aún está entre nosotros. Y tampoco sé porqué yo digo lo mismo “ni de coña” pero el caso es que lo digo). Pues Brigitte fue la última. Aunque me acuerdo de todas las anteriores. Siempre me acuerdo de todas las que pasaron por mi vida. También siempre imagino a todas las que deberían pasar en el futuro. No fue la primera alumna que cayó en mis redes. Antes hubo otras. Ex alumnas todas. Brigitte aún lo sigue siendo. Por eso hablo de ella. Que más da que su color de pelo. Que más da que su figura fuera redonda o cuadrada o romboidal o trapezoidal. Que más da que fuera alta o baja o enana o gigante. Que más da que fuera negra o blanca o amarilla o verde o azul. Que más da que fuera una adolescente o una joven o una adulta o una vieja. Sólo me importaba y me importa su condición sexual. MUJER. En mayúsculas. Huérfano desde corta edad siempre me he criado entre hombres. No recuerdo mujeres en casa. Y si sé que salí del vientre de una de ellas es porque la naturaleza en eso no se equivoca. Hoy día. Sería terrible un tío con una barriga de nueve meses. Siempre rodeado de maquinillas de afeitar. De botellas de cervezas vacías. Del humo de cigarros. De conversaciones machistas por todos lados. De calzoncillos tendidos por todos los rincones de la casa. De colonias baratas que apestan a perros muertos. De comidas de bar. De desorden por doquier. ¿Un perfume? ¿Maquillaje? ¿Unas braguitas? ¿Una casa limpia? ¿Una comida caliente que se llevarse a la boca? Nunca. Y Brigitte fue la última que pudo ser pero que nunca llegó a ser. Intenté acercarme a ella como me acerco a todas que son alumnas mías. Ofreciéndole mi ayuda. Mis conocimientos. Mi inteligencia. Mi apoyo. Para después pasar a mi calor. Mi cariño. Mi amor. Mi sexo. Pero ni aceptó lo uno ni lo otro. Huyó. Se alejó. Desde entonces apenas aparece por clase. Desde entonces cuando aparece me esquiva. Y me quedé de nuevo como estaba desde los orígenes: desamparado. Con mi ayuda para mí mismo. Con mis conocimientos para mí mismo. Con mi inteligencia para mi mismo. Con mi único apoyo que soy yo. Y sin calor. Y sin cariño. Y sin amor. Y con un sexo atrofiado por la falta de uso que no sé si un día podrá funcionar si es que se tercia la ocasión. Como el de los transexuales de las revistas pornográficas que abrieron un gran agujero a cambio de quince centímetros de apéndice estéril. Como el de un niño chico recién nacido. Al que sólo le da un uso. El más natural. El más primario. El otro para qué. Si no quiere ser lo que es. Lo prefiere al otro lado del cuerpo y cuanto más apéndice mejor. Y me quedé compuesto y sin novia. Compuesto y sin madre. Compuesto y sin puta. Y así sigo siempre compuesto esperando que la novia madre puta aparezca algún día para llenar de cariño amor sexo el vacío que dejó la mía cuando desapareció hace tanto tiempo sin ni siquiera decirme adiós. ¡Ahí te quedas que te aguante el cabrón de tu padre! Y nunca supe más de ella. Y fue el cabrón de mi padre el que me crió a mí a mis dos hermanos. Pobre cabrón que murió tan sólo como yo estoy ahora. Pobre cabrón de mí porque aún siento y sufro y padezco. Aquel seguirá siendo un cabrón con traje de madre pero dejó ya de sentir y sufrir y padecer. Esa es nuestra desgracia.
Diez. Ha pasado la media hora. Ya me conocéis un poco mejor. Y también sabéis el motivo de las ausencias de Brigitte. A mi pesar.
Y durante otra hora hablamos y hablamos del texto. Habló Anne mas que yo. Anne la ácida camionera con vocación literaria. La que siempre lanza su verborrea feminista cuando de sexo tratamos. Anne la gorda del fondo del aula. La menos ausente de todas. Mi dulce Anne nunca soportaría ser ni mi novia ni mi madre ni mi puta. Qué carácter el suyo.
