EL MUNDO DE LAS QUIMERAS http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net Escribo contigo... Escribes conmigo.... Escribamos juntos... es-es Cultura http://s3.amazonaws.com/lcp/elmundodelasquimeras/myfiles/DSC0139465x65.jpeg EL MUNDO DE LAS QUIMERAS http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com El mundo de las quimeras (novela) http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/11/05/el-mundo-las-quimeras-novela- 2007-11-05T15:07:04+00:00

I

Ocho de la mañana. Suena el despertador. Jacques se levanta a la hora habitual. Abre tímidamente los ojos. Da varias vueltas en la cama dejando colocado su cuerpo boca abajo. No quiere ver la hora en el reloj. No puede creer que ya sea de día. Como si acabara de acostarse. Aunque acabe de hacerlo realmente. No hace más de tres horas. Debo hacer una aclaración en tercera persona. Jacques está todavía demasiado cuajado para hacerlo en primera persona. Lo de aclarar. Y aclaro que su trabajo mental lo realiza de forma noctámbula… Un momento… Ocho y diez minutos. Vuelve a sonar el despertador. Jacques no soporta esos relojes eléctricos tan modernos que suenan cada diez minutos. Y aunque tiene la costumbre de dejar el tono al mínimo, aún así el sonido le revienta los tímpanos. Piensa en su inconsciencia que tal vez pueda despertar al vecindario… ¡Allá ellos!... Sigue pensando… Los demás también tendrán que trabajar, que levantarse temprano. También tendrán despertadores como el suyo que posiblemente perturbarán el sueño de todo el vecindario… Otro momento… Ocho y quince… Cinco minutos para volver a sonar el dichoso ¡pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Como si fuera la alarma de un coche. Aunque, claro, no solemos dejar aparcado el coche junto a la mesilla de noche… Ahora gira sobre su izquierda. Con los ojos semicerrados contempla la luz roja de los dígitos. Como van cayendo los minutos uno detrás de otro. Piensa de nuevo. Es el tiempo que pasa inexorablemente. ¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Ocho y veinte… Recapacita en su somnolencia… Y si estirara del cable: Y si parase el tiempo. Y si me concediese un margen de descanso… ¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Ocho y treinta… Y estira con brusquedad del cable. Y consigue que la luz roja desaparezca por completo. Y consigue parar el tiempo. Y consigue dejar el enchufe de su despertador eléctrico colgando de la pared… Y si todo fuese tan fácil no habría cumplido ya los treinta y seis años…. Pienso yo… Él, mientras tanto, sigue durmiendo… Trance.

Prosigo mi relato. En tercera persona. Él, Jacques, sigue dormitando. Yo todavía no puedo. Alguien tiene que contar esta historia. Si es que esto da para una historia. Si puede considerarse verdaderamente una historia. Si realmente existe una historia. Lo hablaremos cuando recupere la conciencia. Es importante. De momento apenas he terminado la página 1 (aunque depende del tipo de letra, del tamaño de la fuente sobre todo). Parece que llevo más de 20. No sé qué contar. Por eso es importante que hablemos. Por si Jacques tiene algo que decir. Salvo que tampoco. Entonces diré adiós. En tamaño enorme, para completar al menos dos páginas de novela. Todo un esfuerzo…

Adiós

Dos horas para todo esto. Para nada. Tengo sueño. Bebo para mantenerme despierto. Craso error, diría Jacques. Pero ahora no dice nada. Ahí está. Tumbado sobre la cama. Boca abajo. Sin posibilidad alguna de que el despertador eléctrico suene de nuevo cuatro veces más en intervalos de diez minutos hasta completar una hora de ¡pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!. Aunque tampoco creo que tenga que esperar que se despierte. Me siento borracho. Cada vez más. Puede que hasta vomite y lo ponga todo perdido. Hasta tu cama, donde duermes plácidamente. Me voy. Despiértate cuando te salga de los cojones…

Adiós

II

Joder, ahora el bullir de una cafetera en un piso cercano. Abro los ojos. Me he quedado un poco traspuesto. Él también los abre. Deja de girar tu cuerpo de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. No va a sonar más tu despertador. La luz roja que te atemoriza todas las mañanas ha desaparecido por completo… Piensa, y no empieces a imaginar que posiblemente se haya ido la luz durante la noche, a causa de una tormenta. Sí, cada vez es más tarde. Si llegas con retraso a clase los alumnos tal vez se hayan marchado. Sí, esos cabrones ya no conceden ni quince minutos de cortesía. Que cualquiera puede llegar tarde. Que incluso ellos no han llegado todavía a causa de la tormenta, que es también su tormenta. No imagines que tendrá la culpa de que todos lleguemos tarde a clase. Que todo puede tener una explicación razonable: un rayo, la luz se fue, el despertador es eléctrico, al igual que los despertadores eléctricos de mis alumnos. Incluso el director llegará tarde, porque su despertador también debe ser eléctrico…

Pero al abrir tus ojos legañosos y depositarlos fijos en tu despertador desconectado, descubres el enchufe colgando de la pared. Todos tus pensamientos no han sido más que excusas con las que afrontar tu llegada tarde al trabajo. Mi larga espera también. En mi estado. Además, tengo que recordarte que al acostarte no estaba así. Entonces vuelves a pensar por ti mismo: alguien podría haber entrado durante la noche en mi habitación, una especie de pánico me invadió imaginar que vivía solo, que podría tratarse de un ladrón que había entrado durante la noche para robar, puede que un asesino a sueldo dispuesto a acabar con mi vida por un puñado de billetes… Más cangelo… Pero estamos solos. Lo que no es motivo suficiente para que respires aliviado, porque indudablemente piensas que debe ser tarde… Lo que agudiza tu sensación de espanto. Sobre todo por las consecuencias inmediatas que afloran en tu mente a causa de la tardanza: 1) Esta vez sí, tus alumnos estarán esperándote. 2) Indudablemente, el director también te estaría esperando con la lista de incidencias en la mano, en tono amenazador. Aunque te consuelas pensando que tampoco debe ser grave llegar por primera vez tarde en lo que va de mes… Un poco de benevolencia… No caes en la cuenta de que hoy es día 1… No está mal para empezar el mes… Aún así intentas escudriñar una excusa razonable en tu mente… Nadie tiene porque saber si realmente un ladrón entró esta noche en tu casa para robar, que tropezó con el cable del despertador eléctrico y arrancó de cuajo el enchufe de la pared… Tampoco si un asesino a sueldo ha intentado eliminarte por un puñado de billetes y ante el miedo de verse sorprendido por el sonido del despertador ha arrancado de cuajo el enchufe de la pared antes de salir huyendo… Mucho menos que un querido amigo, consciente de la importancia de tu descanso, ha pegado un tirón del cable de tu despertador eléctrico con la mala suerte de arrancarlo de cuajo de la pared… Aunque siempre te puede quedar el pretexto de una tormenta durante la noche… De un rayo que ha provocado un apagón… Claro, después las consecuencias… Que tu despertador es eléctrico… Que en la época en que vivimos casi todos los despertadores lo son. Qué malo tiene usarlos… Hasta te resulta convincente… Hasta puede resultarle persuasivo. Es entonces cuando decides levantarte… Siempre sin dejar de meditar sobre la tormenta que asoló la ciudad aquella noche… Como intentando solidificar tu argumento… Descorres las cortinas de tu habitación haciendo que la luz del sol penetre sin remisión en el interior, reflejándose sobre la pared del fondo. Cada vez estás más convencido de que debe ser tarde. Lo es. De la misma manera que llevo una hora para que te levantes y no hay forma, mientras te debates con argumentos estúpidos de los que tú mismo dudas. Sobre todo, cuando al bajar la vista hacia la calle, no descubres restos de la presunta tormenta. Cuando al recorrer con tu vista la habitación ni un resquicio de robo o huellas de un asesino a sueldo que ha intentado eliminarte por un puñado de billetes. Siempre puedes agarrarte a la posibilidad de una tormenta de verano, de esas que suelen visitarnos en verano. Pero te recuerdo que hoy inauguramos el mes de febrero… Pero siempre cabe la posibilidad, mientras no hagas mención alguna al verano. Pero piensa que al final todo se sabe, y cuando se sepa sin duda harás el ridículo más grande del mundo ante al director, y lo que es peor, ante tus alumnos… El cachondeíto que tendrás que soportar por parte de esos cabrones durante una larga temporada… Entonces… Decídete de una vez… Hazte cargo, antes que vomite de nuevo la borrachera. Deberás cerciorarte antes de afirmar algo, si realmente te has quedado dormido por culpa de la tormenta eléctrica, no de verano, que dejó sin luz la pasada noche la ciudad de París y que desconectó todos los despertadores eléctricos. Por ejemplo, podrías preguntar a la portera antes de salir a la calle sobre la existencia o no de la presunta tormenta… En el caso de que dijera que no, deberías tener preparada otra excusa… Piensa… Con tanto lentitud, que me da hasta tiempo de leer un capítulo entero de la última novela de Jean Echenoz que tienes abandonada sobre la mesa…

"La mujer que había sellado el destino de Jean-Claude Kastner se despertó aquel mismo día poco antes de las nueve de la mañana. Abrió un ojo orientado al techo grisáceo…" (1)… Eh, tú… Interrumpe mi lectura… Perdona, Jacques, entretenía el tiempo mientras tú pensabas en la excusa de repuesto… Échame un poco de cuenta, que esto no es fácil… Te he pedido perdón, ¿ya la tienes?... Sí, creo que sí… A ver, cuéntanos que has pensado… El gato… ¿Qué gato?, le pregunto sorprendido… Un gato cualquiera, qué más da. Pues eso, el gato que se había entretenido en tirar del cable que une el despertador eléctrico con el enchufe hasta dejarlo colgando de la pared… Y no te has parado a pensar que el director te haría mil preguntas sobre el gato hasta descubrir que nunca le habías hablado del gato que tenías. Y al final descubriría que no tienes gato... Llevas razón, no tengo gato… Y que se daría cuenta de inmediato que simplemente te has quedado dormido, aunque fuese por primera vez en el mes, aunque todavía estemos a día 1, y que tus alumnos se habían quedado esperándote durante algo más de media hora, y que ganabas lo suficiente como para comprarte al menos media docena de despertadores, y que te gusta poco madrugar, no estoy diciendo trabajar, y que no llevas más de dos meses impartiendo clases en el instituto, y que había muchos parados para tener que soportar conductas como la tuya, y sin olvidar tampoco que el mes anterior ya habías llegado tarde más de un día (ocho en total)… Llevas razón, él se daría cuenta de muchas cosas de las que no quisiera que él se diese cuenta… Además, aparte de peligrar tu puesto de trabajo, no sabes mentir, te lo digo por si otra vez tienes que inventarte más historias para justificar tus tardanzas… Eso sí es verdad, yo nunca he sabido mentir. No entiendo cómo puedo ser incapaz de buscar excusas cuando llego tarde a clase. Si fuese mujer lo tendría más fácil. Llegar tarde o incluso no ir es propio de las mujeres. Los dolores menstruales, algunas compras que son ineludibles, el haber pasado una mala noche por alguna dolencia pasajera (poca cosa, nada serio ni de importancia, mañana se reintegraría al trabajo, volvería a llamarle si surgiese alguna otra eventualidad. No se preocupe señora, mejórese. No tema por sus alumnos que no quedarán desatendidos, algún profesor se hará cargo de ellos. Cuídese usted, ya sabe que un resfriado mal curado puede provocarla dolencias aún mayores), el niño enfermo que lo ha llevado al médico, el marido enfermo que lo ha llevado al médico, el perro enfermo que lo ha llevado al veterinario. Donde hay una mujer que trabaja siempre hay alguien que está enfermo. Si fuese mujer no tendría ningún problema para inventar una excusa que me permitiese llegar tarde al trabajo… No digas esas cosas Jacques, las mujeres no hablarán nada bien de ti, te acusarán de misógino y todas esas cosas… Me da igual… Pues no debe de darte igual. Sobre todo ahora que esta historia no acaba más que empezar. Y por si no lo sabes, habrá mujeres. Me sigue dando igual. Además, tú te has parado a pensar en las excusas del mes anterior. Un día el autobús. Dos veces el metro. Otra un taxista novato que te había confundido por turista y te había dado una vuelta por toda la ciudad. Otra que equivocaste el día y pensaste que era festivo. Otra que habías pasado la noche en el hospital acompañando a tu madre, que por cierto, murió hace más de quince años. Otras dos eras tú el que visitabas el hospital, una por caerte por las escalera y otra por ser atropellado por un ciclista…. Sé serio, o al menos, más inventivo… Pues ayúdame tú, que eres el inventor. No se me ocurre nada. Mejor di la verdad esta vez. no creo que te ocurra nada. Llevo toda la noche sin dormir para cuatro páginas de mierda escritas. Vale, lárgate de una vez, y déjate de malos rollos.

Pues sí ese tipo remolón es Jacques. Jacques y no Jaime porque es una novela francesa. Y en las novelas francesas los personajes se llaman "franceses". Albert que no Alberto, Benoît que no Benito, Charles que no Carlos. Daniel que no Daniel. Émile que no Emilio. Ferdinand que no Fernando. Guillaume que no Guillermo. Henri que no Enrique. Jules que no Julio. Laurent que no Lorenzo. Michel que no Miguel. Narcisse que no Narciso. Onfroy que no Onofre. Paul que no Pablo. Quentin que no Quintín. Robert que no Roberto. Serge que no Sergio. Thomas que no Tomás. Valérie que no Valerio. Zinedine que no Zidane… Si la novela fuese "española" todo sería bien distinto. Pero no es el caso. Jaime les acompañará en las próximas seiscientas páginas por lo menos. Páginas que relatarán acontecimientos varios que le acaecieron durante una semana de hace más de diez años, mezclados con los que viví yo por aquel entonces y desde aquel entonces que tardé en escribirlos. Porque realmente en París sucedieron muchas cosas, propias, ajenas, reales, oníricas. Y ahora que París ya no existe más que en las quimeras de un rincón perdido me atrevo a continuarla con Jaime. Porque Jacques sigue existiendo como tal. Sigue vivo a pesar de los años y de sus adversidades. Al igual que siguen existiendo otros personajes que ya no están entre nosotros. Seguirán respirando, pero no sentimos su aliento cercano. Un día, en una pequeña habitación de hotel, empecé esta historia. Fue en 1996. Ese año conocí a Jaime. Llené cientos de anotaciones que hoy día carecen de valor, porque no me hice un escritor famoso. Ni siquiera me hice escritor todavía. Fíjense si llevo tiempo intentándolo. Y lo que es peor aún, ni terminé la novela. La que hoy reescribo con la ayuda de Jaime que tiene mejor memoria que yo. Todas aquellas anotaciones no me sirven de nada. su memoria y la mía relatando acontecimientos que pasaron una semana en un París invernal.

Todos los sucesos que relataré han sido o serán son ciertos. Aunque pueda parecer mentira que sucesos como estos se produzcan en la vida real de una persona normal. Jacques no es normal. Yo no sé si soy normal. Simplemente soy una persona. A mí me suceden. Así es Jacques. Así soy yo.

Consciente de ser sí mismo, aunque con sus limitaciones, seguiré leyendo: "… y, tras reconocerlo, se levantó para ponerse una informe bata enguatada de color verde. Pero, muy poco después, en el espejo del cuarto de baño, fue su cara lo que le costó reconocer…" Jacques les contará lo que tenga que contarles. Desde la calle me llegan los sonidos de la ciudad que despierta. Los cierres metálicos de algunos tenderos madrugadores que inician su jornada, el sonido de algunos camiones que empiezan a colapsar la calle, el claxon de algunos que no pueden maniobrar por la estrechez de la calzada, las voces lejanas de los vecinos saludándose en el portal, el berrear de algunos pequeños en busca del colegio (no entiendo como son capaces, a pesar de su edad, de tener esa energía a esas horas), las madres que les gritan desde el portal de la vivienda. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve… ¿Tú no estabas leyendo? ¿A qué viene tanta carcajada?... Perdona, no te molesto… Como trataba de explicarles antes de esta interrupción. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve. Tampoco es tan tarde. Como de costumbre. Hasta las diez no tengo clase. Todos mis temores anteriores no tienen sentido. Me alivio al pensar que ya no haré el ridículo ante mis alumnos ni ante el director poniéndole la excusa de una tormenta inexistente que había hecho desconectar mi despertador eléctrico, o de un gato que no tengo que había tirado del cable. Aún es temprano. No te enfades Jaime, sólo se trata a veces de rellenar páginas.

Déjame en paz…Ante el espejo del minúsculo cuarto de baño descubro un ingrato rostro que se asemeja al mío. Aún siendo mío, no deja de ser ingrato. Sin duda conserva los restos de la resaca de la noche anterior. Debo aclarar que entiendo por resaca las consecuencias de un trabajo nocturno, de pocas horas de sueño, de miles de neuronas soportando la presión que ejercen mis pensamientos sobre ellas, sobre todo a esas horas de la noche. Aclaro esto, para los malpensados que pueblan desgraciadamente nuestra sociedad actual, para quienes hablar de resaca supone siempre abusar del alcohol. Aclaro que no bebo. No bebo alcohol, quiero decir. No lo hago, entre otros motivos, porque seguro me produciría una espantosa resaca. Una espantosa resaca de la otra. La mía (llamémosla resaca tipo A), la que me acompaña todas las mañanas y que descubro ante el espejo de mi minúsculo cuarto de baño, la que me supone - aparte de descubrir a otro que se me parece físicamente- unas espantosas legañas que casi me impiden abrir del todo los ojos, unas pronunciadas señales en mi piel (posible consecuencia de las malformaciones de las ropas de cama sobre mi piel blanca), unas ondulaciones desmesuradas en mi pelo, un espantoso mal aliento que me provoca incluso nauseas cuando intento respirar (como consecuencia de la asquerosa comida con la que me alimento todos los días, con la que seguramente se alimentan las personas que a mi edad viven solas, sobre todo si son hombres. Porque también debo aclarar, de la misma manera que antes aclaraba que no bebía alcohol, que tampoco fumo). Esto no evita ciertos malestares intestinales como consecuencia de la mala alimentación, la que también me produce el mal aliento. Malestares intestinales, marcas en la piel, espantoso aliento, ondulaciones en el pelo y legañas que definen lo que yo llamo resaca tipo A. Tampoco es preocupante a mi edad padecer todas las mañanas una resaca tipo A. Unas buenas ventosidades, una buena ducha acompañada de un gel barato y pegajoso, un buen cepillado de dientes, un buen desayuno a base de zumo de naranja natural (que me produce unos buenos ardores a la media hora de tomármelo y que me acompañan agradablemente durante la mayor parte de la mañana) y un buen pedazo de pan duro untado de camembert, hacen desaparecer los restos de mi resaca tipo A, al menos los más graves y visibles. Un buen menú de cuidados intensivos, que no me hacen perder más de media hora, dejándome tiempo suficiente para llegar a clase tras un paseo que me conduce al instituto veinte minutos más allá.


