Publicidad:
La Coctelera

EL MUNDO DE LAS QUIMERAS

Escribo contigo... Escribes conmigo.... Escribamos juntos...

Categoría: novelas

5 Febrero 2007

Nunca se sabe lo que puede pasar con los sueños de Sorel. Capítulo 2

Segunda noche de los sueños

Unos días después me desperté sobresaltado. El corazón me latía a más velocidad de lo normal en situación de sueño o despertar, de reposo en una palabra… frecuencia cardiaca medida siguiendo la siguiente fórmula:

( FCRlunes + FCRmartes... + FCRdomingo ) / 7

También sentía el cuerpo sudoroso del todo, aunque fuese casi invierno, aunque por la ligera obertura de la ventana del dormitorio entrara una brisa que pelaba la piel a aquellas horas de la madrugada, sobre todo si se duerme desnudo sobre la cama, sin ninguna prenda de abrigo bajo la que cobijarse, como si estuviera incubando una gripe o algún otro virus, no informático… Fue entonces cuando empecé a ser consciente de la causa de aquel malestar repentino… Aquel sueño que me despertó bruscamente y que empezaba a resultarme tan familiar.
Era noche cerrada. Parecía invierno, aunque ni llovía, ni la sensación era de una temperatura extremadamente baja. Por eso, sólo lo parecía. Tampoco por los atuendos inapreciables de la gente, que volvía a casa del trabajo o de los institutos o de los bares o de las compras o del paseo o de cualquier otra parte donde la concurrencia va o puede ir, de donde viene o puede venir. Tumulto en movimiento del que no se distinguía ni siquiera sus rostros. Sólo el regreso de seres que se evaporan. Como las luces de los coches tomadas en una visión nocturna a través de una cámara. Flashes en continuo movimiento hasta su desaparición definitiva. Para dejar paso, instantes después, a luces fijas, encendidas unas detrás de otras, trasladando la noche exterior al día interior, donde, alrededor de una mesa de camilla, se comparten los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos).
Intimidades ajenas a la soledad exterior, iluminada únicamente por las amarillentas luces de farolas distribuidas cada cincuenta metros…
Por los faros de los vehículos que se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa camilla de todas las noches… Total, si siempre es lo mismo: los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día, los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño” de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza...). Luces exteriores tenues, que invitan a la huida interior… Todos huyen, salen corriendo, en busca de calor humano… Sonidos silenciosos, sólo decapitados por el estruendo de los motores de los vehículos, que como ya hemos dicho, se lanzan a velocidades de vértigo por aquellas callejuelas estrechas, conducidos por rezagados de la última copa, ebrios de tedio, que prefieren el aroma de la malta fermentada a la rutina alrededor de la mesa de camilla de todas las noches. Ni siquiera el crujir de los cierres metálicos de los comercios, mudos hasta la jornada siguiente. Ni el golpear de los nudillos de unas manos desconocidas al portalón de entrada a un inmueble. Ni el aleteo de murciélagos cegatos golpeando sus cuerpos contra ventanas cerradas a cal y canto. Ni los tacones desgastados sobre el empedrado de la calle en el deambular cansino de las prostitutas, que a esa hora comienzan su jornada laboral. Ni el maullido de un gato muerto de hambre y de frío a aquellas horas de la noche. Ni la eclosión del viento susurrando en el desierto urbano, ni de la lluvia, ni de los truenos… Porque aquella noche ni llueve, ni truena, ni ventea, sólo un cielo azul turbulento y enlutado, que deja asomar algunas estrellas perdidas, que no cesan de guiñar sus ojos en su afán de conquista… Pero las estrellas tampoco hacen ruido, al menos aparente. Nada que se le parezca. Paz, sosiego y calma exterior contrastada con interioridades desconocidas, a las que no tenemos acceso, porque no somos ellos, sino otros, como él, otro, en medio de aquel inmenso remanso desconocido.
Él, víctima de mi sueño, protagonista abandonado sobre aquella turba decapitada, como una pieza de ajedrez que desconoce las reglas del juego, de un vagabundo sin techo, instantes después de un toque de queda en tiempos de democracia, perdido, desorientado, dejado de la mano de un Dios que ni siquiera aparece en los sueños… Que no era yo… Que no me veo en mi propio sueño… Que no me identifico con su rostro imperceptible, ni con sus movimientos ridículos… Que tal vez sea yo que no quiero reconocerme… Juzguen ustedes… Allí, en aquel punto de la calle que le era completamente desconocida hasta entonces. Allí, en aquel punto de la calle donde él era un desconocido completamente para los presentes de antes y los ausentes de ahora. Allí, donde ni siquiera nuestro desconocido sabía lo que hacía. Como si subido a un avión hubiese sido arrojado en paracaídas en un punto determinado al azar. Siendo éste el culpable de que él, nuestro desconocido para ellos y para nosotros (carecía de rostro, no ya desdibujado, sino sin él, como decapitado de materia corpórea, como la mayor parte de todos los rostros de todos los sueños, aunque imaginemos que nuestros personajes sean seres reales que conocemos, sin identificarlos claramente, son ellos, los percibimos, los sentimos, los padecemos, nos hacen llorar o reír, mueren, viven o están simplemente).
En ese punto determinado de aterrizaje forzoso decidió tirar en una dirección determinada. Tanto a su izquierda como a su derecha se perdía la misma calle interminable. A su derecha en un horizonte más luminoso, más contemporáneo… A su izquierda, todo lo contrario, como adentrándose en el corazón de una ciudad, donde la luz se hacía más opaca a su paso, los edificios más en desuso por efecto de la antigüedad... Pero, sin duda, pensó sobre la marcha, que el camino de la derecha lo alejaba del centro de la supuesta ciudad en la que se encontraba, mientras, el camino de la izquierda, lo acercaba a algún lugar determinado en el que debía cumplir una misión. ¿Estaba allí para una misión? Yo que sé. Estaba. Apareció de repente. Andar por andar desorientado, ¿Buscar algo? Tampoco lo sé. Algo tendría que hacer, porque tampoco era consciente el pobre de que era víctima de un sueño de un desconocido o conocido, que para el caso era lo mismo, como ente onírico que era. También podría esperar allí sin moverse el momento del despertar, para desaparecer definitivamente en los limbos de los sueños evaporados. Pero no, puesto que no era consciente de lo que era, sólo de que estaba allí, sólo de que algo debía de hacer… Y lo hizo. Y tomó la dirección de la izquierda. La de las callejuelas más estrechas, más abandonadas si cabe, más silenciosas aún, más oscuras todavía… Ni siquiera mendigos vomitando el último trago de vino barato, o delincuentes afilando su navaja, o guardianes de la ley despertando mendigos vomitando su último trago de vino barato o espantando delincuentes que afilaban su navaja… Nada de nada… Nadie de nadie… Ni siquiera sus pensamientos que no tenía, ni una conciencia determinada, como seres que ni sienten ni padecen, que están pero que no son, como una piedra abandonada a su suerte en medio de un camino que conduce a su desgaste definitivo en arenilla, que un día será barrida y arrojada al cubo de la basura, esparcida por un incesante vendaval…
Nuestra piedra caminaba…
De repente, en un momento determinado del sueño, un vacío mental. Como un despertar que no es tal. Como una escena de una película cortada. Sin llegar a entender la secuencia. Como si nos faltara algún detalle que se nos ha perdido por el camino. Un hueco. Un abismo en negro absoluto. Como un soñador víctima de un fallecimiento repentino… Consecuencia: deja de soñar, el sueño desaparece, el personaje del sueño también… no despierta, está muerto.