¡Una mentira! . No creo que ningún hombre sea capaz de dar su vida por la de su amada muerta. Al contrario, muchos si pudieran la volverían a matar, celebrarían su desaparición. No quedan ya sentimientos, al menos entre los hombres. Si yo fuera Babedec ante el cuerpo muerto de mi marido Gargantua tal vez lo volvería a matar. Lo acuchillaría con mis propias manos después de muerto. Sobre todo sabiendo su mofa contra las mujeres. Nosotras no podemos permitir que seamos siempre la nodriza, la madre, la bragueta, el zapato del hombre…
Conforme seguía su perorata su aspecto se transformaba. Cólera. Ira. Furor. Furia. Irritación. Enojo. Enfado. Parecía que iba explotar. Roja. De pie. Gesticulando constantemente con las manos. Mientras yo, miedo. Pánico. Dos pensamientos se entrecruzaban en mi mente. Pensamiento 1: una gorda se abalanza contra mí. Me degüella. Me aplasta. Me araña con sus pezuñas deslustradas. Me ahoga entre sus manos llenas de grasa. Como si un enorme cerdo cayera sobre mi cuerpo. Pensamiento 2: que estallara de verdad. Aquella explosión de sangre y grasa y vísceras emporcando las mesas y las paredes y el suelo y los rostros de todos los demás. Como una matanza campera en una pequeña aula de un instituto de literatura. Y todo aquel olor impregnando el espacio. Y todas aquellas fragancias mezcladas con el calor que desprendían los calefactores inundando cada rincón. Vomitona. Arqueada. Náusea. Pesadilla de película americana.
Visión extremista de la literatura. Pero como cualquier papel está abierto a múltiples interpretaciones. Freud podría ser judío y decirle judío no era un juicio de valor sino una realidad. Decir que la interpretación de los sueños es surrealismo puro como dice la mujer del autor no es una realidad sino una interpretación. Un juicio de valor. Me alegro que cada uno exprese opiniones diversas.
- Vamos, Anne hay comprender el contexto de la época en la que está escrita la obra. El papel de la mujer era el que era. El que describe Rabelais. Por mucho trabajo que nos cueste aceptarlo la mujer ocupaba ese lugar. Ella misma lo aceptaba como algo dado. Lo cual no quiere decir que hoy día el papel de la mujer no haya cambiado, evolucionado con el tiempo. Nos debe servir como punto de referencia. Lo que era y lo que debe ser.
Yo continuo en silencio. Que hablen los demás monigotes.
- El tema que más me llama la atención del texto que he leído es el tratamiento de la existencia humana. La muerte de un ser querido, sirve para hacer reflexionar a Rabelais sobre la dureza de la vida misma, una vida cargada de desgracias y calamidades. Ante ellas es preferible morir. Dado que todos debemos llegar a ese punto tarde o temprano, cuanto antes mejor. Así acabaremos con nuestras preocupaciones, entendiendo que después de muerto sí seremos felices.
- Estoy de acuerdo contigo. El sentido del texto va en la línea existencial. Pero más bien, puede tratarse de un consuelo. Ante la desaparición de Babedec ¿qué le queda si no el consuelo de haber dejado de sufrir? En una época marcada por la fuerte religiosidad la vida no es más que un camino, que un trance hacia la eterna, donde el dolor se transforma en dicha. Por lo tanto ese sufrimiento del vivo, que además pierde a su ser querido y, por lo tanto, le hace aún más pesada su existencia; se contrapone a la pérdida de la vida, a la ausencia de sensación física, con ello de cualquier forma de angustia y dolor.
- Pero, ¿quién conoce la existencia de ese mundo feliz? -otro alumno, esta vez de primera fila, Jean-Luc. Ese mundo del que tanto habla la doctrina religiosa tal vez no exista. No existe. Seguro. Por lo tanto se trata de interrogarnos sobre la conveniencia de una existencia real, en vida, por muy dolorosa que sea; o bien, la no existencia, la nada, el vacío. De hecho conozco a muy pocos, por muy píos que sean, que desean fervientemente la muerte. Todos, como algo innato a nosotros, se aferran a la vida. De hecho, el propio Rabelais, califica a la muerte como falsa, malévola y ultrajante. Dentro de la literatura existencial todos los autores juegan con la dialéctica vida-muerte en el sentido de que aún dramatizando la existencia humana, el ser humano lucha por seguir viviendo. Por lo tanto es muy difícil desde el punto de vista humano, discernir entre la preferencia por una o por otra.