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poema naranja http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/11/02/poema-naranja 2007-11-02T12:01:08+00:00

Hoy

bebé

no

existe

Niervos a flor de piel.

Carne de gallina. Palpitar de ven

trículos. Pitarras de semanas acumuladas

por el llanto. Ojos incapaces de seguir viendo.

¿Para qué? Articulaciones desengrasadas, paraplejía,

politraumatrismo craneal, encefalograma plano. Gusanos

reptando por mi piel dispuestos al gran festín. Pistola, so

ga, cuchilla, gas, ventana, puente, fuego, tren, palo, vene

no, cuchillo, agua, aire, muro, coche, droga, cristal, alco

hol. Mil formas de decir adiós para siempre. ¿Seguir lam

entando cada amanecer? ¿Seguir sufriendo los despreci

os ajenos? ¿Seguir añorando lo que nunca fue? ¿Seguir

ilusionando con lo que nunca será? Ni AMOR, ni ESPER

ANZA, ni QUIMERA. ¿Para qué seguir escuchando estu

pideces? ¿Para qué seguir ladrando tanto palabreo? ¿Pa

ra qué seguir olfateando tanta mentira? ¿Para qué seguir

viendo tanto dolor? ¿Para qué seguir tentando la suerte a

dversa? ¿Para qué seguir sintiéndote tan lejos si tan cerc

a estás tú, la otra? Metal oxidado por el aire, por el agua,

por el uso. Tapón negro de plástico. Pesada que garantiz

a el éxito. Anaranjada para llamar la atención. Y más gus

anos y más babosas y más cucarachas expectantes. Y

un clic. Y una fetidez cada vez más densa. Y una cerilla.

Y sin tiempo para un último suspiro. Y BOUM. Y todo al

caaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrraaaaaaaaaaajjjjjjjjjjjjjjooooooooooo.

y perdón

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Nuestra desnudez http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/10/18/nuestra-desnudez 2007-10-18T20:14:07+00:00

NUESTRA DESNUDEZ

Siempre me he imaginado a Anaïs Nin desnudando su cuerpo, enrollando sus medias con una parsimonia erótica hasta dejar descubierto sus pies. Página a página. Como tantas veces he hecho yo desde que descubrí eso de encerrarme hasta altas horas delante de un papel, de una máquina de escribir o de un ordenador. Hace más de veinte años. Sin suerte. Sin padrinos. Sin tiempo. En ocasiones, sin ilusión. He vivido tantas vidas mejor que la mía, que todavía continúo robándole el tiempo al trabajo que me da de comer y me paga la hipoteca, para seguir soñando que soy otro, un cuerpo malgastado por el tiempo, por la rutina, que se sigue desvistiendo para ser un día leído por unos cuantos ajenos a mi entorno. Perdí el rubor a los once años y no lo he vuelto a recuperar. Tal vez me lo robó ella una noche de lujuria a las que me acostumbró en mi adolescencia ¿Quieres que me desnude para ti? Tampoco estoy tan mal: un metro setenta, curva de la felicidad, mis canas de cuarentón, mis ojos color marrón… Y eso de contar… Mejor, tómate antes una aspirina… O abre sus “Diarios” mientras imaginas su cuerpo desnudo junto al tuyo… Después me contarás la experiencia.

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FABULA DE JAMES Y SILVESTRE http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/09/12/fabula-james-y-silvestre 2007-09-12T10:12:44+00:00

FÁBULA DE JAMES Y SILVESTRE

A Boris Vian

James y yo recogimos nuestras escasas pertenencias y abandonamos a aquellos miserables, que después de cinco años, habían llegado al extremo de no cambiarnos ni la tierra… Abandonamos la casa sin despedirnos, después de haber robado de la bodega una botella de armagnac, de reserva por supuesto… Deambulamos por el barrio al menos una semana, alimentándonos con los restos de las basuras amontonadas por las esquinas, quitándonos el frío mediante buenos lingotazos de alcohol bebidos a morro… En nuestra búsqueda puertas y ventanas siempre cerradas, afeminados colegas con sus peinados de peluquería que nos miraban con desconfianza, algunos escobazos que nos echaban de soportales en los que intentábamos cobijarnos de la gélida noche… Una mañana, James, me mostró el camino de un refugio que había descubierto en su última noche de insomnio… Parecía un inmueble abandonado, con restos de un pasado notable, lejano en el tiempo, por el polvo acumulado sobre el mobiliario. De una oscuridad aterradora, de unas dimensiones casi imposibles para albergar unos enseres que parecían haberse consumido para adaptarse al espacio… Sin restos de vida humana, al menos recientemente… Sobre el suelo de la cocina, los restos de un roedor moribundo, a cuyo lado dos diminutas muletas, con las que probablemente se desplazaría sin dificultad por aquel cuchitril… Entre prepararnos una suculenta cena o buscar compañía, James y yo decidimos reanimarlo de alguna forma: a base de un asexuado boca a boca, continuando con unos buenos tragos de nuestra botella… Lo conseguimos sin duda,.. Desde entonces nos acompaña, mientras nos relata un pasado de lujos, de abundancia, de veladas literarias, de espuma de los días… Sin olvidarse de procurarnos la comida como agradecimiento… Ahora la casa incluso parece más amplia… La luz del sol vuelve a entrar por sus amplios ventanales…

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Encuentro http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/07/09/encuentro 2007-07-09T14:50:28+00:00
Me gusta perderme...
Explorar las líneas tan bien definidas...
Posarme, acariciar tu frondosidad con mis dedos...
Saborear tu suavidad silvestre con mis labios...
Escalar tus voluptuosidades hasta los vértices...
Quedarme, ahí tumbado, para respirar tu remanso de paz...
Oír tu derredor que no existe,
El olvido del pasado arrojado a los recuerdos borrados de una vez...
Apoyar mi cabeza sobre ti, tus palpitaciones, tus movimientos inaudibles,
tu gemidos, tus encuentros y desencuentros,
tu piel como alfombra verde que cubre mi sendero,
el tuyo que me conduce imperceptiblemente, sobre la paz
del mundo, en busca de tus excavidades de lava
hasta tu seno más profundo e insoslayable,
hasta tí misma, hasta mí mismo, que me encuentro...
Me quedo y permanezco así, atado, adosado a tu cuerpo.

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FLOR DE OTOÑO... Relato publicado en el libro "Instantes Magicos" http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/06/26/flor-otono-relato-publicado-el-libro-instantes-magicos 2007-06-26T08:59:55+00:00
Esta historia esta adaptada a un guión de cortometraje que me gustaría un día poder rodar...

Estaba, aquella noche de lluvia y frío, sentada en mi sofá favorito, mientras la pobre mamá digería su cuenco de palomitas preparada para el último capítulo de la telenovela china "Flor de otoño", devorando las páginas de aquel best-seller que colapsó medio mundo. Y recordaba y recuerdo aún a aquel imbécil con el que compartí mi vida tantos años. Recuerdo aún sus llantos y sus plegarias, no me abandones, no me dejes. Recuerdo aún sus torturas mentales cuando intentó tantas veces acercarse de nuevo a mí, hasta que un día ¡puf! se desvaneció para siempre. Seguramente que ahora, desde allá abajo, desde las capas más bajas del infierno, estará diciéndome, me alegro de haber muerto por ti princesa. Pero gracias a dios, se esfumó para siempre de nuestras vidas. De la mía y de la de aquellos que le soportaban día a día. Gracias a mí me lo quité de en medio y le mandé donde quería. ¡Sólo me quedaba tener que soportarlo también aquí arriba!

Lo cierto es que Boris, una noche de invierno, mientras regresaba a su casa por las callejuelas del centro de la ciudad, se imaginó que apostado en la esquina de una estrecha calle, había alguien. Pero no se imaginó una sombra desdibujada cualquiera, no, concibió a aquella figura con todos sus detalles: metro setenta y ocho, unos setenta y cinco kilos, moreno, nariz aguileña, con vestimenta un poco estrefalaria, de esas que siempre criticaba mi madre de una manera tan grotesca, hija mía mira que tío más dejao, mira que cambiar a Boris por ese tipo. Pero mi madre es una vieja que siempre andaba con la cabeza en otra parte. Una clásica de esas que casi todo lo valoran por el porte y, claro, Boris, por tener, si es que tenía algo, era buen porte, hija mía con lo buen chico que parecía y siempre con su trajecito y su corbata a la última. ¿A la última de cuando, mamá, de los cuarenta? Pero mi madre no es la protagonista de esta historia, así que dejémosla descansar en paz, que a ella sí que dios la tiene que aguartar cerquita. Sí, Cristina, tú lo has dicho, pero tampoco había motivos para enviarle al purgatorio, mucho menos, al infierno. Pues como iba relatando, aquella noche de invierno, mientras Boris regresaba a su casa por las callejuelas del centro, ideó que allí estaba Paco, esperándole con no sé que malsana intención. Y claro, tenía que llover y hacer frío, y las calles tenían que estar desiertas. Al pasar junto a Paco, a quien en un principio no llegó a reconocer, al menos por su nombre, aunque sí por su descripción física, imaginó que le insultaba una y otra vez: "¡Cabrón! ¡Cabrón, olvídate de Cristina! ¡Mal nacido!". Creo que se acojonó, porque no le echó ninguna cuenta. Le miró de soslayo, un poco, como sin darle demasiada importancia, y siguió su camino, eso sí, aligerando un poco la marcha, por si acaso. Me lo imagino a él, relatando el suceso, como diciendo qué iba a hacer, si tenía cara de loco, un tio cuerdo no está a esas horas allí, bajo la lluvia, esperando que otro paso por su lado y comience a insultarlo. ¡Iluso! Así que continuó su camino y empezó a sentir cerca de sí el aliento de alguien que le perseguía a corta distancia. Hija mía, el chaval siempre fue un cagón, qué le vamos a hacer. Tan cerca le pareció que incluso su aliento le penetraba en su nuca, escuchando las mismas palabras que instantes antes le profería apostado en la esquina: "¡Cabrón! ¡Cabrón, olvídate de Cristina! ¡Mal nacido!". ¡Qué tendré que ver yo en toda esta historia! Salvo contarla, porque me hace gracia, y me imagino al desgraciado, tanto que puedo ser capaz de dar todo tipo de detalles, como si visionara una película o leyera una novela, como si ésta no fuera más que el relato de mi vida, que es la de todo el mundo a la vez. Pero conociendo a Boris como le conocía, tan peliculero como era, cualquier cosa pudo pasar aquella noche en la que yo, continuaba mi lectura de una novela de intriga, sí de esas en las que un tío apostado en una esquina esperaba a otro para perseguirle e insultarle e insuflarle toda su fetidez de aliento en el cogote, mientras llovía y llovía y no paraba de llover. Y hacía frío, claro. Allá, colgada en la pared, una foto en la que, hace tiempo, Paco, Boris, yo y no sé cuantas personas más éramos inmortalizados en nuestra última noche juntos. Boris ¡pobrecito mío! empezó a caminar más deprisa, a resoplar incluso, como diciéndome, ¡Cristina, sálvame por tu madre! Pero mamá, que era medio sorda y no se enteraba de nada mientras se tragaba el último capítulo de "Flor de otoño" no respondía a sus lamentos. Y yo, a lo mío, con la persecución de mi novela. Boris, volvió la cabeza para intentar convencerse de su ilusión, como queriendo que aquel tal Paco se hubiera aburrido y hubiera girado por alguna otra calle, hubiera desistido de su acoso. Pero no, era como una especie de acordeón, en el que por unos momentos parecía más lejos, por otro más cerca. A no más de cincuenta metros, tanto que hasta lograría reconocer en aquel rostro a alguien conocido, sí, quién será que me resulta tan familiar. Hasta pensaría en frenarse de golpe y preguntarle, oye yo a ti te conozco de algo. Pero hija mía, tu Boris siempre fue un cagón, pobrecillo, deja a los muertos en paz. Sí, mamá, tu también lo estás. Déjame contar que pierdo el hilo. Pero en vez de pararse y preguntarle, oye yo a ti te conozco de algo, tu eres fulanito de tal, aceleró el ritmo, seguro que ensimismado en uno de sus dobles pensamientos de toda la vida, estoy cagado de miedo y quién sera ese tipo que me resulta tan familiar. Pero allí seguía toda aquella farsa. Paco detrás de Boris, a pocos metros. Boris delante de Paco, a pocos metros también, desafortunadamente para él. Hasta se pudo imaginar que podía cerrar el paraguas, utilizarlo como instrumento de defensa en un momento determinado si se daba el caso. Cristina, hija mía, que no escucho bien la tele, y me pierdo todas las palabras de "Flor de invierno". Mamá, si estás muerta, para qué te interesa ahora saber de qué hablarán en "Flor de invierno". No se entera de nada la pobre. Pero jamás tuvo cojones para afrontar su vida, menos las dificultades de la pareja, mucho menos ahora que veía o creía ver su vida en peligro. Giraron a la izquierda, después a la derecha. Las calles permanecían vacías. Las diez de la noche en el reloj cucú del salón comedor. Llovía. Hacía frío. La mayor parte de la gente encerrada en casa saboreando el último capítulo de "Flor de otoño", mientras la otra mitad, devoraba con intensidad y emoción las últimas páginas de ese best-seller de intriga de moda, sí ese que os he contado al principio, de esos en los que un tío apostado en una esquina esperaba a otro para perseguirle e insultarle e insuflarle toda su fetidez de aliento en el cogote, mientras llovía y llovía y no paraba de llover, y hacía frío. Mientras, allá, colgada de la pared, una foto en la que, hace tiempo, Paco, Boris, yo y no sé cuantas personas más éramos inmortalizados en nuestra última noche juntos. Me río sólo de sentir sus palabras novelescas de aquel momento, cada vez era noche más cerrada, cada vez la calle estaba más solitaria, como introduciéndome en la boca de una bestia que me atraparía con sus enormes zarpas para devorarme en unos segundos tan sólo. Y seguía girando a izquierda y derecha por las callejuelas del centro de la ciudad de regreso a casa, la que, posiblemente debería estar cada vez más cerca, aunque el camino que me acercaba a ella todos los días a la misma hora, me resultaba hoy más interminable que nunca. Pero tan cerca le sentía que, en un momento determinado, creí que sus manos peludas, frías y rugosas, se aferraban de tal forma a mi cuello que pensé, este es el fin, devorado y englutido por la bestia. Cómo si no le hubiera conocido lo suficiente. Si además era lector empedernido de toda esa basura de intrigas y thriller psicológicos. Pobrecito, Cristina, no te metas más con él. Pero ahí seguía, corre que te corre, empapado de lluvia y de acojone, incapaz de ser un héroe, aunque fuese sólo de ficción y por una noche, y pararse para ensartar a aquel hijo de puta de Paco con la punta del paragua, como si fuese un pinchito moruno, para dejarle allí tendido, presto a ser devorado por los camiones de basura que, pocas horas más tarde, limpiarían la ciudad de todas las inmundicias del pasado más reciente. No, el seguía corriendo, con el rostro descompuesto. Incluso el vientre. Para qué negarlo. Implorando a su dios despertar de aquella pesadilla. Rogando que la pluma del escritor pusiese fin a aquella alucinación. Pidiéndome incluso, con lágrimas en los ojos que yo, Cristina Vazquez, cerrara de una puñetera vez aquel libro, para que sus sufrimientos dejaran de ser tales, entre otras cosas porque los personajes de ficción ideados para sufrir, dejan de hacerlo cuando nadie en el mundo abre la página donde la acción se desarrolla. Pero, a aquella hora de la noche, mientras mamá, como todas las mamás del mundo, en sus no sé cuantos idiomas posibles, derramaban cuanto llanto pudiera caberles en las bolsas de los ojos por culpa de aquella mierda de "Flor de Otoño", los hijos de todas las mamás del mundo, en sus no sé cuantos idiomas traducidos posibles, llegaban a la vez al final de aquella novela de intriga, sí de esas en las que un tío apostado en una esquina esperaba a otro para perseguirle e insultarle e insuflarle toda su fetidez de aliento en el cogote, mientras llovía y llovía y no paraba de llover, y hacía frío. Lo siento Boris, no tienes poder ninguno de convicción por mucho que me supliques desde la calle, ¡Cristina, por tu madre, sálvame! Deja a mamá tranquila, que está viendo "Flor de otoño", aunque no se entere de nada, aunque se vaya a morir mañana mismo. Y seguí escuchando el llanto de Boris, ¡Cristina, por tu madre, sálvame! y la respiración cada vez más entrecortada de Paco, ¡ah,ah,ah,ah! y los gritos de mamá, encorvada en su sofá de siempre, digeriendo aquel cuenco de palomitas. ¡Cristina, hija mía, que no me entero de nada! Mientras el frío era cada vez más intenso, la lluvia más persistente y el pánico de Boris, mi ex, cada vez más patente. Sobre todo cuando, en un momento determinado, entrando en la misma esquina de su calle, viendo algo de luz en su transtornado corazón, resbaló con sus suelas de goma contra el adoquinado de la calle, hasta quedar allí, tumbado, clavado contra el suelo como los disparados a bocajarro por la espalda, con el paraguas a un lado, destrozado por el impacto de la caída, seguro que intentando levantar algo la cabeza al cielo de la noche lluviosa de invierno, implorando a su dios, ya que yo no le echaba ninguna cuenta, ¡dios mío apiádate de mí!, o simplemente, diciéndole a su perseguidor, anda Paco, mátame de una puta vez. Pero no, ni imploró a dios nada, ni siquiera me llamó de nuevo, ni tampoco se dio por vencido ante aquel tenaz hostigador. Consiguió ponerse en pie de nuevo, abandonar allí su única arma posible, que hasta entonces no le había servido para nada, y continuar de nuevo a pesar de la sangre que le brotaba de su nariz, a pesar de sentir el cuerpo dolorido, sobre todo en las rodillas, a pesar de llevar agujereado el pantalón de pana que siempre utilizaba. Cristina, eso tiene arreglo, no te preocupes, yo mismo se lo coseré como tantas veces lo he hecho. Pero Boris demostró el pavor del que se sentía invadido para seguir corriendo, a pesar de que la angustia me devoraba y el corazón se me salía por la boca. Pensaría incluso, como si lo estuviera leyendo en las páginas últimas de este libro, morir en el portal de mi propia casa, estrangulado, acuchillado, disparado… por la espalda, a manos de un loco que no cesaba de gritar una y otra vez los mismos insultos: "¡Cabrón! ¡Cabrón, olvídate de Cristina! ¡Mal nacido!". Pero le dio tiempo a sacar las llaves del bolsillo, afortunadamente no se les habían caido durante la caída. Tampoco iba a tener tan mala suerte el pobre. Mamá, aunque no te enteres de nada, tú a lo tuyo. Consiguió incluso atinar con la cerradura, para abrir la puerta después y cerrarla tras de sí. Detrás del cristal de aquella puerta, la sombra reflejada de Paco, al que aún no había reconocido por su nombre, al otro lado. Allí se quedó un instante, como queriendo aguantar la puerta, como queriendo escuchar por última vez aquella voz conocida que le perseguía desde hacía rato por las callejuelas del centro de la ciudad y como se iba perdiendo poco a poco "¡Cccccaaaaabbbbrrón…………..!" Millones de personas, en cientos de idiomas posibles, se comían las uñas de la emoción de no poder parar aquel relato de intriga, mientras sus mamás, lloraban amargamente ante la tele al ver que Boris, el novio de toda la vida de Cristina, era abandonado por ésta por un tal Paco, en la telenovela china de moda en todas las televisiones del mundo: "Flor de otoño". Y Boris subió a casa, sin parar de pensar en aquel rostro tan conocido, en aquella voz tantas veces escuchada con anterioridad, al menos una noche de hace meses, una noche cualquiera de copas. Y allí, donde estaban todas las fotos en todos los salones del mundo, una, en la que, hace tiempo, Paco, Boris, yo y no sé cuantas personas más éramos inmortalizados en nuestra última noche juntos. Delante de Boris, él mismo, su ex Cristina y aquel hijo de puta de nariz aguileña que le había robado a su novia. De repente pegué un bote del asiento, sólo faltaba una página, la última, como la última en todas las casas del mundo donde millones de hijos de mamás sordas que contemplaban el final del último capitulo de "Flor de otoño" lloraban amargamente y agotaban aquel cuenco gigantesco de palomitas. Un grito, en el primero, en el segundo, en el tercer piso. Yo vivía en el cuarto y último. El mismo que pegué yo. De la foto había desaparecido Paco. Paco, que había saltado sobre el cuerpo agotado de Boris tras la persecución. Por la espalda. Tras descubrir que aquél que le había acosado horas antes se escondía tras aquel nombre, tras aquel físico, dentro de aquel cuadro, de aquella noche en la que yo le dije a Boris, ahí te quedas, nunca te quise y a Paco le quiero un poquitín, fue una mierda mientras duró, pero me aproveché de ti. Hija mía, mira que eres dura con el pobre de Boris, sobre todo ahora que necesita todas sus fuerzas para defenderse de Paco. Me callé, seguí leyendo, pocas lineas hasta el final, apenas quince. Segundos para que todas las mamás del mundo sufrieran el mayor impacto de sus dolorosas vidas al descubrir que el final de "Flor de otoño" acababa en tragedia. ¡No puede ser! Apenas tuvo tiempo Boris de reaccionar cuando la nariz aguileña le había clavado un cuchillo en el cuello, desplomándose al instante. Al igual que de la foto, al igual que de la pantalla de la tele, al igual que del libro, manaba sangre por todas partes. Sólo una frase tuvo tiempo de decir aquel pobre desgraciado que me acompañó durante los últimos años, ¡qué hija de puta eres Cristina! Te has pasado yerno, que soy una santa, de hecho mañana mismo me muero y voy al cielo, seguro que tú no pasar del infierno. ¡Pobre mamá, que razón tenía!

Nada más terminar el libro, nada más deshacerme de mi novio definitivamente y de Paco, que terminaría seguramente una larga temporada a la sombra, mientras todos los hijos de todas las mamás sordas del mundo, que se preparaban una tila con valeriana para soportar una noche de derrota por el final desdichado de "Flor de otoño", cerrábamos nuestros libros y apagábamos todas las luces de todas las casas del mundo. Y la cantata 147 de J.S. Bach sonaba a modo de epílogo en el fondo de todos nuestros corazones. ¡Puta, vaya historia te has inventado a mi costa! ¡Lo siento Boris, cariño!

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sigo sin perderme http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/06/21/sigo-sin-perderme 2007-06-21T20:33:06+00:00

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Poema http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/06/12/poema 2007-06-12T16:21:57+00:00 El corazón es un niño:
espera lo que desea
(Proverbio ruso)


Siempre he tratado de ser una persona tranquila,

no es fácil, y

no sé porqué tardé tanto tiempo en ver la luz, por vez primera,

una noche, de un recién estrenado invierno,

del mismo año en que los Beatles triunfaron con “Yesterday”, pero…

ayer, yo, todavía carecía de existencia propia,

sólo el rugido de un vientre escuchaba,

de lo que iba rapiñando de aquí y de allá me alimentaba,

no tenía nada que ver, permanecía con los ojos cerrados por tanto, y

gritaba, porque no me apetecía salir, y

me movía, cambiando de postura, porque

me resultaba incómodo mantenerme impertérrito durante tanto tiempo, y

estaba solo, pero, no me aburría, no miraba, pero,

sí sentía… como circulaba su sangre a través de sus venas y

de sus arterias, como aquella cavidad, llamada estómago,

engullía más y más alimentos, sobre todo dulces, y,

digeridos, bajaban por aquel inmenso tubo blanquecino, llamado intestino,

para desaparecer después… era divertido… también,

aquel reloj perfecto, con un compás medido, tic-tac, tic-tac, que,

a veces, no me dejaba dormir, aunque nadie le diese cuerda, que,

no cesaba nunca… tic-tac, tic-tac… y,

yo, sin poder gritar: “¡por favor, intento descansar!”, y,

si me escucharon alguna vez, nunca llegaron a hacerme caso, porque,

a aquel reloj, al que jamás llegué a ver de cerca,

que no cejaba en su empeño… tic-tac, tic-tac… al final,

no tuve más remedio que acostumbrarme,

de la misma forma que tuve que hacerlo a los presuntos movimientos de mamá, y,

digo presuntos, porque yo sólo podía verla desde dentro, y…

no era lo mismo…

Parecía que, a veces, me sentía aplastado contra algo,

otras, contraído, empujado junto a algún órgano cercano, aunque,

jamás me llegué a sentir inseguro dentro de mi bolsa… de la que…

no me gustaba su color, tan enrojecido por los efectos de la sangre circulante…

así qué… sentí haber olvidado mis lápices de colores, para,

así, poder teñirla de tonos más alegres, menos cruentos…

sólo pude conseguirlo utilizando mi imaginación,

de la que nunca me quejé, y

que tanto me ayudó a sobrellevar aquellos casi diez meses de cautiverio, y…

no lo digo en el sentido negativo de la expresión, entiéndanme,

estaba encerrado, casi sin poder moverme,

sin ninguna capacidad para expresarme, ni para comunicarme con nadie,

mis sentidos funcionaban a la perfección, no cabía duda, pero,

no era libre, y,

es una pena no disponer de autonomía propia,

si no es por un motivo, es por otro,

por eso decía lo del cautiverio… pero, protegido,

como un marqués, al que todo se lo ponen por delante,

sin necesidad de trabajar para atiborrarse de comida,

ni de tener que dar explicaciones a nadie por sus actos…

Ser libre…

aunque sólo fuese en el reducido espacio de mi bolsa sanguinolenta…

era una pena no disponer de una televisión,

para ocupar todo aquel tiempo, que transcurría con una lentitud agotadora,

pasmosa, enervante, aburrida, interminable…

marcado por ese tic-tac, tic-tac incansable… y

sin mi caja de lápices de colores,

con los que decorar mi bolsa ensangrentada

con dibujos inocentes, con manchas de mil y una tonalidades diferentes,

como las de aquellos antepasados nuestros en sus cuevas tan prehistóricas,

pero cambiando los rojos y los tierras, por

azules, amarillos, rosáceos, violáceos, verdosos…

yo… también querría dejar mi huella aquí dentro, o,

¿no lo hacen los presos, dibujando palitos, uno al lado de otro,

verticales, y

el quinto en diagonal, cruzando los otros cuatro,

hasta el término de su condena?...

Bueno, pensándolo bien, lo mío también es una condena,

aunque, ni haya cometido pecado, ni delito alguno…

otros muchos también la sufren,

como si fuera algo innato a la propia naturaleza humana,

aunque, yo no pueda verlos todavía…

sí sentirlos, igual que siento el llanto de mamá, y

lo padezco, y

también lo sufro, y,

lo que es peor, no puedo hacer nada para evitarlo… si

es consustancial a los seres humanos…

¿qué puedo hacer yo, ser diminuto, para intentar remediarlo, si,

ni siquiera puedo impedir el mío?...

ni el pasado, ni el presente, ni el futuro…

porque, a nadie le pedí llegar hasta este extremo, donde ahora me encuentro,

es algo circunstancial, lo mismo estoy yo, que

podría estar otro ser diminuto…

Papá y mamá en una noche de deseo… ya saben, o

¿es que tengo que explicarlo todo?...

venga, veamos, resulta que:

papá metió su aparatito dentro de mamá y… ¡zas!

lo echó todo dentro,

como otras veces lo ha hecho, el muy guarro,

aún estando yo ya dentro,

su sabor es salado, pegajoso… asqueroso, podéis creerme,

que lo he sufrido más de una vez, sin poder

volver la cara siquiera, para evitar su contacto conmigo… Pues,

así tuvo que ser, allá por los comienzos de la primavera, o,

todavía, a finales de aquel invierno, pero siempre,

dentro del mismo año en que los Beatles triunfaron con “Yesterday”, pero,

por aquel entonces, yo, carecía de existencia, e

intento recordar donde podía encontrarme antes, pero,

no hay manera… con lo joven que soy, y

con estos fallos de memoria…

¿Qué será de mí cuando empiece a cumplir años?

¡Qué cruel puede llegar a ser la vida con todos nosotros!

Desde el principio, porque, mientras vas vagando en la inexistencia

más absoluta… ¡joder, que no lo recuerdo!...

sin otra ocupación que no sea la de huir,

salir corriendo, a toda velocidad,

con el único objetivo, de no ser alcanzado nunca

por el látigo de dos desconocidos, empeñados en tener descendencia, o,

simplemente, en no tenerla, sólo con idea de pasar un rato entretenidos, que,

sin precauciones, de ningún tipo, puede acarrear estas consecuencias,

para ellos, y

para mí también,

para mí, peores aún, porque,

tener que terminar en el vientre de una mamá que no desea lo que lleva dentro,

o sea, yo,

u otro como yo, y

de un papá que no para de clamar:

“¡¿Por qué no te tomaste la píldora?!

¡¿No me dijiste que no pasaba nada?!

¡¿Y tú porqué lo echaste dentro?!

¡Porque tú me lo pediste!

¡¿Qué yo te lo pedí?! ¡Serás cabronazo!”... Y,

así un día y otro y otro y otro… y

un semana y otra y otra y otra… y

un mes y otro y otro y otro…

Por no hablar de la otra opción posible:

la de terminar destrozado en el cubo de basura de cualquier hospital…

sin futuro… Y,

sí, es verdad, aseguro que yo fui cazado aquella noche,

que los espermatozoides de papá acertaron de pleno… y,

me tocó a mí, a pesar de mis resistencias… y,

aquí estoy, esperando, como un marqués,

desde hace… ¿a ver?... creo que nueve meses ya…

sí, nueve… y

sin televisión, con la de programas que habrán puesto durante todo este tiempo… y,

yo, sin enterarme de nada… y

sin mi caja de lápices de colores,

con los que poder colorear estas paredes de un rojo tan sanguino… y

ese dichoso reloj, que no me deja dormir la siesta…

tic-tac, tic-tac… y,

me pregunto muchas cosas en estos momentos,

cuando estoy a punto de deshacerme de mi ansiado encierro…

¿Naceré en una ciudad bonita?

¿Cómo serás los demás?

¿Serán como yo?

¿Qué idioma hablarán?

¿Y mis padres?

Me tendré que parecer a ellos…

si no me queda más remedio, claro…

Si no estuviera aquí metido,

si tuviera un mínimo de libertad y

pudiera salir un momento, sí,

tan sólo un instante, por favor, y,

así, poder decidir, por mí mismo,

cómo quiero que sean mis futuros padres… venga, sólo este favor…

que no, que no es posible… que

¿cómo puedo elegir a mis propios padres?...

¿qué me tengo que parecer a ellos por narices? ¿y

si no me gustan como son,

tengo que salir a ellos?...

A mí no me hace ninguna gracia,

así que, no sé, a qué vienen tantas risas… y,

¿vosotros los habéis elegidos?...

Tampoco… Y,

¿si son feos?... yo también lo seré… y

¿si son blancos?... yo también lo seré… y

¿si son tontos?... yo también lo seré…

aunque esto último, me dicen, que podría mejorarlo,

bueno, al menos es un consuelo,

algo es algo… pero, no me convence… y

¿si me arrepiento de salir en el último momento?...

¿que tampoco puedo?...

menos mal que vivo como un marqués… que si no… Y

¿podría ser como un pez?

¿No? ¿Por qué?

¡Ah! Que ya he desarrollado forma humana…

es verdad, tengo brazos y manos y

piernas y carezco de aletas y

de escamas y de cola… Y

¿si quiero ser mujer?

¿Cómo?

¿Que tendré que hacerme mayor para cambiar de sexo?

¿Que mire entre mis piernas?

Vale, vale… seré chico… Y

¿si quiero nacer en el continente africano?

¿Qué?

¿Que mire el color de mi piel?

¿Existe alguna raza con piel rojiza?

¡Ah! Que cuando nazca me lavarán y

me daré cuenta que el color de mi piel es blanco…

¿Podría cambiarla?

¿Tampoco?

¿Que los intentos de cambiar el color de la piel enloquecen?

¡Qué más da!

Gracias al menos por permitirme una cosa:

me han asegurado que no naceré en cierto territorio,

sí, ese que se encuentra entre México y Canadá,

que no me preocupe,

que lo demás ya tendré oportunidad de conocerlo,

de aprenderlo, de hacerlo mío… y,

que lo que no puedo cambiar es lo heredado de mis padres,

lo demás, perfectamente modificable… pero nada más…

A esperar entonces. También dicen que me queda poco…

con lo bien que estoy aquí dentro, como un marqués,

el rey de los fetos, aunque suene maloliente… aunque,

pensándolo bien… tampoco huele a Chanel que digamos…

aunque carezca de televisión, y

de mi caja de lápices de colores, con los que poder pintar

un amplio universo rosado, plagado de estrellas anaranjadas,

aunque el maldito tic-tac, tic-tac, me ponga de los nervios…

Ahora, durmamos mientras haya tiempo para ello… y,

¡qué bonito es soñar!,

a pesar de los ronquidos insoportables de mamá:

tumbado en la arena de una inmensa playa desierta,

de aguas azuladas, en calma…

leyendo cuentos, acordes a mi edad, porque,

antes de crecer y

seguir creciendo, seré niño, y,

si me gusta, llegará un instante en mi vida que me diga:

“Hasta aquí, ya no quiero hacerme más mayor”.

Diez años, siempre con los libros de Roald Dahl entre mis manitas…

Pero, eso sí, prometo una cosa:

si me tengo que hacer adulto, porque no hay más remedio,

(me he dado cuenta que esto de la vida,

todo es por imposición, no por elección)…

mi mente seguirá siendo siempre infancia, fantasía, bebé…

aunque me siga haciendo pipí encima,

que más da, mejor llevar pañales, que

no armas entre las manos…

Un fuerte ruido me sobresalta, irrumpe mis sueños

de eterno bebé… y

gritos y más gritos y más gritos… y

empujones y más empujones y más empujones…

¡No, todavía no! ¡Déjenme dormir un rato más!

¡Estoy cansado! ¡Tengo sueño!

¡Más tarde, por favor!... Y

se suceden los gritos y los empujones… y

parece que no puede ser de otra forma… y

hace frío de repente y…

joder, que tío más feo me está mirando tan fijamente… y

lloro, porque, el llanto es el único consuelo que me queda, al parecer.

SOREL

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He vuelto http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/06/06/he-vuelto 2007-06-06T18:42:33+00:00


Alternare mis textos con las mejores imagenes que vaya encontrando por este mundo informatico... Os invito a colaborar... Quisiera un dia conoceros a todos... Tomarnos mil copas juntos y disfrutar de algo que nunca hacemos: hablar mirándonos a las caras... Un beso

Tercera noche de los sueños

No eran ni las tres de la madrugada cuando me desperté achantado, acobardado, acoquinado, alarmado, alterado, amedrentado, amilanado, arredrado, asustado, atemorizado, aterrado, aterrorizado, azarado, encogido, espantado, espeluznado, estremecido, horripilado, horrorizado, intimidado, sobresaltado (así por orden alfabético). Alrededor de mi cuerpo desnudo, un inmenso charco lo inundaba todo, como consecuencia, sin duda, de un nuevo sueño, encadenado a los sufridos en noches anteriores. Salté de la cama, como con miedo a ser descubierto, hice un hatillo con las sábanas, y las arrojé al barreño de la ropa sucia, para, a continuación, meterme bajo la ducha, donde el agua fría salpicada durante diez minutos, tal vez contribuiría a borrar las huellas pegajosas de mi piel, suavizando, de esa forma, las respuestas instintivas de mi cuerpo a las imágenes vertidas por el tercer sueño. Después, saliendo del baño envuelto con una inmensa toalla de color azul marino, me arrojé destrozado en el sofá del salón, encendiendo un cigarrillo tras otro, y dando cuenta de los restos de varias botellas de wisky esparcidas por toda la cocina, sin dejar de recrear en ningún momento, por supuesto, todas aquellas imágenes proyectadas en mi mente, intentando poner en pie todo un puzzle de circunstancias inentendibles, al menos de forma encadenada… Y siempre en el más estricto de los silencios posibles… Como no queriendo llamar la atención (6).