Pero son las once. La clase ha terminado por hoy. También por la semana. Recogen sus papeles. Se levantan. Salen del aula a fumar un cigarro. Esperan mientras tanto a Antoinette. Clase de gramática. Yo me voy al despacho. Dos horas de permanencia me quedan por delante. Dos horas en las que pude conquistar y salí derrotado. Dos horas por delante en las que puedo seguir conquistando. Dos horas en las que siempre salgo vencido. Aunque sea en terreno propio. Un pequeño habitáculo íntimo donde confesar mis inclinaciones. Un aposento siempre vacío donde converso a solas. Donde despliego el periódico que nunca leo que debe hablar de historias que nunca acontecen en mi mundo. Donde debo recibir alumnos que nunca son recibidos. Donde debo preparar clases que nunca son preparadas. Donde ni los insectos hacen acto de presencia. Donde hasta las paredes y la mesa y las sillas y la estantería cargada de libros y la lámina de Delacroix enmarcada y colgada sobre la pared parecen seres inanimados. Ni siquiera la libertad con su bandera tricolor quiere escucharme. Ni siquiera el olor a cerrado quiere hacerme compañía. Ni siquiera las motas de polvo asoman a visitarme. Entonces dos horas de permanencia ¿para qué? De permanencia en mí mismo. De existencia en mi mismo. De permanencia en mí mismo. Entre el vacío de la ausencia y el destierro de una realidad que tampoco es la mía. A veces pienso que carezco de realidad. Que sólo existo porque un cabrón quiere que lo haga para divertimento de los demás. Mi mundo de papel no existe porque es pura ficción. Pero dentro del mundo de papel los seres de papel también se relacionan entre ellos. O tal vez no piensan en su existencia miserable de inexistencia. Pululan entre páginas. Aparecen y desaparecen sin ser conscientes de su aparecer y desaparecer. Pero dentro del mundo real tampoco tengo sitio reservado. Aparezco en cuatrocientas páginas impresas aplastado por el peso y el paso de un tiempo indefinido abandonado. Esperando que alguien deje pasar los folios escritos y se dé cuenta de mis desgracias. Borre mi nombre. Y acabe de una vez con mi sufrimiento. No borre mi nombre pero si la vida que a alguien se le ocurrió relatar un día. Cambie el argumento y me dote de otra existencia inexistente pero más dicha. ¿No me ves? ¿No me escuchas? ¿No me sientes? No me ve ni me escucha ni me siente nadie. Tu desgracia es la de nacer para tener que sufrir y después morir. Mi desgracia es la de nacer para tener que sufrir y no morir nunca. No somos más que el objeto de la dicha de un frustrado que quiere pasar a la posteridad por sus obras. ¿Dónde estás desgraciado Cyrano que en tus más de cien años de existencia sigues padeciendo el amor no correspondido de Rosanne? ¿Porqué nunca llegué a ser el Cid o el Quijote quienes a pesar de sus infortunios siempre seguirán estando en el corazón de millones de seres que quisieran ser como ellos fueron mal que pasen y pesen los años y los siglos y los milenios? ¿Quién soy yo sino un vulgar profesor de literatura que ni siquiera existe para mis propios contemporáneos imaginados? ¿Un loco que debe seguir existiendo durante páginas y páginas siendo consciente de mi desdicha? ¡Qué cruel eres! ¿Porqué no acabas de una vez con esta farsa? ¿Me destruyes o cambias mi existencia? ¿Porqué acabarás con Antonio antes de tiempo achacándome incluso que soy yo quien lo voy a acabar con él y no conmigo? ¿Qué futuro me tienes reservado? ¿Cuántas Brigitte pasarán por mi vida antes de que alguna desee me entierre? ¿No me escuchas? Sé que si me escucha pero no quiere escucharme. Se regocija de mi soledad porque seguro que él está aún más solo. Vierte sobre mi toda su infelicidad para consolarse de que aún existen seres más infortunados que él. Y no poder hacer nada para remediarlo. Nada. Porque si intento suicidarme seguro que me convertirá en un ser tetrapléjico que solo sobre una cama de hospital pasará años y años de desierto. Haga lo que haga siempre inventará respuestas para manteniéndome en la desdicha. Buscaré el sufrimiento ajeno si ello me sirve de consuelo. De alivio. De descanso. De calmante. De bálsamo. De alegría. De gozo. Puede que sea esto lo que busque en su afán de destrucción. Destruyamos pues ya que sé que mi existencia será eterna. Destrocemos el corazón de mis queridos coñitos inexistentes. Intenta al menos darme valor para enfrentarme a ellos. Aunque no lo consiga nunca. Ilusióname para seguir amargando