Era noche cerrada. Parecía invierno, aunque ni llovía, ni la sensación era de una temperatura extremadamente baja. Por eso, sólo lo parecía. Tampoco por los atuendos inapreciables de la gente, que volvía a casa del trabajo o de los institutos o de los bares o de las compras o del paseo o de cualquier otra parte donde la concurrencia va o puede ir, de donde viene o puede venir. Tumulto en movimiento del que no se distinguía ni siquiera sus rostros. Sólo el regreso de seres que se evaporan. Como las luces de los coches tomadas en una visión nocturna a través de una cámara. Flashes en continuo movimiento hasta su desaparición definitiva. Para dejar paso, instantes después, a luces fijas, encendidas unas detrás de otras, trasladando la noche exterior al día interior, donde, alrededor de una mesa de camilla, se comparten los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos).

Intimidades ajenas a la soledad exterior, iluminada únicamente por las amarillentas luces de farolas distribuidas cada cincuenta metros…

Por los faros de los vehículos que se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa camilla de todas las noches… Total, si siempre es lo mismo: los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día, los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño” de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza...). Luces exteriores tenues, que invitan a la huida interior… Todos huyen, salen corriendo, en busca de calor humano… Sonidos silenciosos, sólo decapitados por el estruendo de los motores de los vehículos, que como ya hemos dicho, se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa de camilla de todas las noches. Ni siquiera el crujir de los cierres metálicos de los comercios, mudos hasta la jornada siguiente. Ni el golpear de los nudillos de unas manos desconocidas al portalón de entrada a un inmueble. Ni el aleteo de murciélagos cegatos golpeando sus cuerpos contra ventanas cerradas a cal y canto. Ni los tacones desgastados sobre el empedrado de la calle en el deambular cansino de las prostitutas, que a esa hora comienzan su jornada laboral. Ni el maullido de un gato muerto de hambre y de frío a aquellas horas de la noche. Ni la eclosión del viento susurrando en el desierto urbano, ni de la lluvia, ni de los truenos… Porque aquella noche ni llueve, ni truena, ni ventea, sólo un cielo azul turbulento y enlutado, que deja asomar algunas estrellas perdidas, que no cesan de guiñar sus ojos en su afán de conquista… Pero las estrellas tampoco hacen ruido, al menos aparente. Nada que se le parezca. Paz, sosiego y calma exterior contrastada con interioridades desconocidas, a las que no tenemos acceso, porque no somos ellos, sino otros, como él, otro, en medio de aquel inmenso remanso desconocido.

Él, víctima de mi sueño, protagonista abandonado sobre aquella turba decapitada, como una pieza de ajedrez que desconoce las reglas del juego, de un vagabundo sin techo, instantes después de un toque de queda en tiempos de democracia, perdido, desorientado, dejado de la mano de un Dios que ni siquiera aparece en los sueños… Que no era yo… Que no me veo en mi propio sueño… Que no me identifico con su rostro imperceptible, ni con sus movimientos ridículos… Que tal vez sea yo que no quiero reconocerme… Juzguen ustedes… Allí, en aquel punto de la calle que le era completamente desconocida hasta entonces. Allí, en aquel punto de la calle donde él era un desconocido completamente para los presentes de antes y los ausentes de ahora. Allí, donde ni siquiera nuestro desconocido sabía lo que hacía. Como si subido a un avión hubiese sido arrojado en paracaídas en un punto determinado al azar. Siendo éste el culpable de que él, nuestro desconocido para ellos y para nosotros (carecía de rostro, no ya desdibujado, sino sin él, como decapitado de materia corpórea, como la mayor parte de todos los rostros de todos los sueños, aunque imaginemos que nuestros personajes sean seres reales que conocemos, sin identificarlos claramente, son ellos, los percibimos, los sentimos, los padecemos, nos hacen llorar o reír, mueren, viven o están simplemente).

En ese punto determinado de aterrizaje forzoso decidió tirar en una dirección determinada. Tanto a su izquierda como a su derecha se perdía la misma calle interminable. A su derecha en un horizonte más luminoso, más contemporáneo… A su izquierda, todo lo contrario, como adentrándose en el corazón de una ciudad, donde la luz se hacía más opaca a su paso, los edificios más en desuso por efecto de la antigüedad... Pero, sin duda, pensó sobre la marcha, que el camino de la derecha lo alejaba del centro de la supuesta ciudad en la que se encontraba, mientras, el camino de la izquierda, lo acercaba a algún lugar determinado en el que debía cumplir una misión. ¿Estaba allí para una misión? Yo que sé. Estaba. Apareció de repente. Andar por andar desorientado, ¿Buscar algo? Tampoco lo sé. Algo tendría que hacer, porque tampoco era consciente el pobre de que era víctima de un sueño de un desconocido o conocido, que para el caso era lo mismo, como ente onírico que era. También podría esperar allí sin moverse el momento del despertar, para desaparecer definitivamente en los limbos de los sueños evaporados. Pero no, puesto que no era consciente de lo que era, sólo de que estaba allí, sólo de que algo debía de hacer… Y lo hizo. Y tomó la dirección de la izquierda. La de las callejuelas más estrechas, más abandonadas si cabe, más silenciosas aún, más oscuras todavía… Ni siquiera mendigos vomitando el último trago de vino barato, o delincuentes afilando su navaja, o guardianes de la ley despertando mendigos vomitando su último trago de vino barato o espantando delincuentes que afilaban su navaja… Nada de nada… Nadie de nadie… Ni siquiera sus pensamientos que no tenía, ni una conciencia determinada, como seres que ni sienten ni padecen, que están pero que no son, como una piedra abandonada a su suerte en medio de un camino que conduce a su desgaste definitivo en arenilla, que un día será barrida y arrojada al cubo de la basura, esparcida por un incesante vendaval…

Nuestra piedra caminaba…

De repente, en un momento determinado del sueño, un vacío mental. Como un despertar que no es tal. Como una escena de una película cortada. Sin llegar a entender la secuencia. Como si nos faltara algún detalle que se nos ha perdido por el camino. Un hueco. Un abismo en negro absoluto. Como un soñador víctima de un fallecimiento repentino… Consecuencia: deja de soñar, el sueño desaparece, el personaje del sueño también… no despierta, está muerto.

Son vacíos mentales que también les ocurren a los vivos… A los que no sueñan… A los que permanecen despiertos eternamente…Que en la fantasía provoca una sucesión de imágenes inconexas, que en su conjunto tienen un sentido, pero que en el paso de unas a otras, carecen de sentido… Y la muerte es negra, al igual que los sueños, al igual que la noche, al igual que la oscuridad de los ojos cerrados. Como aburrido de seguir soñando lo que estaba soñando, planea un salto de momentos determinados, de laberintos sin salida que no conducen ni a un abismo ni a ninguna parte, haciendo reaparecer al personaje, la piedra, él, segundos después en un entorno menos solitario y abandonado, aunque igual de desconocido que el anterior. Pero algo es algo.

Podría imaginarme que él, la piedra, ha encontrado una salida… No lo sé… Lo único cierto es, que de repente, le veo reaparecer de nuevo, que continúa caminando, ahora en línea recta, que han desaparecido los recovecos de las oscuridades… Un inmenso pasillo destartalado se abre ahora ante su vista. Entendiendo por un pasillo, una especie de sendero abierto en medio de una planicie, iluminada por farolas que desprenden luces amarillentas… Sigue siendo de noche… No ha cambiado para nada la ubicación temporal… No se aprecian construcciones de ningún tipo, ni altos edificios, ni casas de vecinos, ni naves industriales o comerciales… Ninguna construcción… Sólo esa explanada abandonada, de suelo albero, con un camino por el que nuestro personaje continúa vagando, no sé si con paso firme, pero al menos recto, en dirección única… Como la vida misma… Como la propia soledad, que también sigue siendo manifiesta… Nadie… Nada que resaltar tampoco… Él… La piedra abandonada… Sí puedo recordar algo concreto… Que nuestro personaje caminaba de espaldas al sueño… Como situando, justo por detrás, una cámara desde la que le están filmando… Desde la que se observa por el objetivo un hombre que camina hacia delante a través de un camino de albero abierto en una inmensa explanada abandonada, sin vestigios de construcciones ni de vida cercana… Sólo soledades temporales de una persona, de la que no distinguimos apariencia alguna, tal vez su edad, haciendo un notable esfuerzo por recuperar información del disco duro de la memoria… Podría hasta asegurar que se trata de un chico joven… Que no ha alcanzado todavía los cuarenta, ni siquiera los treinta y cinco… No sé porque puedo imaginarme esto... Pero lo hago… Podría improvisar un cierto paralelismo con un diario de la existencia temporal… Senderos abiertos en medio de inmensidades anónimas, disfrazadas, escondidas, extrañas, ignoradas, irreconocibles, foráneas, forasteras, mudadas, ocultas y firmes, fuertes, inconquistables, inexpugnables, inquebrantables, insuperables, invencibles, sólidas y tenaces en su anonimato, en su disfraz, en su escondite, en su extrañeza, en su ignorancia, en su irreconocibilidad, en su foraneidad, en su extranjería , en su mudanza, en su ocultación… Sobre ellos nosotros… En un ejercicio de total aburrimiento, como el sueño… Aunque es preferible que nunca pase nada antes que estén siempre ocurriendo, porque habitualmente las cosas que ocurren no siempre son deseables… Pero en el sueño tampoco pasa nada. La consecuencia de este tedio no puede ser otra que

1. Nadie leerá esto nunca… y quien se atreva a leer la primera página y alcance al menos la seis, cerrará el libro, lo abandonará definitivamente, lo regalará a su peor enemigo, lo quemará hasta hacerlo desaparecer del todo evitando que caiga en manos de cualquier inocente curioso que sienta la tentación de abrirlo… incluso de intentar leerlo…

2. Nuestro soñador es un tipo de lo más aburrido… Siempre soñamos situaciones que nos llaman la atención… Hechos reales que revivimos con la pasión del descanso, que nos llega incluso a alterar, a convertirse en pesadilla… Nuestra mente genera sueños donde seres queridos se mueren de repente, entonces imaginamos nuestro dolor ante el cuerpo inerte de nuestra madre, de nuestro padre, de nuestro hermano, de nuestra hijo, de nuestra mujer o marido o amante o amigo… Donde caemos en la ruina más tremebunda y somos desposeídos de nuestras posesiones hasta ayer hipotecadas, para terminar deambulando, con una mano delante y otra detrás, en busca de caridad, cobijo, trabajo… Donde conquistamos a la chica de nuestros sueños, que en la vida diaria se nos aleja, se nos hace inalcanzable, pero que en los sueños somos capaces de acercarnos a ella, de hablarle, de recitarle una palabra bonita al oído, de verla sonreír, de meterle mano entre los muslos, hasta imaginamos que ella se ríe y se deja hacer… Pero no, nuestro soñador no sueña nada atrevido o aventurero, con alguna acción posible… Un tío desconocido que se pierde en una ciudad desconocida en una noche solitaria. Novela de inacción-repetición.

Sin saber quién era concretamente, qué hacía allí, por qué estaba en ese lugar preciso y no en otro, hacía donde se dirigía, con qué fin u objetivo… La única evidencia es su existencia y estancia, que delante de sí se abría un horizonte completamente despejado…

En un momento dado, una sorpresa fulminante, imprevista, inesperada, insospechada, rápida, repentina, súbita… En esa inmensa y desolada explanada de albero, se observa, por el lado derecho de nuestra visión, la barra de un bar. Como dejada caer desde ninguna parte para ocupar aquel espacio, como una alucinación ocultada hasta entonces por una espesa niebla, que desaparece por arte de magia mostrando aquel nuevo espacio, que en ningún momento anterior, se había avistado en el acercamiento paulatino de nuestra cámara… No un local cerrado, sino un bar sin paredes, ni puertas, ni cristaleras a la calle… No sé que influencia podría tener la película “Dogville”, que había visto hacía unos días, sobre aquella imagen difuminada en mi mente y que ahora se proyectaba con tantas nitidez en mi sueño… Lo cierto es, que tampoco aquello era una calle considerada como tal, si bien tampoco aparecían los nombres escritos sobre la calzadas, ni siquiera había separaciones entre interiores y exteriores… Sólo una barra de madera desgastada y oscurecida, que separaba de un lado, taburetes, donde algunos culos reposaban a aquellas horas tomando algo, acodados sobre la barra, siempre de espaldas a la cámara, mostrando perfiles humanos diluidos, de otro lado, un mostrador, tras el que un camarero iba y venía atendiendo las necesidades de sus clientes… Máquina de café a pleno rendimiento, tostadas y bollería diversa, como si aún siendo noche cerrada, que lo era al menos en el color del cielo, estuviera amaneciendo, y aquellas criaturas desdibujadas estuviesen desayunando. También sobresalía en la decoración de aquel destartalado bar, estilo taberna americana, de esas que salían en las películas de John Wayne, tres o cuatro pilares, que parecían de madera, y que sostenían un supuesto techo invisible… Cinco o seis estantes colgados en la pared, alojando botellas de licores diferentes… Nada más… Imagen ésta que puede generar mil dudas.. Qué hacía allí aquella taberna destartalada, en medio de aquel escampado solitario… De dónde habían salido aquellos supuestos clientes, apostados en la barra y tomando un desayuno a aquellas horas de la noche, aunque presumiblemente parecía estar rompiendo el día, si segundos antes de aquella nueva imagen… Nada… Nadie… Pero esto es un sueño… Los sueños, como dice la canción, sueños son… Para qué intentar buscarles explicación…

Tal vez le apeteciera a nuestro personaje un café caliente, algo que comer… Detenerse en aquel bar porque pudiese estar cansado… Y así lo hizo… Abandonando el trazado rectilíneo diseñado en el suelo y ocupando uno de los taburetes vacíos, mirando a uno y otro lado, a los supuestos rostros sin perfil definido de sus vecinos. Tan imprecisos, como los que vemos en aquellas entrevistas que pasan por televisión a los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado… Se sabe, que tras aquella indefinición, hay unos rostros que acarician, que adelgazan, que se agitan, que se alcoholizan, que aman, que andan, que anhelan, que arrojan, que arruinan, que asesinan, que asolan, que atacan, que beben, que berrean, que besan, que bostezan, que caen, que calumnian, que caminan, que cantan, que cautivan, que chillan, que chochean, que claman, que comen, que conciben, que conspiran, que construyen, que consuelan, que consumen, que corean, que corren, que corroen, que corrumpen, que cuentan, que desean, que deshacen, que desobedecen, que desolan, que desprotegen, que destripan, que destruyen, que disparan, que duermen, que encienden, que enemistan, que enferman, que engañan, que engordan, que envilecen, que escriben, que espían, que estudian, que follan, que ganan, que guerrean, que gobiernan, que gritan, que hablan, que hacen dinero de la nada o lo pierden como si nada, que parece que hacen mucho, que no hacen nada, que han sido enmudecidos, que hieren, que huelen, que imploran, que imponen, que incautan, que indagan, que insultan, que intentan levantarse, que lamen, que leen, que maltratan, que se manifiestan, que masturban, que merecen, que mueren, que se mueven, que nacen, que nadan, que necesitan, que obedecen, que observan, que odian, que operan, que pacifican o lo intentan, que padecen, que pelean, que pierden incluso la esperanza y todo lo que haya que perder, que pierden, que pintan, que pisotean, que protegen, que pueblan, que pueden, que queman, que quieren, que reconsideran, que reniegan, que resoplan, que respiran, que resuenan, que sanan, que sangran, que son acariciados, que son adelgazados, que son anhelados, que son arrojados, que son arruinados, que son asesinados, que son asolados, que son atacados, que son besados, que son calumniados, que son cautivados, que son comidos, que son concebidos, que son construidos, que son consolados, que son consumidos, que son coreados, que son corroídos, que son corrompidos, que son contados, que son deseados, que son deshechos, que son desobedecidos, que son desolados, que son desprotegidos, que son destripados, que son destruidos, que son disparados, que son dormidos, que son drogados, que son enemistados, que son enfermados, que son engañados, que son engordados, que son envilecidos, que son espiados, que son estudiados, que son follados, que son ganados, que son gobernados, que son gritados, que son hablados, que son heridos, que son implorados, que son impuestos, que son incautados, que son indagados, que son insultados, que intentan ser levantados, que son lamidos, que son leídos , que son maltratados, que son masturbados, que son merecidos, que son movidos, que son necesitados, que son obedecidos, que son observados, que son odiados, que son olidos, que son operados, que son pacificados o lo intentan, que son perdidos, que son pintados, que son poblados, que son pisoteados, que son protegidos, que son quemados, que son queridos, que son reconsiderados, que son renegados, que son sanados, que son sangrados, que son temidos, que son torturados, que son vistos, que son vencidos, que son vigilados, que son violados, que son vitoreados, que son zarandeados, que sufren, que temen, que torturan, que tosen, que trabajan, que trafican, que vagabundean, que ven, que vencen, que vigilan, que violan, que vitorean, que viven, que vuelan, que zarandean… Que sueñan… Así, todo por orden alfabético. Pero invisibles a la nitidez de la mirada…

E intentaba contemplar cada uno de los detalles del establecimiento, sin obviar ningún tipo de detalle… Buscar con la mirada al supuesto camarero del que no podía describir tampoco su rostro, porque, a todas luces, se mostraba igualmente indefinible. Y lo descubrió porque estaba detrás de la barra y, eso sí, porque llevaba un mandil blanco atado a la cintura… Nada más acercarse, sin mediar palabras audibles ni recordables, pidió supuestamente algo…“Me pone un café, por favor”… Y digo supuestamente, porque no recuerda expresión alguna de ninguno de los lados del mostrador, porque tampoco en los sueños se escuchan las palabras, tal vez uno se las imagina, se las inventa, las pone en los labios de los personajes… Poco más… Sí, algo mas… Pocos minutos después, delante de nuestro personaje, figuraba un vaso de café con leche… Tampoco sé cuanto tiempo pudo estar nuestro personaje ocupado en echar esa bebida humeante en su estómago, pero no fue tanto, ocupado en todo momento de inspeccionar el extraño territorio, los etéreos lindantes… Tampoco sé si llegó a pagar o no, si en ese mundo de los sueños existe o no el dinero, lo cierto es, que sin siquiera decir adiós, ni nada que se le pareciera, bajó del taburete y se encaminó de nuevo hacia la salida, hacia la misma calle de albero amarillento que enfilaba de nuevo, a izquierda y derecha, hacia inmensidades ilimitadas en el horizonte. Para no volver sobre sus pasos en una aventura laberíntica que parecía no conducir a ninguna parte, torció esta vez a su derecha, para proseguir al menos por el sendero que venía siguiendo desde el principio.

Él siguió su camino, mientras un pensamiento podría pasar por su mente… El tiempo que llevaba deambulando sin parar… Aunque, bien es cierto, tampoco había andado tanto, desde que fue abandonado en aquella calle, que devino desierta, como por arte de magia, por sus residentes habituales a la caída de la noche, hasta que empezó a descubrir a los primeros madrugadores de la mañana… ¿Habían pasado tantas horas? … Las cuestiones temporales en los sueños son imperceptibles… El tiempo puede pasar a velocidades de vértigo, puede pararse el reloj en un punto determinado y ni siquiera transcurrir… Son los colores de los cielos, las intensidades de las luminosidades, los actos rutinarios de los seres que se mueven, los que nos dan una idea de que el tiempo pasa, que no lo podemos parar, que comienza un día, transcurre, continúa transcurriendo, siempre lo mismo, y un día y otro y otro y otras medidas artificiales de tiempo que se repiten: semanas, meses, años, lustros, siglos, milenios… sin detenerse nunca desde los comienzos, perdidos en el olvido.

Pero los cielos continúan tenebrosos en su color. Parece que no va a amanecer nunca... La soledad se hizo de nuevo… La explanada seguía cubriendo su horizonte. Nada de nada… Nadie de nadie… Sólo albero y más albero, y el sendero abierto artificialmente en un punto determinado. Sin palabras, sin pensamientos… como una máquina que se desplaza en un movimiento fijo, un muñeco de cuerda programado durante un tiempo… un paso algo más acelerado, retomando el inicial, ahora que el obstáculo ha desaparecido de su visión.

Sólo iluminado por la oscuridad de la noche, ninguna farola, ninguna luz amarillenta, como si la luna y las estrellas, completamente inapreciables desde aquel lugar, matizaran algo de fulgor en la lobreguez impuesta… para, en un momento dado, divisar en lontananza un cambio completo de paisaje... Sí, parecía que la explanada llegaba a su fin, que conducía a alguna parte determinada… A lo lejos se divisaban altos bloques de vivienda. Repletos de pequeñas ventanas iluminadas. Como si fuese una nueva noche que empieza y la gente volviera a refugiarse en sus hogares… Como si estuviese amaneciendo y todas aquellas bombillas encendidas fueran el reflejo de los despertares a una jornada nueva… Rostros adormilados, legañosos, con melenas revueltas… Buscando un café recién hecho con el que intentar espabilar el cuerpo y despejar el espíritu… Una ducha con la que refrescar los sudores producidos por pesadillas rocambolescas, las pieles sudosas tras un intenso polvo antes de cerrar los ojos y echarse a dormir, los cuerpos agotados por profundos insomnios… Sobre todo silencios, rotos por niños que comienzan sus días cargados de la fuerza propia de quienes no entienden nada de la vida, que después va desapareciendo paulatinamente, a la vez que la piel se arruga, las fuerzas se desgastan, los ánimos decrecen… No quiero ni pensar que la noche se haya apoderado del cielo y se eternice… Cómo podríamos imaginar la ausencia de la luz del sol, las blanquecinas nubes poblando los cielos, el color celeste… Mejor ni pensarlo, da igual que estuviera anocheciendo que amaneciendo, que la gente desayune al acostarse o cene al despertar, costumbres o rutinas impuestas por la costumbre…

Él, nuestra piedra, ya tenía, al menos, una meta: acercarse a aquellos bloques elevados, que aunque extraños, le absorbían de los silencios y de las soledades de antes… Conforme se acercaba a su objetivo, vio como una enorme rampa inclinada se abría desde la explanada hasta civilizaciones más cercanas y pobladas. También los límites de la inmensa extensión que parecía haber atravesado durante la noche. Enormes muros de ladrillo servían de fronteras para aquel destartalada superficie de albero amarillento. Sobre uno de los laterales, una inmensa grieta sobre la que desembocaba aquella rampa.

A pesar de augurar un mundo poblado cercano, el silencio continuaba embargándolo todo… Incluso a los pies de la rampa, al inicio de la ascensión… Ningún cambio aparente a lo vivido durante las últimas horas. Ni siquiera un alma visible detrás suya conforme iba ascendiendo y le dio por mirar atrás… Nadie… Nada… Sí, una visión que podría parecer sorprendente: la explanada que acababa de atravesar no mediría más de cien metros cuadrados. Un cuadrado perfectamente diseñado, de superficie terrosa, amurallada en su totalidad, salpicada con algunos follajes silvestres, abandonada del todo y rodeada por sus cuatro lados por inmuebles de todo tipo… Como si se tratara de los restos de un basto edificio derruido… Visión que difería completamente de la percibida durante su peregrinaje… ¿Toda la noche caminando para atravesar sólo cien metros? ¿Dónde pasó todo ese tiempo? ¿Y los restos del supuesto bar donde había tomado café tan sólo unos instantes antes? … Pero vuelvo a decir, los sueños son sueños, y buscarle alguna explicación racional o mínimamente coherente puede suponer toda una tesis psicoanalítica, para la que ni estamos preparados, ni es el objetivo de esta narración. Lo único objetivo es, que ahí estaba aquel descampado, él, nuestra piedra, perdido en un entorno urbano, que seguía siéndole ajeno. Que hacía sólo un rato había tomado un café… no sabemos dónde. Que había iniciado su travesía por las supuestas callejuelas de un centro de ciudad, en la que presumiblemente seguía estando. Que había deambulado perdido y desorientado hasta encontrar un terreno de albero que le había conducido hasta esta rampa en la que ahora se encontraba… y poco más. Lo importante era seguir avanzando, aún sin saber hacia donde. Tal y como había hecho tras su eclosión milagrosa.

Contemplado el paisaje que había abandonado, se percató de repente, de la presencia cercana de un grupo de muchachas. Sí, eran féminas. De eso estaba convencido. No podía recordar si eran guapas o feas, rubias o morenas o pelirrojas o albinas o calvas. Ni siquiera como iban ataviadas. Aunque sólo fuera para cuestionar su buen o mal gusto, para distinguir la estación primaveral en la que se desarrollaba toda aquella aventura: primavera, verano, otoño o invierno… Nada… Ni de si iban maquilladas o con el rostro puro y transparente... De si portaban algún rasgo distintivo u orientador… Tampoco… Todos aquellos atributos le hubieran servido, sin duda, para clarificar algunos datos. No ya sólo la climatología… al menos lanzar un rayo de luz respecto de sus ocupaciones, adónde se dirigían, que hacían a aquella hora de la supuesta noche-amanecer… Aunque sólo fuese por curiosidad… ¿Se trataba de un grupo de mujeres que iban a aquellas horas a su trabajo? ¿Venían de dejar a sus respectivos niños en el colegio o guardería? ¿Emergían de la nada, en manada, en busca de alguna ganga en las rebajas de un centro comercial? ¿Habían salido a hacer un poco de footing? ¿Era una banda femenina de delincuencia organizada? ¿Un grupo de prostitutas? ¿Yonquis en busca de su dosis? ¿Manifestantes feministas a pequeña escala? … Ni idea… Allí estaban, y le vino bien a él, a nuestro protagonista, que estuvieran, que pasaran a su lado, de la misma forma como había acontecido todo lo anterior, espontáneamente, repentinamente, súbitamente… de forma imprevista… Dado que tras acercarse a ellas, algo tuvo que preguntarles y algo tuvieron que contestarle, sin llegar a entender ni descifrar el qué… Lo único que sabemos, como en las películas de cine mudo, es que nuestro personaje pareció darles las gracias por la información proporcionada… Sin duda y presumiblemente, relacionada con un atisbo de guía, directriz, instrucción, consejo, sugerencia, posición, disposición, indicación, encauzamiento, encarrilamiento, ubicación, situación, colocación… sobre dónde estaba y cómo salir de aquel tablero de juego. Y lo suponía, porque, nada más desaparecer el grupo de chicas, nuestro personaje comenzó a dejar de deambular, a dejar de mirar para todos lados… para encaminarse, con un paso más firme, hacia un lugar concreto… Sí, es verdad, parecía decir con su mirada. No recordaba pero ya sí recuerdo… Dejó de contemplar los edificios con cara sorprendida, para volver a admirarlos, tal y como seguramente había hecho en innumerables ocasiones que había paseado por aquellas encrucijadas urbanas en un pasado no demasiado lejano en el recuerdo.

Y al bajar de la rampa y perder de vista la nebulosa de la explanada, salió a una amplia avenida, en la que cientos de coches se abrían paso en doble dirección y a alta velocidad. Todos ellos con sus faros encendidos, con la sombra de su conductor en el interior. Respiraba feliz y reorientado. Como despertado de un sueño de Sorel convertido en pesadilla, temor, desasosiego, angustia, zozobra, congoja, alucinación o delirio. Y atravesó por un paso de cebra, donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, y los pasos de cebra, como aquel, por el que nuestro paseante, nuestra piedra dotada nuevamente de vida, atravesaba con una expresión de felicidad, a pesar de los riesgos, que ya no eran tantos. La muerte es expresión de vida que se extingue… La inmortalidad sólo de inexistencia… Era, existía, ajeno a los gritos de los otros peatones dirigidos contra los conductores suicidas, con la mala leche que supone tener que poner los pies en la calle, con todos los riesgos que conlleva, para comenzar una nueva jornada de trabajo o de estudio o de compra o de paseo o de estupidez rutinaria… Y aún de noche… Para mirar atrás, contemplando aquellos rostros cansinos, como el que él portaba minutos antes, desgarrados, inertes, muertos, derrotados… Aquellos vehículos que arrancaban de nuevo sus motores para lanzarse en una carrera insensata en pos de un destino determinado…

Tan afortunado y alegre y atinado y contento y dichoso y eficaz y feliz (así por orden alfabético) parecía encontrarse, que sintió en su estómago una especie de necesidad, siempre ajeno al alboroto, a la bulla, a la confusión, al eco, al escándalo, al esplendor, al estallido, al estrépito, al fragor, a la polvareda, a la pompa, a la repercusión, al tumulto (así por orden alfabético) que le rodeaba por todas partes… En el hormigueo de los vivientes que caminaban sobre dos piernas sobre las aceras rebosantes, de los metálicos que se deslizaban sobre cuatro ruedas sobre los asfaltos atestados, de las geométricas que dejaban asomar juegos de luces constantes, de los menos vivientes que correteaban sobre sus cuatro patas arrastrando tras una cuerda recogida al cuello a sus presumibles dueños que sudaban de lo lindo para sostener las incontrolables bestias, que levantando sus patitas traseras inundaban de color y olor aceras, farolas, ruedas de coches, árboles, piernas…Él, se sentía dispensado, exento, inatacable, inmune, inmunizado, inviolable, invulnerable, protegido (así por orden alfabético) o ajeno, diferente, distinto, diverso, extraño, extranjero, foráneo, forastero, indiferente (así por orden alfabético) y cómo no, atrevido, autónomo, descocado, desenvuelto, desocupado, dispensado, disponible, emancipado, escapado, evadido, excarcelado, exento, expedito, franco, fugado, huido, independiente, liberado, libertado, libertino, librado, libre, osado, redimido, rescatado, soberano, suelto, vacante, vacío, (así por orden alfabético), como vacunado de todos y de todo inmunizado, inoculado o inyectado de todo tipo de drogas (aceite de hachís, anfetaminas, barbitúricos, benzodiacepinas, chara, cocaína, codeína, crack, DOET, DOM, éxtasis, ganja, hachís, heroína, hojas de coca, opio, hongos psilocibios, inhalantes, kif, LSD, marihuana, MDA, mescalina, morfina, nicotina, pasta de coca, PCP, sinsemilla, TMA, xantinas ) y de alcoholes relajantes que evaden de las barreduras, de la basura, de la bazofia, de la cochambre, de los desechos, de los desperdicios, de los despojos, del estiércol, del excremento, de la impureza, de la inmundicia, de la mierda, de la mugre, de la porquería, de los restos, del sedimento, de las sobras, de la suciedad, y subiendo el tono evacuatorio de la birria, de la boñiga, de la cagada, de la defecación, de la deposición, del detrito, de la deyección, de la excreción, del excremento, de las heces… que pueblan la realidad mundana gobernada por barreduras, basuras, bazofias, cochambres, desechos, desperdicios, despojos, estiércoles, excrementos, impurezas, inmundicias, mierdas, mugres, porquerías, restos, sedimentos, sobras, suciedades, y subiendo el tono evacutario por birrias, boñigas, cagadas, defecaciones, deposiciones, detritos, deyecciones, excreciones, excrementos, heces (siempre por orden alfabético) de gobernantes con rostros humanos, cuatro patas y una polla que no mide más de cinco centímetros… Por eso se la chupan tanto unos a otros, por eso la universalización de los consoladores… Único consuelo… Al menos de los que tienen el ano demasiado ancho y la boca demasiado pequeña…

Reencontrado consigo mismo, nuestro personaje, en un aislamiento del mundo circundante aburrido, arrastrado, arruinado, cítrico, desnatado, económico, feo, geométrico, globalizado, homogeneizado, imperialista, minusválido, pestilente, religioso, ruidoso, soez, sucio y vomitivo, y en un alarde de suicidio social, decidió alejarse del hormiguero madrugador de aquella mañana, que aún era noche oscura, sin visos de claridad alguna, adentrándose por las callejuelas aledañas a aquellas grandes avenidas, en las que los olores a despojos humanos se hacían más notorios, desde heces desperdigadas de todos los tipos y tamaños, hasta jeringuillas sangrientas abandonadas tras un buen chute de paciencia con sabor a evasión.

Sin más iluminación, que algunos destellos ocasionales de vehículos despistados. Ni siquiera tras las ventanas de los elevados inmuebles de la calle, apuntalados por todas partes, símbolo de la podredumbre de aquellos que no necesitan, como el resto de los mortales, levantarse temprano todas las mañanas, para salir a buscarse la vida… Como si la vida les hubiera perdido… Como si ellos tampoco quisieran encontrarse… Y en su viaje al centro de la humanidad denostada, en la esquina conformada por dos calles en paralelo que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear con menos sinsabor un café y una tostada rebosante de mantequilla…

Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa ocupada…Velador en el que una chica de unos veintiséis o veintisiete o veintiocho o a lo sumo veintinueve años esperaba no sé sabe qué, ante un vaso no burbujeante de color anaranjado, del que no había consumido más de dos dedos. Sin mirar a ninguna parte en concreto, ni dejando de mirar en todas las direcciones posibles. Sin otro entretenimiento que ser contemplada-admirada por aquel camarero-matón, única compañía… Y un pelo rubio cortado por encima de los hombros… Y unos ojos inmensos que transmitían locuras incontrolables… Y un rostro algo redondeado, que posiblemente transmitía tristeza. Sorel seguía sin estar presente en aquel juego, claro… . Y un vestido ceñido remarcando aún más su figura, de color negro, salvo unas florecillas rojas y celestes a la altura de su pecho derecho, tan ajustado, que su delantera vociferaba a gritos un poco de aire, algo de holgura, impidiendo así estallar en mil pedazos aquel trapo chinesco, cuya parte inferior se deslizaba de tal forma hacia arriba, que apenas si ocultaba cuatro dedos del mismo, dejando ver unas piernas igualmente deslumbrantesY unos pies subidos sobre doce centímetros de tacón fino en unas sandalias de color rojo, que dejan entrever cinco dedos cuyas uñas, lacadas también en un rojo pasión, conjuntaban a la perfección con el color de las de sus manos, complemento excelente para aquella ilusión óptica

Atraído únicamente por aquella esfinge de carne y hueso, dado que no era lo que buscaba, por muy agradable que pudiera resultar aquella música, podría ser indie, puesto que lo que pretendía él era desayunar de nuevo, porque amanecía siendo de noche, no anochecía para tomar unas copas alcohólicas, atravesó del todo el umbral, ocupando la mesa contigua a la de aquella maravilla de la naturaleza. Colocado justo enfrente de ella, en ningún momento levantó la mirada ante la posibilidad de cualquier posible actitud, ademán, aire, aspaviento, aspecto, cara, expresión, gesto, guiño, mueca, postura, rostro, semblante, seña, tic o visaje (así, por orden alfabético) de su nueva compañera de espacio, salvo cuando el camarero-matón-guardaespaldas, se acercó hasta su mesa, con las manos asidas a su espalda y agachando un poco la cabeza, para preguntarle, sin duda, aunque de forma siempre silenciosa, qué es lo que quería tomar… Sin caer en la cuenta, el muy desgraciado, de dar un paso en su conquista preguntándole a ella si quería beber algo, que él la invitaba… Nada de nada al respecto, puesto que ni el camarero ni él se dirigieron en ningún momento a la chica solitaria, desapareciendo el uno detrás de la barra, y permaneciendo el otro allí, sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho, sin levantar la mirada de todos los posibles movimientos de ellas, por muy absurdos o nimios que fueran: atusarse el pelo ligeramente, levantar una mano para contemplar alguna imperfección de sus uñas pintadas, acariciar con suavidad el lóbulo de una de sus orejas… Por menos nimios que fueran: rozarse con una mano uno de sus pechos o, simplemente, descruzar y volver a cruzar, sin ningún tipo de pudor, sus piernas, mostrando un pubis de vello negro perfectamente recortado… Y de nuevo el camarero acercándose a su mesa, depositando sobre ésta un vaso que contenía una bebida de color rojo intenso, con toda probabilidad zumo de tomate… Y miradas contenidas enviadas de una mesa a la otra, y viceversa, aún a riesgo de verter sobre su ropa todo aquel contenido sanguinolento, por culpa de una tiritera inusual en sus manos…

Esta vez sí lo hizo… Lo hice también yo… Intentaba con ellos ir transformando poco a poco aquella nada de historia en una narración con contenido más altamente consistente… Se iba acercando el momento… No sé si el protagonista era la persona adecuada… Ella podría llegar a serlo en una identificación cada vez menos fantasiosa…Un ejemplo, una forma, una horma, una mascarilla, una matriz, un modelo, un módulo, un molde, una regla, un tipo, un troquel… No sé si correspondido con una realidad… Seguro que coincidente con muchas realidades… Porque esto no es más que un sueño… Y como tal no merece explicaciones que las que puedan sucederse a partir de ahora… Que aunque ya estemos en el tercer sueño… Todavía quedan por sucederse otros muchos… Ya de por sí empiezan a suceder más cosas… Seguirán sucediendo otras tantas… Lo sé… A continuación más…

Sólo unos instantes después, la puerta de la calle abriéndose al interior del bar, dejando vomitar hacia dentro una figura, cuyo perfil indefinido era imposible de describir… Sólo se distinguía que era también masculina, que parecía vestir de negro, al menos con una indumentaria de color oscuro… Que, con parsimonia, se acercaba a la mesa ocupada por ella, quien sin levantarse a su llegada, sí levantó su rostro, estampándose un beso sonoro de lengüetazos pegajosos que hacían subir la temperatura, aunque pudiera ser invierno y el frío helara los cinco sentidos. Tras aquella demostración algo afectuosa, aunque un poco fuera de tono en un lugar púbico, el otro se sentó a su lado, no frente a ella, evitando con esa situación que el espectador ubicado en la mesa de enfrente, no fuera privado de su visión por la figura del recién llegado.