en tu nombre un mundo que es todavía ajeno a tu terquedad y a tu crueldad. Seré tu vasallo fiel si tu quieres pero introduce algo que mitigue mis penas. Hazme rico. Hazme un ser creativo. Hazme rodear de amigos. Hazme alimentar de mujeres. Hazme sano. Hazme de un carácter más dichoso. Después sembraré el pánico con mi riqueza y mi creatividad y mis amigos y mis mujeres y mi fortaleza y mi dicha. Seré tu esclavo. Devuélveme a Brigitte o a Gloire o a Julie o a Marie-Line o a Pascale o a Emmanuelle o a Bettie o a Eve. Si no puedes devolvérmelas crea otras para mí. Da igual que sea llame Brigitte o Gloire o Julie o Marie-Line o Pascale o Emmanuelle o Bettie o Eve o si quieres Carmen o Martyre o Louise. ¿Qué respondes a esto? Nada. Siempre nada. Que siga deambulando y arrastrándome para descubrir el camino que me tienes preparado si tu al menos lo sabes. Que debo llenar tus páginas en blanco. Que debo hacer yo algo que generen cientos de palabras. Que si me lo dieras todo tu historia no tendría su gracia. Que debo hacer mi vida normal. Que debo levantarme todos los días. Que debo venir todos los días al trabajo. Que debo vagabundear por la ciudad. Que debo leer cientos de libros. Que debo compartir mis ratos con Madani y con Antonio hasta que lo mates. Porque eres tú el culpable y no yo. Que debo seguir alimentándome. Que debo seguir tropezándome con mujeres que me seguirán odiando. Que debo incluso perseguirlas y acosarlas. Y todo porqué. Porque tú eres incapaz de crear algo por ti mismo. Porque tu también eres un ser normal. Porque tu también te despiertas. Porque tu tambien va todos los días a trabajar. Porque tu también vagabundeas por la ciudad. Pero por una ciudad que no es la tuya. ¡Desgraciado! Porque tu también lees los cientos de libros que pones en mis manos. Porque tu perdistes a dos amigos que quieres recuperar en mi. Hasta se llamaban igual. Seguro. Porque tu también te alimentas de lo mismo que yo. Porque tu también te ha tropezado con mujeres que te odian y seguirán odiando. Por perseguirlas. Por acosarlas. Por destruirlas. Porque me has creado a tu imagen y semejanza para poner en mis manos cosas que tu serías incapaz de hacer o de decir. Porque tú eres un cobarde. Y haces de mi un provocador. Porque eres tan cabrón como todo creador que crea para ver como sus personajes sufren y padecen. ¿Y sabes porqué soy un profesor de literatura y no un albañil? Por tu pedantería. Me dices que tengo que leer a tal y me pones entre las manos su libro. Que tengo que enseñar a mis alumnos. Pura superchería. Simple vanidad la tuya hermano. Seguro que me estás cuchicheando que me deje de cuentos y que estoy en mi hora de permanencia y que si no recibo a ningún alumno debo preparar mis clases. Y sé que me cuchicheas esto porque hay un libro frente a mí que pasa sus páginas hasta llegar al párrafo que te interesa. A mi no. Que te interesa que yo elija. Que te interesa que yo explique a mis alumnos. Aunque en el fondo lo que te interesa es rellenar unas páginas más. Porque tu imaginación no esta a la altura de la creación. ¿Del plagio? ¿O simplemente pretendes ilustrar al mundo sobre tu sabiduría? Pedante. Presumido. Estirado. Afectado. Tieso. Enfático. Pinturero. Engolado. Vanidoso. Mira como pasan las páginas cada vez más desprisa. Fruto de tu cólera. Sin duda. Aquí. ¿Esto es lo que quieras que lea y enseñe? "Los amores de Amador y Florinda, donde se relatan astucias y disimulos, junto a la muy loable castidad de Florinda". "... Entonces -dijo Amador, si no queréis darme la vida ¨Por qué guardarme la muerte? A no ser que esperéis atormentarme más estando vivo, que pudiera hacerlo muerte alguna. Mas, por mucho que la muerte me huya, tanto la perseguiré que acabaré por encontrarla, pues sólo entonces hallaré reposo...
Amador, entregado al rescate de ambos cuerpos se ocupó tampoco de sí mismo que se encontró rodeado de una muchedumbre de moros; y como no quería caer prisionero -pues no había podido apresar a su amada-, ni tampoco faltar a su fe en Dios -como había faltado con ella-, sabiendo que si le llevaban ante el rey de Granada, o le matarían cruelmente o renegaría de la cristiandad, resolvió no conceder a sus enemigos ni la gloria de su muerte ni la de su captura. Y besando la cruz de su espada y encomendando su alma a Dios, se dio una estocada tal que no necesitó más ayuda. Así murió el pobre Amador, siendo tan llorado como lo merecían sus muchas virtudes".