Ese otro seguía siendo un ente anónimo, disfrazado, escondido, extranjero, extraño, forastero, ignorado, irreconocible, mudado, oculto… Al menos para nuestro protagonista… Éste no recuerda que ayer mismo figuró como actor en otro sueño… Yo sí recuerdo perfectamente su desarrollo… También, que aquel ser anónimo, disfrazado, escondido, extranjero, extraño, forastero, ignorado, irreconocible, mudado, oculto no era otro que el perseguidor-acosador perseguidor que se le adelantaba, que le antecedía, que se le anticipaba, que se le anteponía, que le aventajaba, que descollaba, que le encabezaba, que le precedía, que preexistía, que prevalecía, que sobresalía, que le superaba, que se le había adelantado, esquivándole en una maniobra inteligente, para, al parecer, perderlo de una vez por todas durante todo el segundo sueño… Allí estaba de nuevo… Sin entender esta reiteración… Confieso que no le conozco de nada…

A pesar de su decepción, él, nuestro personaje, no dejó por un momento de acechar, de admirar, de amparar, de apreciar, de apuntar, de atender, de atañer, de atisbar, de avizorar, de concernir, de considerar, de contemplar, de cuidar, de curiosear, de dar, de descubrir, de dirigirse, de divisar, de encañonar, de estimar, de examinar, de fisgar, de juzgar, de limitar, de lindar, de mirar, de observar, de ojear, de otear, de pensar, de pertenecer, de proteger, de reflexionar, de tocar, de valorar, de velar, de ver, de vigilar… Ni de temblar, con el vaso de supuesto zumo de tomate entre sus manos… Parecía que hablaban… El camarero-matón ni siquiera se acercó al otro… Que se cogían de la mano… Que se miraban, no ya con un sentimiento de ternura, sino más bien de ambición, de anhelo, de ansia, de apetito, de concupiscencia, de deseo, de impudicia, de lascivia, de lujuria, de obscenidad, de pasión, de sensualidad, de voluptuosidad… Que acercaban sus lenguas una y otra vez… Que se inundaban mutuamente de besos: en las mejillas, en las manos, en el cuello, en el lóbulo de la oreja, en la frente, en el pelo, en la nariz, en los ojos, en la barbilla… Y más lengüetazos… Él, el nuestro, pasaba del temblor al parkinson, de la presión en el pecho al ofuscamiento de sus genitales incontrolados…

A pesar del mal rato, no dejaba de acechar, de admirar, de amparar, de apreciar, de apuntar, de atender, de atañer, de atisbar, de avizorar, de concernir, de considerar, de contemplar, de cuidar, de curiosear, de dar, de descubrir, de dirigirse, de divisar, de encañonar, de estimar, de examinar, de fisgar, de juzgar, de limitar, de lindar, de mirar, de observar, de ojear, de otear, de pensar, de pertenecer, de proteger, de reflexionar, de tocar, de valorar, de velar, de ver, de vigilar… echándose mano, de vez en cuando, al paquete, no con un afán de provocar una catástrofe orgásmica, sino más bien, de evitar la indecorosa imagen de un abultamiento entre sus piernas… Como el niño que se echa mano al aparato cuando se está orinando y no aguanta más… Como si así pudiese evitar soltar el chorreón en ambos casos… El camarero, mientras, que continuaba situado impertérrito tras la barra, con los brazos cruzados, parecía continuar esperando algún cliente despistado, como si no tuviera bastante con la presencia del otro, adosado literalmente al cuerpo de ella, como si no les viera, o no quisiera verles… manteniendo siempre su tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en la expresión…

Pero la cosa no quedó en los simples besuqueos, ni mucho menos… Uno de los pies de ella, que se estira bajo la mesa buscando algo tan determinado, como la entrepierna del otro, frotando de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, con sus pies engalanados con aquellas sandalias rojas de doce centímetros de tacón fino, los genitales del otro… Sin que aquella maniobra provocara en alguno de los dos algún gesto aparentemente visible (alguna mirada de complicidad, alguna sonrisa de sorpresa, como diciendo “¡Qué cabrona eres!”, algún cierre de ojos o algún encogimiento del cuerpo, como denotando una especie de placer puramente lascivo) salvo el movimiento de aquel delicado pie de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba… Mientras, al otro lado de la escena, en la mesa contigua, nuestro hombre se afanaba únicamente en continuar evitando su catástrofe orgásmica, apretando cada vez más sus manos contra su entrepierna…

Una mano del otro apartando la pierna acariciadora, para acercarla a las rodillas de ella, deslizándola y avanzando con cachaza, con calma, con comedimiento, con mesura, con moderación, con pachorra, con parquedad, con parsimonia,

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http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/06/06/he-vuelto#comentarios
Nunca se sabe lo que puede pasar con los sueños de Sorel. Capítulo 2 http://elmundodelasquimeras.lacoctelera.net/post/2007/02/05/nunca-se-sabe-que-puede-pasar-con-suenos-sorel- 2007-02-05T14:37:43+00:00 Segunda noche de los sueños

Unos días después me desperté sobresaltado. El corazón me latía a más velocidad de lo normal en situación de sueño o despertar, de reposo en una palabra… frecuencia cardiaca medida siguiendo la siguiente fórmula:

( FCRlunes + FCRmartes... + FCRdomingo ) / 7

También sentía el cuerpo sudoroso del todo, aunque fuese casi invierno, aunque por la ligera obertura de la ventana del dormitorio entrara una brisa que pelaba la piel a aquellas horas de la madrugada, sobre todo si se duerme desnudo sobre la cama, sin ninguna prenda de abrigo bajo la que cobijarse, como si estuviera incubando una gripe o algún otro virus, no informático… Fue entonces cuando empecé a ser consciente de la causa de aquel malestar repentino… Aquel sueño que me despertó bruscamente y que empezaba a resultarme tan familiar.
Era noche cerrada. Parecía invierno, aunque ni llovía, ni la sensación era de una temperatura extremadamente baja. Por eso, sólo lo parecía. Tampoco por los atuendos inapreciables de la gente, que volvía a casa del trabajo o de los institutos o de los bares o de las compras o del paseo o de cualquier otra parte donde la concurrencia va o puede ir, de donde viene o puede venir. Tumulto en movimiento del que no se distinguía ni siquiera sus rostros. Sólo el regreso de seres que se evaporan. Como las luces de los coches tomadas en una visión nocturna a través de una cámara. Flashes en continuo movimiento hasta su desaparición definitiva. Para dejar paso, instantes después, a luces fijas, encendidas unas detrás de otras, trasladando la noche exterior al día interior, donde, alrededor de una mesa de camilla, se comparten los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos).
Intimidades ajenas a la soledad exterior, iluminada únicamente por las amarillentas luces de farolas distribuidas cada cincuenta metros…
Por los faros de los vehículos que se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa camilla de todas las noches… Total, si siempre es lo mismo: los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día, los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño” de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza...). Luces exteriores tenues, que invitan a la huida interior… Todos huyen, salen corriendo, en busca de calor humano… Sonidos silenciosos, sólo decapitados por el estruendo de los motores de los vehículos, que como ya hemos dicho, se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa de camilla de todas las noches. Ni siquiera el crujir de los cierres metálicos de los comercios, mudos hasta la jornada siguiente. Ni el golpear de los nudillos de unas manos desconocidas al portalón de entrada a un inmueble. Ni el aleteo de murciélagos cegatos golpeando sus cuerpos contra ventanas cerradas a cal y canto. Ni los tacones desgastados sobre el empedrado de la calle en el deambular cansino de las prostitutas, que a esa hora comienzan su jornada laboral. Ni el maullido de un gato muerto de hambre y de frío a aquellas horas de la noche. Ni la eclosión del viento susurrando en el desierto urbano, ni de la lluvia, ni de los truenos… Porque aquella noche ni llueve, ni truena, ni ventea, sólo un cielo azul turbulento y enlutado, que deja asomar algunas estrellas perdidas, que no cesan de guiñar sus ojos en su afán de conquista… Pero las estrellas tampoco hacen ruido, al menos aparente. Nada que se le parezca. Paz, sosiego y calma exterior contrastada con interioridades desconocidas, a las que no tenemos acceso, porque no somos ellos, sino otros, como él, otro, en medio de aquel inmenso remanso desconocido.
Él, víctima de mi sueño, protagonista abandonado sobre aquella turba decapitada, como una pieza de ajedrez que desconoce las reglas del juego, de un vagabundo sin techo, instantes después de un toque de queda en tiempos de democracia, perdido, desorientado, dejado de la mano de un Dios que ni siquiera aparece en los sueños… Que no era yo… Que no me veo en mi propio sueño… Que no me identifico con su rostro imperceptible, ni con sus movimientos ridículos… Que tal vez sea yo que no quiero reconocerme… Juzguen ustedes… Allí, en aquel punto de la calle que le era completamente desconocida hasta entonces. Allí, en aquel punto de la calle donde él era un desconocido completamente para los presentes de antes y los ausentes de ahora. Allí, donde ni siquiera nuestro desconocido sabía lo que hacía. Como si subido a un avión hubiese sido arrojado en paracaídas en un punto determinado al azar. Siendo éste el culpable de que él, nuestro desconocido para ellos y para nosotros (carecía de rostro, no ya desdibujado, sino sin él, como decapitado de materia corpórea, como la mayor parte de todos los rostros de todos los sueños, aunque imaginemos que nuestros personajes sean seres reales que conocemos, sin identificarlos claramente, son ellos, los percibimos, los sentimos, los padecemos, nos hacen llorar o reír, mueren, viven o están simplemente).
En ese punto determinado de aterrizaje forzoso decidió tirar en una dirección determinada. Tanto a su izquierda como a su derecha se perdía la misma calle interminable. A su derecha en un horizonte más luminoso, más contemporáneo… A su izquierda, todo lo contrario, como adentrándose en el corazón de una ciudad, donde la luz se hacía más opaca a su paso, los edificios más en desuso por efecto de la antigüedad... Pero, sin duda, pensó sobre la marcha, que el camino de la derecha lo alejaba del centro de la supuesta ciudad en la que se encontraba, mientras, el camino de la izquierda, lo acercaba a algún lugar determinado en el que debía cumplir una misión. ¿Estaba allí para una misión? Yo que sé. Estaba. Apareció de repente. Andar por andar desorientado, ¿Buscar algo? Tampoco lo sé. Algo tendría que hacer, porque tampoco era consciente el pobre de que era víctima de un sueño de un desconocido o conocido, que para el caso era lo mismo, como ente onírico que era. También podría esperar allí sin moverse el momento del despertar, para desaparecer definitivamente en los limbos de los sueños evaporados. Pero no, puesto que no era consciente de lo que era, sólo de que estaba allí, sólo de que algo debía de hacer… Y lo hizo. Y tomó la dirección de la izquierda. La de las callejuelas más estrechas, más abandonadas si cabe, más silenciosas aún, más oscuras todavía… Ni siquiera mendigos vomitando el último trago de vino barato, o delincuentes afilando su navaja, o guardianes de la ley despertando mendigos vomitando su último trago de vino barato o espantando delincuentes que afilaban su navaja… Nada de nada… Nadie de nadie… Ni siquiera sus pensamientos que no tenía, ni una conciencia determinada, como seres que ni sienten ni padecen, que están pero que no son, como una piedra abandonada a su suerte en medio de un camino que conduce a su desgaste definitivo en arenilla, que un día será barrida y arrojada al cubo de la basura, esparcida por un incesante vendaval…
Nuestra piedra caminaba…
De repente, en un momento determinado del sueño, un vacío mental. Como un despertar que no es tal. Como una escena de una película cortada. Sin llegar a entender la secuencia. Como si nos faltara algún detalle que se nos ha perdido por el camino. Un hueco. Un abismo en negro absoluto. Como un soñador víctima de un fallecimiento repentino… Consecuencia: deja de soñar, el sueño desaparece, el personaje del sueño también… no despierta, está muerto.

Son vacíos mentales que también les ocurren a los vivos… A los que no sueñan… A los que permanecen despiertos eternamente…Que en la fantasía provoca una sucesión de imágenes inconexas, que en su conjunto tienen un sentido, pero que en el paso de unas a otras, carecen de sentido… Y la muerte es negra, al igual que los sueños, al igual que la noche, al igual que la oscuridad de los ojos cerrados. Como aburrido de seguir soñando lo que estaba soñando, planea un salto de momentos determinados, de laberintos sin salida que no conducen ni a un abismo ni a ninguna parte, haciendo reaparecer al personaje, la piedra, él, segundos después en un entorno menos solitario y abandonado, aunque igual de desconocido que el anterior. Pero algo es algo.
Podría imaginarme que él, la piedra, ha encontrado una salida… No lo sé… Lo único cierto es, que de repente, le veo reaparecer de nuevo, que continúa caminando, ahora en línea recta, que han desaparecido los recovecos de las oscuridades… Un inmenso pasillo destartalado se abre ahora ante su vista. Entendiendo por un pasillo, una especie de sendero abierto en medio de una planicie, iluminada por farolas que desprenden luces amarillentas… Sigue siendo de noche… No ha cambiado para nada la ubicación temporal… No se aprecian construcciones de ningún tipo, ni altos edificios, ni casas de vecinos, ni naves industriales o comerciales… Ninguna construcción… Sólo esa explanada abandonada, de suelo albero, con un camino por el que nuestro personaje continúa vagando, no sé si con paso firme, pero al menos recto, en dirección única… Como la vida misma… Como la propia soledad, que también sigue siendo manifiesta… Nadie… Nada que resaltar tampoco… Él… La piedra abandonada… Sí puedo recordar algo concreto… Que nuestro personaje caminaba de espaldas al sueño… Como situando, justo por detrás, una cámara desde la que le están filmando… Desde la que se observa por el objetivo un hombre que camina hacia delante a través de un camino de albero abierto en una inmensa explanada abandonada, sin vestigios de construcciones ni de vida cercana… Sólo soledades temporales de una persona, de la que no distinguimos apariencia alguna, tal vez su edad, haciendo un notable esfuerzo por recuperar información del disco duro de la memoria… Podría hasta asegurar que se trata de un chico joven… Que no ha alcanzado todavía los cuarenta, ni siquiera los treinta y cinco… No sé porque puedo imaginarme esto... Pero lo hago… Podría improvisar un cierto paralelismo con un diario de la existencia temporal… Senderos abiertos en medio de inmensidades anónimas, disfrazadas, escondidas, extrañas, ignoradas, irreconocibles, foráneas, forasteras, mudadas, ocultas y firmes, fuertes, inconquistables, inexpugnables, inquebrantables, insuperables, invencibles, sólidas y tenaces en su anonimato, en su disfraz, en su escondite, en su extrañeza, en su ignorancia, en su irreconocibilidad, en su foraneidad, en su extranjería , en su mudanza, en su ocultación… Sobre ellos nosotros… En un ejercicio de total aburrimiento, como el sueño… Aunque es preferible que nunca pase nada antes que estén siempre ocurriendo, porque habitualmente las cosas que ocurren no siempre son deseables… Pero en el sueño tampoco pasa nada. La consecuencia de este tedio no puede ser otra que
1. Nadie leerá esto nunca… y quien se atreva a leer la primera página y alcance al menos la seis, cerrará el libro, lo abandonará definitivamente, lo regalará a su peor enemigo, lo quemará hasta hacerlo desaparecer del todo evitando que caiga en manos de cualquier inocente curioso que sienta la tentación de abrirlo… incluso de intentar leerlo…
2. Nuestro soñador es un tipo de lo más aburrido… Siempre soñamos situaciones que nos llaman la atención… Hechos reales que revivimos con la pasión del descanso, que nos llega incluso a alterar, a convertirse en pesadilla… Nuestra mente genera sueños donde seres queridos se mueren de repente, entonces imaginamos nuestro dolor ante el cuerpo inerte de nuestra madre, de nuestro padre, de nuestro hermano, de nuestra hijo, de nuestra mujer o marido o amante o amigo… Donde caemos en la ruina más tremebunda y somos desposeídos de nuestras posesiones hasta ayer hipotecadas, para terminar deambulando, con una mano delante y otra detrás, en busca de caridad, cobijo, trabajo… Donde conquistamos a la chica de nuestros sueños, que en la vida diaria se nos aleja, se nos hace inalcanzable, pero que en los sueños somos capaces de acercarnos a ella, de hablarle, de recitarle una palabra bonita al oído, de verla sonreír, de meterle mano entre los muslos, hasta imaginamos que ella se ríe y se deja hacer… Pero no, nuestro soñador no sueña nada atrevido o aventurero, con alguna acción posible… Un tío desconocido que se pierde en una ciudad desconocida en una noche solitaria. Novela de inacción-repetición.
Sin saber quién era concretamente, qué hacía allí, por qué estaba en ese lugar preciso y no en otro, hacía donde se dirigía, con qué fin u objetivo… La única evidencia es su existencia y estancia, que delante de sí se abría un horizonte completamente despejado…
Camina solitario, como intentando buscar la salida, la meta, el despertar, un poco de luz en toda aquella oscuridad… De repente, unos metros delante de él, alguien. Sí, si hace sólo unos segundos su horizonte estaba completamente despejado, cómo, súbitamente, como surgido también de la nada, ve aparecer otra figura que camina en su misma dirección unos metros más adelante. Como otra ficha de la partida, que tras sido un dado, es colocada dos o tres casillas precediendo a la suya. Sólo distingue que también es masculina, que parece vestir de negro, al menos con una indumentaria de color oscuro… Parece que camina más despacio que él, o él con una cadencia de pasos más acelerada… Lo cierto es, que en unos instantes, la distancia se reduce considerablemente… Aunque pudiera parecer un consuelo, el hecho de encontrarse con alguien en un espacio de aquellas características, de no encontrarse sólo por más tiempo, una referencia que pudiera orientarle en su búsqueda indefinida… Pensándolo bien, no lo era… Brotando en él una sensación de miedo… Imaginándose a un presunto ladrón nocturno en busca de un botín alcanzable con más facilidad a aquellas horas… A un asesino necesitado de una nueva víctima… Cuando ocurre cualquier hecho inesperado, los seres humanos siempre nos ponemos en la peor tesitura imaginada…Cuando montamos en un avión, que es nuestra nave la que se va a estrellar dejando más de doscientos muertos, yo entre ellos… Cuando esperamos que llegue un ser querido, que todos los días aparece a la misma hora, y hoy no, comenzamos a pensar que le ha ocurrido alguna desgracia… Cuando vamos al médico porque apreciamos un dolor repentino hasta ese momento, desbocado, descontrolado, desenfrenado, incontrolado, libre, suelto y campando a sus anchas por nuestro organismo, ya creemos que se trata de una enfermedad incurable que nos conducirá irremediablemente al dolor, al sufrimiento, a la muerte… Pues bien, él sintió ese miedo… Hasta el punto, que desaceleró su marcha… Siempre nos embarga esa sensación ante un fenómeno de esas características al que no sabemos enfrentarnos a priori, a posteriori muchas veces tampoco.
Hace unos instantes, cuando nuestro personaje aterrizó en aquellas coordenadas espacio-temporales inexploradas, no tuvo la misma impronta… Tampoco cuando decidió tomar la dirección de la izquierda, aún siendo perceptible la diferencia entre un camino iluminado y otro más tenebroso hipotéticamente… Ni siquiera cuando imaginó, que tras aquellas callejuelas más estrechas, más abandonadas, más silenciosas, más oscuras… podrían encontrar su refugio mendigos vomitando el último trago de vino barato, o delincuentes afilando su navaja, o guardianes de la ley despertando mendigos vomitando su último trago de vino barato o espantando delincuentes que afilaban su navaja. Pero la huella no fue entonces de miedo, tal vez descontrol o desorientación… Ahora era distinto… Había alguien delante suyo, que frenaba además su caminar, como intentando un acercamiento de consecuencias misteriosas, de propósitos ignorados… Además si el otro se lanzara contra él contaría con muy poca defensa, en un mundo que le era ajeno… Ni siquiera encontrarían su cuerpo desangrado… Y de encontrarlo, dónde remitirlo, si ni siquiera sabía quién era él mismo… Mejor evitar siempre cualquier riesgo… Así, sin llegar a parar del todo su paso, su cadencia era como la de una tortuga inspeccionando un territorio nuevo… Aún así, ahí seguía, delante suya, sin aumentar la distancia que les separaba… Diría incluso que se encontraban cada vez más cerca, como si el otro, consciente de la maniobra del que caminaba detrás, redujera constantemente su marcha… Como una sombra propia de la que no sabemos nunca cómo deshacernos, siempre pegada a nosotros, imitando todos nuestros movimientos… Él, con la mirada siempre fija en el cuerpo casi inmóvil de su supuesto agresor, de belicosas y ficticias intenciones, vio cómo de pronto, su rostro se giraba hacia el suyo, sin parar su paso, sólo el gesto del vistazo momentáneo… Como si el otro, sintiéndose por un momento perseguido o acosado, situación que no duró más que escasos minutos, no más de cinco o diez, quisiera descubrir tras de él, quien era el sujeto perseguidor o acosador… Seguramente, al descubrir en éste una especie de pánico absurdo, porque era el que le seguía quien iba por detrás, el que le atosigaba en su caminar tranquilo y sereno, volvió su rostro al frente para reiniciar su marcha, como diciéndose a sí mismo, ¿qué me puede hace ese con esa cara? … La sensación en él, en nuestra piedra, en nuestro ente que sentía ni padecía, ahora acojonado de la vida, era totalmente distinta: esa ojeada no tenía otro sentido que la de descubrir el rostro de su víctima, rostro, por cierto, totalmente descompuesto por las circunstancias, expectante ante el inevitable desenlace… ¡Qué sea lo que Dios quiera!…
Y lo que Dios quiso fue, que en esa inmensa explanada de albero, la exhibición de una nueva sorpresa fulminante, imprevista, inesperada, insospechada, rápida, repentina, súbita (así, por orden alfabético)… En esa inmensa y desolada explanada de albero, aparece, por el lado derecho de nuestra visión, la barra de un bar… Como dejada caer desde ninguna parte para ocupar aquel espacio, como una alucinación ocultada hasta entonces por una espesa niebla, que desaparece por arte de magia mostrando aquel nuevo espacio, que en ningún momento anterior, se había avistado en el acercamiento paulatino de nuestra cámara… No un local cerrado, sino un bar sin paredes, ni puertas, ni cristaleras a la calle… No sé que influencia podría tener la película “Dogville”, que había visto hacía unos días, sobre aquella imagen difuminada en mi mente y que ahora se proyectaba con tantas nitidez en mi sueño… Lo cierto es, que tampoco aquello era una calle considerada como tal, si bien tampoco aparecían los nombres escritos sobre la calzadas, ni siquiera había separaciones entre interiores y exteriores… Sólo una barra de madera desgastada y oscurecida, que separaba de un lado, taburetes, donde algunos culos reposaban a aquellas horas tomando algo, acodados sobre la barra, siempre de espaldas a la cámara, mostrando perfiles humanos diluidos, de otro lado, un mostrador, tras el que un camarero iba y venía atendiendo las necesidades de sus clientes… Máquina de café a pleno rendimiento, tostadas y bollería diversa, como si aún siendo noche cerrada, que lo era al menos en el color del cielo, estuviera amaneciendo, y aquellas criaturas desdibujadas estuviesen desayunando. También sobresalía en la decoración de aquel destartalado bar, estilo taberna americana, de esas que salían en las películas de John Wayne, tres o cuatro pilares, que parecían de madera, y que sostenían un supuesto techo invisible… Cinco o seis estantes colgados en la pared, alojando botellas de licores diferentes… Nada más… Imagen ésta que puede generar mil dudas.. Qué hacía allí aquella taberna destartalada, en medio de aquel escampado solitario… De dónde habían salido aquellos supuestos clientes, apostados en la barra y tomando un desayuno a aquellas horas de la noche, aunque presumiblemente parecía estar rompiendo el día, si segundos antes de aquella nueva imagen… Nada… Nadie más que el perseguidor que le precedía como una figura invitada en el reparto teatral de este sueño… Sí, esto es un sueño… Los sueños, como dice la canción, sueños son… Para qué intentar buscarles explicación…
Tal vez le apeteciera a nuestro personaje un café caliente, algo que comer… Cualquier cosa con tal de despistar del todo a su agresor… Como una tabla de salvación, ideada por la propia maquinaria del sueño, para salvar a su protagonista principal. De hecho pensó buscar refugio allí, hizo la intención con un leve movimiento de su cuerpo hacia la derecha, pero la duda le salvó de una situación algo más comprometida… El otro, el que antecedía sus pasos, hizo lo que él tenía pensado hacer como vía de escape… Detenerse en aquel bar… Y así lo hizo… Y así no lo hizo nuestro sujeto, afortunadamente para él… Porque aquella maniobra del otro le sirvió para respirar tranquilo, para proseguir su camino recto en busca de un destino determinado… Y pudo imaginar, que no tenía que haber sido tan mal pensado respecto al otro… Que tal vez era cualquier ser normal que había salido de casa a aquellas horas de la noche para desayunar algo antes de encaminarse al trabajo… En numerosas ocasiones, tras una sensación de pánico se encuentra una bobada, una estupidez, una idiotez, una memez, una necedad, una sandez, una simpleza, una tontería…
Allí se quedó el otro, subido en su taburete de madera, de espaldas a nuestro personaje al pasar a su altura, pendiente de los movimientos agotadores del camarero… salvo, por un segundo, una mirada atrás, una simple ojeada, en la que las miradas de uno y otro se cruzaron de nuevo… Miradas que encierran demasiadas interrogaciones: ¿Quién eres? ¿Qué buscas? ¿Por qué me miras? ¿Qué haces aquí?... O ninguna interrogación… Sólo momentos, casualidades, situaciones absurdas, fortuitas, que no quieren decir nada, porque no tienen nada que decir.
Él siguió su camino… Pensando seguramente que le hubiera venido bien una parada en su itinerario… Un café… Un descanso… Para una vez que descubre un algo de luz, un algo de calor humano, una palabra que expresar a alguien, aunque sólo fuera “Me pone un café, por favor”… De no haber sido por aquel intruso que irrumpió en su vida momentáneamente, ahora estaría subido sobre uno de aquellos taburetes de madera… Mirándolo bien, tal y como se estaban poniendo las cosas, tampoco puede mostrarse demasiado exigente… Aquel fantasmagórico café le sirvió para perder de vista aquella sombra amenazante… Podría consolarse pensando, ya encontraré, ahora que parece que está amaneciendo, otros cafés donde poder saciar ese pequeño capricho del final de esta aventura nocturna…
Él siguió su camino, mientras un pensamiento podría pasar por su mente… El tiempo que llevaba deambulando sin parar… Aunque, bien es cierto, tampoco había andado tanto, desde que fue abandonado en aquella calle, que devino desierta, como por arte de magia, por sus residentes habituales a la caída de la noche, hasta que empezó a descubrir a los primeros madrugadores de la mañana… ¿Habían pasado tantas horas? … Las cuestiones temporales en los sueños son imperceptibles… El tiempo puede pasar a velocidades de vértigo, puede pararse el reloj en un punto determinado y ni siquiera transcurrir… Son los colores de los cielos, las intensidades de las luminosidades, los actos rutinarios de los seres que se mueven, los que nos dan una idea de que el tiempo pasa, que no lo podemos parar, que comienza un día, transcurre, continúa transcurriendo, siempre lo mismo, y un día y otro y otro y otras medidas artificiales de tiempo que se repiten: semanas, meses, años, lustros, siglos, milenios… sin detenerse nunca desde los comienzos, perdidos en el olvido.
Pero los cielos continúan tenebrosos en su color. Parece que no va a amanecer nunca... La soledad se hizo de nuevo… La explanada seguía cubriendo su horizonte. Nada de nada… Nadie de nadie… Sólo albero y más albero, y el sendero abierto artificialmente en un punto determinado. Sin palabras, sin pensamientos… como una máquina que se desplaza en un movimiento fijo, un muñeco de cuerda programado durante un tiempo… un paso algo más acelerado, retomando el inicial, ahora que el obstáculo ha desaparecido de su visión.
¿Pero vendrá por detrás? Imagino que llegó a pensar, porque en un momento dado se paró del todo, quedó inmóvil, volvió la vista hacía detrás… Pero tras de sí no había nadie, nada más que oscuridad, ni siquiera el café se vislumbraba a lo lejos, nada, sólo explanada, como perdido en un inmerso desierto de tierra amarillenta, de noche cerrada, en el que el oasis no fue más que un espejismo, su acosador otro, sólo él, que siguió su paso más tranquilo, lejos ya de cualquier peligro, aunque nunca se sabe.
Sólo iluminado por la oscuridad de la noche, ninguna farola, ninguna luz amarillenta, como si la luna y las estrellas, completamente inapreciables desde aquel lugar, matizaran algo de fulgor en la lobreguez impuesta… para, en un momento dado, divisar en lontananza un cambio completo de paisaje... Sí, parecía que la explanada llegaba a su fin, que conducía a alguna parte determinada… A lo lejos se divisaban altos bloques de vivienda. Repletos de pequeñas ventanas iluminadas. Como si fuese una nueva noche que empieza y la gente volviera a refugiarse en sus hogares… Como si estuviese amaneciendo y todas aquellas bombillas encendidas fueran el reflejo de los despertares a una jornada nueva… Rostros adormilados, legañosos, con melenas revueltas… Buscando un café recién hecho con el que intentar espabilar el cuerpo y despejar el espíritu… Una ducha con la que refrescar los sudores producidos por pesadillas rocambolescas, las pieles sudosas tras un intenso polvo antes de cerrar los ojos y echarse a dormir, los cuerpos agotados por profundos insomnios… Sobre todo silencios, rotos por niños que comienzan sus días cargados de la fuerza propia de quienes no entienden nada de la vida, que después va desapareciendo paulatinamente, a la vez que la piel se arruga, las fuerzas se desgastan, los ánimos decrecen… No quiero ni pensar que la noche se haya apoderado del cielo y se eternice… Cómo podríamos imaginar la ausencia de la luz del sol, las blanquecinas nubes poblando los cielos, el color celeste… Mejor ni pensarlo, da igual que estuviera anocheciendo o amaneciendo, que la gente desayune al acostarse o cene al despertar, costumbres o rutinas impuestas por la costumbre…
Él, nuestra piedra, ya tenía, al menos, una meta: acercarse a aquellos bloques elevados, que aunque extraños, le absorbían de los silencios y de las soledades de antes… Conforme se acercaba a su objetivo, vio como una enorme rampa inclinada se abría desde la explanada hasta civilizaciones más cercanas y pobladas. También los límites de la inmensa extensión que parecía haber atravesado durante la noche. Enormes muros de ladrillo servían de fronteras para aquella destartalada superficie de albero amarillento. Sobre uno de los laterales, una inmensa grieta sobre la que desembocaba aquella rampa.
A pesar de augurar un mundo poblado cercano, el silencio continuaba embargándolo todo… Incluso a los pies de la rampa, al inicio de la ascensión… Ningún cambio aparente a lo vivido durante las últimas horas. Ni siquiera un alma visible detrás suya conforme iba ascendiendo y le dio por mirar atrás… Nadie… Nada… Ni siquiera su perseguidor que se le adelantaba, que le antecedía, que se le anticipaba, que se le anteponía, que le aventajaba, que descollaba, que le encabezaba, que le precedía, que preexistía, que prevalecía, que sobresalía, que le superaba… Tan sólo, una visión que sí podría parecer sorprendente (dentro de los límites del asombro, de la conmoción, del desconcierto, de la estupefacción, del estupor, de la exclamación, de la extrañeza, de la fascinación, de la impresión, del pasmo, del sobresalto, de la sorpresa en el mundo de lo onírico… ninguno): la explanada que acababa de atravesar no mediría más de cien metros cuadrados. Un cuadrado perfectamente diseñado, de superficie terrosa, amurallada en su totalidad, salpicada con algunos follajes silvestres, abandonada del todo y rodeada por sus cuatro lados por inmuebles de todo tipo… Como si se tratara de los restos de un basto edificio derruido… Visión que difería completamente de la percibida durante su peregrinaje… ¿Toda la noche caminando para atravesar sólo cien metros? ¿Dónde pasó todo ese tiempo? ¿Y los restos del supuesto bar donde había tomado café tan sólo unos instantes antes? … Pero vuelvo a decir, los sueños son sueños, y buscarle alguna explicación racional o mínimamente coherente puede suponer toda una tesis psicoanalítica, para la que ni estamos preparados, ni es el objetivo de esta narración. Lo único cierto es, que ahí estaba aquel descampado, él, nuestra piedra, perdido en un entorno urbano, que seguía siéndole ajeno. Que hacía sólo un rato había deseado tomar un café, que le hubiera venido bien, pero que aquél, que en cierto momento surgió de la nada sin esperarlo, aquél perseguidor que se le adelantaba, que le antecedía, que se le anticipaba, que se le anteponía, que le aventajaba, que descollaba, que le encabezaba, que le precedía, que preexistía, que prevalecía, que sobresalía, que le superaba, se le había adelantado, esquivándole en una maniobra inteligente, para, al parecer, perderlo de una vez por todas… Que había iniciado su travesía por las supuestas callejuelas de un centro de ciudad, en la que presumiblemente seguía estando. Que había deambulado perdido y desorientado hasta encontrar un terreno de albero que le había conducido hasta esta rampa en la que ahora se encontraba… y poco más. Lo importante era seguir avanzando, aún sin saber hacia donde. Tal y como había hecho tras su eclosión milagrosa.