Muy ilustrativo por tu parte para seguir torturándome. Quisiera haber sido un héroe y tu me martirizas con historias de titanes. Dame ese reposo que tuvo el pobre Amador. Se tan noble como lo fue nuestra leal reina. Aunque pienso en un hospital y en una cama y en enfermeras despreciable y en mi cuerpo postrado como consecuencia de ocho pisos (un suicidio desde la torre Eiffel sería un fin demasiado digno de tu pluma) … Tetraplejía. Prefiero seguir viviendo. Y ahí te quedas. Más solo que yo. Ni un libro más. Es la hora que me tienes fijada. Sígueme por París. Resentido. Te perderé en su noche y en su día. Llora amargamente tu distancia. Te haré sufrir si eso es lo que quieres. Disfruta de mi viaje. Trece horas y cierro la puerta. Nadie en los pasillos. Tomo el ascensor. El espejo me devuelve un rostro algo desmejorado. No tanto como el producido por mi resaca A de todas las mañanas. Consecuencia del mal rato. Consecuencia del miedo. Pero henchido de venganza. Debo olvidar. Pero no olvidar tus palabras. Los pensamientos 1 y 2 que se entrecruzaban en mi mente han desaparecido. De momento. El 3 afortunadamente no. No llegué a enumerarlo pero imaginaos de cuál se trata. Tengo cuatro días por delante. Para divertirme a tu costa. Al menos cuatro días. Es jueves. Último día de trabajo de la semana. Al llegar al bajo la portera me vuelve a saludar. ¡Buen fin de semana señor Santier! No olvido que le pagan para eso. No contesto. Nunca contesto. Ella no sabe como puede ser mi fin de semana. Salgo a la calle. A mi derecha en pendiente ascendente la calle de Rennes continúa hasta la torre Montparnasse. A mi izquierda la calle de Rennes desciende hasta el bulevar de Saint Germain de Près. Decido bajar por mi izquierda. Y perderme por la ciudad. Cuatro horas después el sol ha calentado algo el ambiente. La gente ya no deambula con paso marcial. Con la mirada fija en el asfalto. O en el acerado. Cientos de portales y oficinas vomitan miles de empleados ataviados con la premura de media hora de almuerzo. Miles de camareros en las cientos de cafeterías y bares tienen dispuestos miles de platos económicos con que dar de comer a los hambrientos asalariados. Máquinas programadas. Encorsetadas por horarios estrictos. Siempre la misma rutina. El bar más cercano. El menú más barato. Decenas de mesas diminutas aprovechando al máximo el espacio interior. Casi obligados a compartir mesa con desconocidos. Sin departir ni compartir. Simplemente estar junto a un ser tan vacío y gris como tú mismo. Sólo por problemas de espacio. Tal vez al más agraciado le toque en suerte una joven ejecutiva de traje chaqueta y falda corta. Alguna palabra de cortesía sin más. No hay tiempo ni siquiera para iniciar una aventura. ¡Camarero por favor! Primer plato. Postre. Café. Garrafa de agua del grifo. En la espera puede que alguno extraiga de su bolsillo unos papeles arrugados que al desplegarlos coincidan con el periódico del día. Un cigarro. La cuenta. El periódico de nuevo hecho un ovillo sobre el bolsillo de la chaqueta. Y salir pitando de nuevo hacia la oficina. El hervidero de platos de ida y vuelta de hace media hora se convierte en un desértico estercolero. Todos llegan a la vez. Todos se van a la vez. Salvo algunos privilegiados de horarios menos estrictos. Salvo algunos privilegiados sin jornada de tarde. Salvo algunos privilegiados turistas obligados a comer las sobras de los demás. Pero siempre existen otros privilegiados. Los menos. Los que sólo pueden permitirse el lujo de comer en la calle. Sobre un banco. Sobre todos los bancos cercanos cientos de miserables ejecutivos comparten traje y corbata con baguette de jamón dulce y mantequilla. Botella de agua. Maletín en el suelo. Pero siempre existen otros menos privilegiados. Los que ni siquiera llegan a la categoría de miserables ejecutivos. Los que han sido desprovistos de su lugar de descanso. Los que no tienen prisas por llegar tarde a ninguna parte. Porque no tienen ninguna parte a la que poder ir. Salvo a aquel banco frío donde han constituido su único hogar. Cuestión de elección. Aunque todos comparten un mismo sentimiento. El que come solo en el restaurante. El que come solo en el café. El que come solo en el banco. El solo que ni siquiera come. Y al fondo algunos de los solos que ni siquiera comen. Exquisito contraste. El glamour perdido de Saint-Germain. Tabou. Club Saint-Germain. Montana. Flore. Deux Magots. Grenouille. Vieux Colombier. Trois Canettes. Royal Saint-Germain. Civet. Assassins. Cheramy. La Rose Rouge. Lipp. De sus reyes inmortales. Baurice Vyant. Jean-Sol Partre. Una historia en blanco y negro entre el ser y la nada. Una historia que muchos pretenden hacer rememorar. Pero que ya no existe. El color cambió a Bison Ravi por miles de boutiques con ropa a precio de risa. Y sobre un escaparate una señora ataviada con sus mejores galas duda entre un abrigo de muchos ceros o un plato de comida caliente. Su mugriento y aceitoso abrigo verde necesita