Contemplado el paisaje que había abandonado, se percató de repente, de la presencia cercana de un grupo de muchachas. Sí, eran féminas. De eso estaba convencido. No podía recordar si eran guapas o feas, rubias o morenas o pelirrojas o albinas o calvas. Ni siquiera como iban ataviadas. Aunque sólo fuera para cuestionar su buen o mal gusto, para distinguir la estación primaveral en la que se desarrollaba toda aquella aventura: primavera, verano, otoño o invierno… Nada… Ni de si iban maquilladas o con el rostro puro y transparente... De si portaban algún rasgo distintivo u orientador… Tampoco… Todos aquellos atributos le hubieran servido, sin duda, para clarificar algunos datos. No ya sólo la climatología… al menos lanzar un rayo de luz respecto de sus ocupaciones, adónde se dirigían, que hacían a aquella hora de la supuesta noche-amanecer… Aunque sólo fuese por curiosidad… ¿Se trataba de un grupo de mujeres que iban a aquellas horas a su trabajo? ¿Venían de dejar a sus respectivos niños en el colegio o guardería? ¿Emergían de la nada, en manada, en busca de alguna ganga en las rebajas de un centro comercial? ¿Habían salido a hacer un poco de footing? ¿Era una banda femenina de delincuencia organizada? ¿Un grupo de prostitutas? ¿Yonquis en busca de su dosis? ¿Manifestantes feministas a pequeña escala? ¿Tenían algo que ver con aquel siniestro personaje de minutos antes?… Ni idea… Allí estaban, y le vino bien a él, a nuestro protagonista, que estuvieran, que pasaran a su lado, de la misma forma como había acontecido todo lo anterior, espontáneamente, repentinamente, súbitamente… de forma imprevista… Dado que tras acercarse a ellas, algo tuvo que preguntarles y algo tuvieron que contestarle, sin llegar a entender ni descifrar el qué… Lo único que sabemos, como en las películas de cine mudo, es que nuestro personaje pareció darles las gracias por la información proporcionada… Sin duda y presumiblemente, relacionada con un atisbo de guía, directriz, instrucción, consejo, sugerencia, posición, disposición, indicación, encauzamiento, encarrilamiento, ubicación, situación, colocación… sobre dónde estaba y cómo salir de aquel tablero de juego. Y lo suponía, porque, nada más desaparecer el grupo de chicas, nuestro personaje comenzó a dejar de deambular, a dejar de mirar para todos lados… para encaminarse, con un paso más firme, hacia un lugar concreto… Sí, es verdad, parecía decir con su mirada. No recordaba pero ya sí recuerdo… Dejó de contemplar los edificios con cara sorprendida, para volver a admirarlos, tal y como seguramente había hecho en innumerables ocasiones que había paseado por aquellas encrucijadas urbanas en un pasado no demasiado lejano en el recuerdo.
Y al bajar de la rampa y perder de vista la nebulosa de la explanada, salió a una amplia avenida, en la que cientos de coches se abrían paso en doble dirección y a alta velocidad. Todos ellos con sus faros encendidos, con la sombra de su conductor en el interior. Respiraba feliz y reorientado. Como despertado de un sueño de Sorel convertido en pesadilla, temor, desasosiego, angustia, zozobra, congoja, alucinación o delirio. Y atravesó por un paso de cebra, donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, y los pasos de cebra, como aquel, por el que nuestro paseante, nuestra piedra dotada nuevamente de vida, atravesaba con una expresión de felicidad, a pesar de los riesgos, que ya no eran tantos. La muerte es expresión de vida que se extingue… La inmortalidad sólo de inexistencia… Era, existía, ajeno a los gritos de los otros peatones dirigidos contra los conductores suicidas, con la mala leche que supone tener que poner los pies en la calle, con todos los riesgos que conlleva, para comenzar una nueva jornada de trabajo o de estudio o de compra o de paseo o de estupidez rutinaria… Y aún de noche… Para mirar atrás, contemplando aquellos rostros cansinos, como el que él portaba minutos antes, desgarrados, inertes, muertos, derrotados… Aquellos vehículos que arrancaban de nuevo sus motores para lanzarse en una carrera insensata en pos de un destino determinado…
Tan afortunado y alegre y atinado y contento y dichoso y eficaz y feliz (así por orden alfabético) parecía encontrarse, que sintió en su estómago una especie de necesidad, siempre ajeno al alboroto, a la bulla, a la confusión, al eco, al escándalo, al esplendor, al estallido, al estrépito, al fragor, a la polvareda, a la pompa, a la repercusión, al tumulto (así por orden alfabético) que le rodeaba por todas partes… En el hormigueo de los vivientes que caminaban sobre dos piernas sobre las aceras rebosantes, de los metálicos que se deslizaban sobre cuatro ruedas sobre los asfaltos atestados, de las geométricas que dejaban asomar juegos de luces constantes, de los menos vivientes que correteaban sobre sus cuatro patas arrastrando tras una cuerda recogida al cuello a sus presumibles dueños que sudaban de lo lindo para sostener las incontrolables bestias, que levantando sus patitas traseras inundaban de color y olor aceras, farolas, ruedas de coches, árboles, piernas…Él, se sentía dispensado, exento, inatacable, inmune, inmunizado, inviolable, invulnerable, protegido (así por orden alfabético) o ajeno, diferente, distinto, diverso, extraño, extranjero, foráneo, forastero, indiferente (así por orden alfabético) y cómo no, atrevido, autónomo, descocado, desenvuelto, desocupado, dispensado, disponible, emancipado, escapado, evadido, excarcelado, exento, expedito, franco, fugado, huido, independiente, liberado, libertado, libertino, librado, libre, osado, redimido, rescatado, soberano, suelto, vacante, vacío, (así por orden alfabético), como vacunado de todos y de todo inmunizado, inoculado o inyectado de todo tipo de drogas (aceite de hachís, anfetaminas, barbitúricos, benzodiacepinas, chara, cocaína, codeína, crack, DOET, DOM, éxtasis, ganja, hachís, heroína, hojas de coca, opio, hongos psilocibios, inhalantes, kif, LSD, marihuana, MDA, mescalina, morfina, nicotina, pasta de coca, PCP, sinsemilla, TMA, xantinas ) y de alcoholes relajantes que evaden de las barreduras, de la basura, de la bazofia, de la cochambre, de los desechos, de los desperdicios, de los despojos, del estiércol, del excremento, de la impureza, de la inmundicia, de la mierda, de la mugre, de la porquería, de los restos, del sedimento, de las sobras, de la suciedad, y subiendo el tono evacuatorio de la birria, de la boñiga, de la cagada, de la defecación, de la deposición, del detrito, de la deyección, de la excreción, del excremento, de las heces… que pueblan la realidad mundana gobernada por barreduras, basuras, bazofias, cochambres, desechos, desperdicios, despojos, estiércoles, excrementos, impurezas, inmundicias, mierdas, mugres, porquerías, restos, sedimentos, sobras, suciedades, y subiendo el tono evacutario por birrias, boñigas, cagadas, defecaciones, deposiciones, detritos, deyecciones, excreciones, excrementos, heces (siempre por orden alfabético) de gobernantes con rostros humanos, cuatro patas y una polla que no mide más de cinco centímetros… Por eso se la chupan tanto unos a otros, por eso la universalización de los consoladores… Único consuelo… Al menos de los que tienen el ano demasiado ancho y la boca demasiado pequeña…
Reencontrado consigo mismo, nuestro personaje, en un aislamiento del mundo circundante aburrido, arrastrado, arruinado, cítrico, desnatado, económico, feo, geométrico, globalizado, homogeneizado, imperialista, minusválido, pestilente, religioso, ruidoso, soez, sucio y vomitivo, y en un alarde de suicidio social, decidió alejarse del hormiguero madrugador de aquella mañana, que aún era noche oscura, sin visos de claridad alguna, adentrándose por las callejuelas aledañas a aquellas grandes avenidas, en las que los olores a despojos humanos se hacían más notorios, desde heces desperdigadas de todos los tipos y tamaños, hasta jeringuillas sangrientas abandonadas tras un buen chute de paciencia con sabor a evasión.
Sin más iluminación, que algunos destellos ocasionales de vehículos despistados. Ni siquiera tras las ventanas de los elevados inmuebles de la calle, apuntalados por todas partes, símbolo de la podredumbre de aquellos que no necesitan, como el resto de los mortales, levantarse temprano todas las mañanas, para salir a buscarse la vida… Como si la vida les hubiera perdido… Como si ellos tampoco quisieran encontrarse… Y en su viaje al centro de la humanidad denostada, en la esquina conformada por dos calles en paralelo que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear por fin un café y una tostada rebosante de mantequilla…
Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa ocupada…Velador en el que una chica de unos veintiséis o veintisiete o veintiocho o a lo sumo veintinueve años esperaba no sé sabe qué, ante un vaso no burbujeante de color anaranjado, del que no había consumido más de dos dedos. Sin mirar a ninguna parte en concreto, ni dejando de mirar en todas las direcciones posibles. Sin otro entretenimiento que ser contemplada-admirada por aquel camarero-matón, única compañía… Y un pelo color puerta recién barnizada pero sin brillo cortado por encima de los hombros… Y unos ojos inmensos que transmitían locuras incontrolables… Y un rostro algo redondeado, que posiblemente transmitía tristeza. Sorel aún no estaba presente en aquel juego, claro… Y una especie de top de color verde, que sólo le ocultaba un pecho, voluptuoso y bien formado, dejando al descubierto la piel de sus hombros… Y una falda, que no era más que una excusa para no salir desnuda de cintura para abajo, vaquera, muy por encima de sus rodillas, dejando ver unas piernas deslumbrantes… Y unos pies subidos sobre doce centímetros de tacón fino de unas sandalias verdes y blancas, que dejan entrever cinco dedos cuyas uñas, lacadas también en un rojo pasión, conjuntaban a la perfección con el color de las de sus manos, complemento excelente para aquella ilusión óptica…
No entiendo cómo nuestro personaje abandonó aquella revelación, no cambió el ritmo de su aventura, del sueño anodino, banal, insignificante, insípido, insustancial y pueril del que estaba siendo objeto y sujeto a la vez… Lo cierto es que no lo hizo. Ni tampoco el soñador activo y pasivo, parece ser, que puso de su parte para hacerlo. No lo hice… No quise transformar aquella nada en una historia con contenido más altamente consistente… Porque no era el momento… Ni la persona adecuada… Porque se trata de un sueño… Sin merecer más explicaciones que las que puedan sucederse a partir de ahora… Que es el segundo sueño… Que podrán venir otros muchos… Que puedo que los demás enciendan un poco de luz a este vacío de dos personajes que no tienen intención de encontrarse… Por algo será… Igual que describir al único personaje describible de esta historia pueda decir algo… Sin aventurar nada en beneficio del conjunto… Es la segunda noche… Vendrán otras tantas, sucesivas, en las que todavía no sabemos qué puede ocurrir… De hecho ocurren cosas… Lo sé… Lo he soñado… Aunque hubiese mejorado el relato de propiciar un encuentro menos distante y educado… Sobre todo desde el punto de vista sentimental o sexualmente… Por eso, allí se quedó, viendo todo aquello sin atravesar del todo el umbral… Oteando el horizonte… Para decidir finalmente, que por muy buena que estuviera aquella chica desconocida, por muy estupenda que pueda resultar su compañía, por muy agradable que pudiera resultar aquella música, él quería desayunar de una vez por todas, porque amanecía siendo de noche, no anochecía para tomar unas copas alcohólicas en buena compañía…
Para dar marcha atrás por el mismo camino que había tomado cuando se desvió de sus amplias avenidas, descubriendo, en el cruce que conformaban cuatro estrechas calles, una pequeña aglomeración de personas, situadas delante de una especie de quiosco oscuro, color opaco, que cuanto más me acercaba nuestro personaje, más tonalidad verde iba adoptando, y en el que un tipo, de rostro y vestimenta indefinido, al igual que los rostros y los atuendos de los que estaban a la espera, se afanaba en abrir dos enormes portalones de madera contrachapada, tras los que se ocultaban los instrumentos propios de una barra de bar…
Como esos quioscos colocados estratégicamente a las puertas de los campos de fútbol, en los que se venden salchichas, bebidas, hamburguesas, patatas fritas y otras chucherías… Como esos habitáculos colocados en las ferias de los pueblos y ciudades, en los que se rifa, se vende, se juega, se engaña a inocentes de todas las edades en busca de un regalo pagado a precio de oro…Allí, sobre un pequeño mostrador trasero, una máquina de café, un tostador, una hilera de platos, cubiertos, vasos de diferentes tamaños… Visibles nítidamente bajo las luces desprendidas de aquellas tres desnudas bombillas colgadas con un triste y raquítico cable desde el techo del tenderete, habitáculo, quiosco…
Sin duda había renunciado a la comodidad de desayunar sentado en aquellas mesas de madera, al encanto de compartir con aquella chica un rato agradable, sólo tenerla cerca, aunque sin compartir con ella más que un espacio silencioso, también resultaría, al menos, gratificante, incluso a los sones de aquella música que sonaba diferente a la que estaba acostumbrado a escuchar por cojones en la telebasura y en las radio-fórmulas y en las discotecas y en los bares y en las radios de los coches, que con las lunas bajadas, inundaban de mal gusto, hasta los sones desacompados de los claxones… Pero, a aquellas horas, él prefería desayunar, antes que tomarse cualquier otra cosa. Así, mientras lanzaba miradas de soslayo a los otros partenaires, en los que no descubría, una vez más, ningún rasgo físico definido, le pedía a aquel camarero, tan distinto en su porte al del bar de copas visitado minutos antes, su tostada con mantequilla y su café con leche, como correspondía a aquella horas de la mañana-noche, como los otros comensales hacían a su lado en sus diferentes variadades: café con leche, solo, vaso de leche, cacao, batidos, leche manchada, cortado, carajillo… O bien, tostadas con mantequilla, sin sal, salada, media sal, blanca con tropezones de carne, roja con tropezones de carne, paté, mermelada, aceite, sobrasada, jamón dulce, salado, u otras contundencias más apetitosas y menos digestivas…
Y le vino del carajo aquel piscolabis… Al menos para fortalecer un cuerpo sometido durante las últimas horas a todas las tensiones ya enumeradas… No olvidadas por nuestro personaje, pero sí echadas en la papelera de reciclaje de su ordenador mental… Como aquel despiste inacostumbrado, que le llevó a perderse en una ciudad del todo conocida, salvo aquel rostro femenino, que sí, que parecía imponente, pero que para algo más que contemplar o admirar, era preciso, previamente, llenar el estómago. Como aquella pesadilla momentánea de un tipo que surgió del vacío de la noche, de la explanada desierta de albero, metros antes del oasis con forma de taberna irlandesa de esas que salen en las películas, adelantándosele afortunadamente en un desayuno que después fue, más o menos recompensado… ¿Ir ahora? Siempre era una posibilidad… Así que, marcha atrás en su camino andado, haciéndose todo tipo de pajas mentales, seguro, al menos yo mismo me las haría… Desde que se acercaba a ella con la sonrisa de oreja a oreja… Desde que pedía cortésmente permiso para sentarse a su lado, si no era molestia claro… Desde que iniciaba una conversación amena acerca de que “Fíjese señorita, esta noche me ha pasado una cosa curiosa… Parecía como un sueño… Me encontré, de repente, en un lugar desconocido por mí. Andaba como perdido… Y caminé y caminé, hasta topar con una amplia explanada de suelo albero, que al principio parecía inmensa…” Aburriendo a la más sorda de nuestras interlocutoras… Desde que la incitaba a beber una copa de más… Desde que provocaba, por cualquier medio, cualquier tipo de acercamiento físico, en el que aproximar su cara, por si se escapara algún beso perdido, sus manos, sobre esas piernas tan descubiertas… Y si no se planteaba más preguntas, no era por ganas, sino por pudor, por culpa de aquel penecillo infantil que le acompañaba entre sus piernas, a todas luces vergonzoso por alfeñique, anémico, canijo, enclenque, endeble, enfermizo, enteco, esmirriado y raquítico… Penecillo, que a pesar de todo, creció cuanto pudo dentro de sus pantalones, sin paciencia ni espera, explorando inconscientemente aquel agujero en el que encontrar cobijo durante al menos dos minutos mal contados… Y no dudo tampoco, que al mínimo gesto de tocamiento, explotara vilmente, desbordando toneladas de fluidos almacenados durante tantos meses de abstinencia forzada… Pero no, soportó todo lo que pudo, imaginando su encuentro, sus momentos posteriores, decorados con todo tipo de ficciones propias de películas pornos… Sin ningún tipo de pudor… Hasta llegar de nuevo ante aquel garito situado en la esquina conformada por dos calles en paralelo en la esquina conformada que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear con menos sinsabor un café y una tostada rebosante de mantequilla… Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada… (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día …), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa antes ocupada… Ahora vacía… Mientras su pantalón soportaba toda la presión sanguínea de seis centímetros de deseo incontrolado… Para salir a la calle y explotar sin tiempo a sacársela… Sin tiempo a nada… Más que a manchar de aquel fluido pegajoso su pantalón… Dejando un cerco blancuzco, con el que, al menos, recordar aquella noche de pasión inexistente… Un fetiche que podrá utilizar, a partir de ahora, como fuente de inspiración a la hora de aliviarse de sus soledades prolongadas, como quien utiliza las fotos de las revistas pornográficas, poniéndolas del todo inutilizables a base de tantos fluidos superpuestos…
Y no tuvo más remedio que seguir su camino, aquel que le indicaron presumiblemente aquellas chicas con las que se cruzó en lo alto de la rampa, en su salida de aquella explanada inmensa que no media más de cien metros cuadrados… Y desandó sus pasos encontrados sin volver a perderse más, para salir de nuevo a aquella inmensa avenida, que continuaba atestada de coches y de más coches, de peatones y de más peatones, de mascotas y más mascotas que arrastraban con fuerza a sus dueños a través de la larga correa que les asían al cuello… A pesar de la hora, que no sabía cual era, que no se le ocurrió preguntar, pero que sin duda era alguna, en la que la gente abandona sus hogares para poblar los entornos urbanos de aquella manera tan masificante… Porque no tenía cojones de amanecer todavía, si es que realmente tenía que hacerlo en algún momento determinado… Y nada más dar con la avenida original, aquella por la que atravesó a través de aquel paso de cebra donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, virar a su izquierda, en vez de atravesarla de nuevo, para salir a otra avenida de las mismas características, que la cortaba perpendicularmente, en la que otros cientos de arriesgados pasos de cebra, otros miles de viandantes, otros centenares de miles de coches, otros millones de animales, por no hablar de las arboledas, de los edificios, de las luches, de las paradas de autobús, de las señales de tráfico… configuraban su imagen habitual… Tan conocida esta vez para nuestro personaje, que hasta se atrevió a asegurar su nombre… Que adivinó escrito unos metros más adelante, una vez que giró a la izquierda, camino de su hogar expectante, deletreado en un mosaico blanco adosado a la pared… Aquello era otra cosa, pensó sin duda… Qué despiste más gilipollas… Qué susto se había llevado… Seguro, que desandando el camino andado, su oscuridad mental haría luz por fin, reconociendo aquel territorio, que sólo hoy había sido completamente desconocido… Continuó caminando y caminando durante unos diez minutos, antes de dar el alto a un vehículo de aquellos, en cuyo techo una luz verde luminosa, indica que se trata de un taxi libre… Y se montó en el taxi, aliviado de un destino cercano, de un peso descargado, a pesar del cerco blanco tan visible en su pantalón y del tibio olor a fluido salado que desprendía, y seguro que le dijo bien clarito a aquel conductor, del que sólo veía su nuca y su pelo y su cuerpo de media espalda hacia arriba, su domicilio… Para atravesar algunas calles más abajo, zigzaguear algunos terrenos perfectamente cercanos y posiblemente llegar a un destino que no era más que su fin…

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