una restauración. Su estómago está acostumbrado a pasar hambre. ¿Pero que más da la necesidad tratándose de la imagen de una bella dama? Desgastada por los años. Por la pintura. Por la hambruna. Por el frío de la calle. Por quién sabe cuantas calamidades ella contempla con admiración aquel escaparate. Como la princesa desposeída que quiere volver a ser lo que fue. No puedo prometerle la reconquista de su linaje. Sería demasiado caritativo con mi bolsillo. Sí compartir nuestra soledad. Sí saciar nuestro frío con algún plato caliente. Acepta porque no tiene nada más que perder. ¿Qué la roben? ¿Qué la violen? ¿Por cuántas desventuras no habrá pasado esta desdichada dama? Si la violan después de llenar su estómago sería hasta una buena digestión. Señor si después me viola no lo haga sobre un banco, alquile la habitación de un buen hotel. Sería todo un detalle por su parte. Claro que sería un buen detalle por mi parte. Un gesto de delicadeza. Pero en ningún momento he pensado en violarla. Sólo compartir un instante. Una mesa. Unos platos. A la primera mujer que se digna en compartir conmigo algo no la puedo hacer daño. Serás mi dama confiada frente a las vulgares desconfiadas que huyeron de mí sin saber cuales eran mis verdaderas intenciones. Una mesa en el más lujoso de los cafés. Abarrotado como todos los lujosos cafés de París. Algunos esperan todavía poder escuchar al trompetista blanco. Otros al estrábico existencialista hablar sobre el vómito. Pero los unos y los otros nos miran con recelo. Hasta el camarero de elegante chaquetilla verde. Acostumbrado a otros tratos más delicados. Tan delicado que me obligué a mí mismo a introducir un billete de cincuenta francos en su bolsillo. A modo de soborno. La desconfianza de los más suspicaces sólo se vence a base de dinero. Es su único lenguaje. Tanto tienes tanto vales. Mejor: tanto aparentas tanto vales. Aunque no tengas donde caerte muerto. Que es lo más habitual. Por eso mi noble dama de abrigo verde de segunda o tercera o cuarta mano desprovista de aquellos perfumes caro de Chanel o Saint-Laurent levantaba tanta desconfianza entre los demás. No menos levantaba yo compartiendo mesa con una dama de tan baja alcurnia. Tíos raros los hay en todas partes. Mientras paguen. Y el soborno al menos sirvió para levantar el miedo a comer por la cara. Tenía pasta y eso es lo único que les interesaba. Y la carta. Y mi plato único. Y su primer y segundo y tercer plato. Tenía hambre la pobre dama. Y mi garrafa de agua del grifo. Y su copa de vino de Borgoña. Porque pobre y hambrienta parecía ser. Pero no desprovista de estilo. Y mientras esperábamos la comida ella se ausentó. ¿Servicio de señoras? Y mientras ella hacía lo que tenía que hacer en el servicio de señoras contemplaba yo todas las miradas en mí. Y cuando ella regresaba del servicio de señoras contemplaba que todas las miradas que estaban fijas en mí se dirigieron hacia mi dama maquillada de una forma algo ridícula. Claro que maquillaje de Givenchy. Marcando con su rojo fuerte de labios la copa de vino de borgoña vacía tantas veces como vuelta a llenar. Engullendo uno tras otro los platos que el camarero sobornado iba dejando sobre la mesa. Y yo contemplaba con felicidad su estómago agradecido. Apenas si nos dirigimos unas palabras. Todo a su tiempo. A la hora de los postres. Como en las buenas mesas. Y después de un mousse de chocolate à volonté del que no sé cuántas cucharadas llegó a comer. Y viendo su maquillaje Givenchy completamente arruinado por el negro del chocolate tuvo fuerzas para decir una palabra de agradecimiento: “Riquísimo”. Una segunda ausencia para los retoques más que necesarios. Unos cafés. Y un paquete de tabaco rubio que ella extrajo de su mugriento bolso. Americano. Y sin pedirle nada a cambio ella empezó toda una retahíla de palabras y frases. Que hacía mucho tiempo que no comía tan bien y en compañía de alguien. Que había tenido el detalle de un caballero. Que en los tiempos que corrían aquello le parecía casi imposible. Que los tiempos han cambiado mucho. Que en su época de juventud ¡aquello si que eran tiempos! Que la gente era más solidaria. Que la gente gustaba compartir su tiempo con los otros. Que la gente podía hablar con cualquier y sobre cualquier tema. Que la gente podía pasear por la calle sin miedo. Que la gente recitaba, pintaba, cantaba, interpretaba por las calles sin miedo a exponer su opinión. Que la mayor parte de la sociedad era así salvo las generaciones mayores. Que por eso su padre, un notario famoso de la ciudad de París, la echó de casa cuando quedó embarazada cuando tenía dieciséis años. Que por eso recogió sus bártulos y se fue con su novio artista a un pequeño apartamento que tenían alquilado en Saint-Germain. Que por eso abandonó sus estudios de bachillerato y se dedicó a la vida bohemia. Que pasaba todas las noches en tertulias con su novio existencialista. Que hablaban del ser y de la nada. Del vómito. De los caminos de libertad. Del muro. De las manos sucias. Del diablo y del buen dios. De las moscas. De la puerta cerrada. De los muertos sin sepultura. De la puta respetuosa. De Nekrasov. De los secuestrados de Altona. De las palabras. Del imaginario. De la crítica de la razón dialéctica. De las cuestiones del método. De las reflexiones sobre la cuestión judía. Que incluso me hice íntima de la señora del bonito ver o beber según se mire. De aquella que trataba de la invitada. De la sangre de los otros. De todos los hombres son mortales. De los mandarines. De las bellas imágenes. De cuando prima lo espiritual. De una muerte muy dulce. De la mujer rota. De as bocas inútiles. De una moral de la ambigüedad. Del segundo sexo de la fuerza de la edad. De la vejez. Que aquellos jóvenes tenían esencia y no sólo existencia. Que todo aquello se fue. Que su novio existencialista también se fue. Que su hijo también se fue. Que los existencialistas se fueron. Que los idealistas se fueron. Que todos se fueron y nos trajeron sólo materialismo. Que incluso los cafés se convirtieron en boutiques. Que sus padres tampoco quisieron recuperarla. Que afortunadamente habrán muerto ya. Que sabe que un hermano suyo es diputado de la Asamblea Nacional. Que cree que es de esos que defienden la Francia de los franceses. Que tampoco le interesa demasiado. Que con la caridad de los espirituales. Que con sus recuerdos tiene bastante para seguir sobreviviendo. Que ya es mucho seguir sobreviviendo en los tiempos que corren. Que vive sólo para recordar. Que no tiene a nadie porque nadie le interesa. Que sus amigos se fueron y sólo permanecieron en su memoria. Que duerme aquí y allá. Que come donde puede. Que a veces se ve obligada a pernoctar en el hospital de los pobres. Que a veces se escapa. Que regresa siempre a Saint-Germain. Que es su única vida. Que a veces imagina como pudo haber sido su vida en aquel palacete de los barrios altos. Que a veces imagina que podría haber sido una señorita militante de izquierdas. Que a veces imagina luchando en el 68 con los universitarios. Que a veces se imagina siendo hoy. ¿Qué es lo que se imagina siendo hoy? Que seguramente sería una mujer cobarde junto a un hombre rico de derechas asistiendo a tertulias donde se asesinan verbalmente los derechos de los inmigrantes bebedora amargada criando niños por doquier con cientos de criadas por toda la casa jugando a las cartas con amigas estúpidas derrochando dinero en las tiendas de alta costura asistiendo a misa diaria compartiendo la calderilla con los pobres vomitando todas las noches la desdicha de un cuerpo inerte que sólo piensa en calentar la cama de quien lo alimenta del que le surte de perfumes y vestidos caros de quien la da grandes viajes a las residencias del Sur de quien tapa su boca a cambio del placer que a veces encuentra en jóvenes secretarías porque la vejez no perdona y para qué. Que no cambiaría mis recuerdos por todos los cheques del mundo. Que no cambiaría mis recuerdos por toda la alta costura del mundo. Que no cambiaría mis recuerdos por todos los viajes posibles. Que no. Que aunque una tenga sus deslices y sus caprichos materiales lo que permanece en el corazonzito de una es lo que permanece y lo que Vd. ve. Que podría pensar que porqué no rehice mi vida. Que yo le contesto que de haberla rehecho habría traicionado mis recuerdos. Que principios es lo único que he tenido siempre. Que no quiero ni imaginarme la vida de una mujer de hoy. Que quiero seguir siendo lo que fui y lo que continuo siendo. Que porque nadie me entiende porque las cosas han cambiado tanto se sigue encontrando tan sola. Que para algunos no soy más que una desgraciada. Que para algunos no soy más que una pobre mujer. Que para algunos no soy más que una loca. Que me da igual lo que piensan los demás. Que lo único que me importa es lo que opino yo de mi misma. Que perdone Vd. que le dé la tabarra con estas historias pero que mi vida no se la cuento a todo el mundo todos los días. Que un gesto como el suyo merece al menos la confianza de que le dé la tabarra. ¿Entiende Vd.? Que podría seguir contándole miles de historias que si quiere un día puedo seguir contándole. Que no quisiera aburrirle. Que espero que me disculpe. Que sí que la disculpo del todo pero que espero me disculpe y le corte la conversión monologada pero debo ir al servicio. Y me levanto. Y me dirijo al fondo a la izquierda donde deben estar los servicios. Un poco como diría yo. ¿Sorprendido? ¿Confundido? ¿Seducido? Un poco de todo. Creo que era la primera vez en mi desdichada vida de relaciones que una personas del sexo contrario me contara al menos una vida en confianza sin salir corriendo sin haber abierto la boca. Y digo al menos una vida porque si estaba loca tampoco podía garantizar que la vida que me había contado era la suya. Al menos era una vida. Tampoco importa mucho de quien fuera. Al menos estuvo ahí. También es verdad que tampoco tenía nada que perder después de haber contado lo que contó. Que fue mucho. Que fue extraordinaria. Que incluso me había olvidado de los cotillas de las mesas vecinas y del camarero sobornado. Que fue digna de una dama de sentimientos. Que dice mucho de sí misma. Que como sí mismas pocos sentimientos podemos expresar. Al menos que yo haya tenido la suerte de conocer. Que ha sido pocas y poco afortunadas por culpa de un vil cabroncete que no me da esa oportunidad. Que me olvide del cabroncete y me alegre con las bellas palabras de mi dama con maquillaje de Givenchy. Que como ella misma ha dicho un desliz lo tiene cualquiera. Que lo único que me interesaba era compartir con alguien aunque de momento sólo yo compartiera con ella y no ella conmigo. Que había tiempo para todo. Que había tema para mucho por lo visto. Claro que al llegar del baño todo el tiempo y el tema que compartir se habían agotado. Que su silla estaba ahora vacía. Que ya me extrañaba que mi creador fuera tan bondadoso conmigo para alargar un rato de felicidad. Que digo de felicidad con todas sus letras para que veáis la importancia que tiene para mí el comunicar con alguien distinto de uno mismo. Que sólo lo sabrá aquel de vosotros que se siente identificado conmigo. Que muchos se reirán de lo inconformista que puedo llegar a ser. Que puede que lo sea pero que hoy día no todo es tan fácil como le veis. Que trabajar mesa con mesa y tomar un café y hablar del programa de ayer de la televisión y comentar la última noticia de Le Monde no es comunicación sino teatro: práctica en el arte de representar comedia. Que la comunicación es algo más que vosotros vulgares mortales podéis no llegar a conocer en vuestra vida. Que lo penséis bien y veáis que no soy tan inconformista como puedo parecer. Piénsenlo y ya me lo diréis. Ahora mi preocupación es otra. Vosotros no lo sois nunca. Vuestro mundo y el mío son diferentes. Entiéndanlo. Y sobre la mesa un mensaje escrito sobre una servilleta: GRACIAS POR SABER ESCUCHAR. SIEMPRE PODRAS ENCONTRARME A LOS PIES DE SAINT-GERMAIN. Y pedí la cuenta. Y pagué que no fue poco. Y sin propina. Que ya se la cobró de entrada. Un ¡adiós, buenas tardes señor!. Como con sarcasmo. Y salí a la tarde que ya era casi noche. Y ni a los pies de Saint-Germain ni admirando los escaparates de trapitos de muchos ceros ni en los cafés cercanos ni siquiera en los soportales resguardada del frío la encontré. Perdida mi musa dama sentí de nuevo la sensación de vacío habitual. Hasta tal punto que ni siquiera podía asegurar que aquel rato no había sido producto de mi imaginación. O una canallada más de mi creador. Desdichado lloró amargamente mi espíritu solitario. Sin percatarme incluso de que el frío de la mañana había regresado. Que la gente de nuevo andaba marcialmente y mirando al suelo. Pero la gente esta era otra gente. Aquella que la tachaba de loca a mí de inconformista. Aquella que de los dos se reía. Pero tampoco me importaba su risa. Y la seguí buscando. ¿Dónde si ni siquiera me había dicho su nombre? Y así hasta Saint-Michel. Y crucé el puente hasta la Île de la Cité. Y rodeé el hospicio de pobres. Y sin rastro. Sólo centenares de turistas ateridos fotografiaban la fachada de Notre-Dame. Y marcialmente mirando hacia abajo abandoné la isla rastreando su perfume e intentando divisar el abrigo verde aceitoso. Ningún vestigio. Y otro puente. Calle Rivoli. Otros centenares de turistas abandonando el Louvre. Ni una huella de mi dama existencial con maquillaje de Givenchy. Ni en Saint-Honoré. Glamurosa calle de cientos de boutiques. También del Elíseo. Ni en la calle Royal mi princesa. Y a los pies de la Madelaine imploré compasión. A quien pudiera escucharme. A ti cretino. A un ser humano al menos. Alguien que me pueda socorrer. Auxiliar. Amparar. Ayudar. Asistir. Acoger. Proteger. Defender. Ningún monigote de papel. Todos los rostros difuminados pertenecen a otra dimensión. También monigotes pero existentes. De entre los míos recuerdo que desaparecida mi alteza aún me quedan Antonio y Madani. Al que tú matarás. Al que un día invitaste a comer caracoles porque llevaba tres días sin comer porque no tenía dinero. Que no sé que hacen en esta historia. Pero están. Los haces compartir conmigo este sufrim

hola¡¡¡¡¡¡¡¡
me ha encantado la historia...aunque la verdad llevo la mitad leida hasta el momento, me encanto el personaje de Jacques...es genial, aunque te recomendaria que los hicieras mas cortos ( cansa leer en el computador)...bueno en el sentido del post....podrias poner por ejemplo....el mismo titulo pero primera parte y despues poner la segunda...aparte que el fondo dificulta mas la vision y se cansa mas rapido la vista( pareciera que son solo criticas lo que te escribo) pero e para hacer mas amena la lectura...ya que de por si la novela se ve genial...por lo menos a mi me encantop la trama y la forma de relatar....
bueno besos y cuando termine de leer te dejo otro comentario...
gracias por agregarme a tus amigos...yo ahora mismo te agrego a los mios