Son vacíos mentales que también les ocurren a los vivos… A los que no sueñan… A los que permanecen despiertos eternamente…Que en la fantasía provoca una sucesión de imágenes inconexas, que en su conjunto tienen un sentido, pero que en el paso de unas a otras, carecen de sentido… Y la muerte es negra, al igual que los sueños, al igual que la noche, al igual que la oscuridad de los ojos cerrados. Como aburrido de seguir soñando lo que estaba soñando, planea un salto de momentos determinados, de laberintos sin salida que no conducen ni a un abismo ni a ninguna parte, haciendo reaparecer al personaje, la piedra, él, segundos después en un entorno menos solitario y abandonado, aunque igual de desconocido que el anterior. Pero algo es algo.
Podría imaginarme que él, la piedra, ha encontrado una salida… No lo sé… Lo único cierto es, que de repente, le veo reaparecer de nuevo, que continúa caminando, ahora en línea recta, que han desaparecido los recovecos de las oscuridades… Un inmenso pasillo destartalado se abre ahora ante su vista. Entendiendo por un pasillo, una especie de sendero abierto en medio de una planicie, iluminada por farolas que desprenden luces amarillentas… Sigue siendo de noche… No ha cambiado para nada la ubicación temporal… No se aprecian construcciones de ningún tipo, ni altos edificios, ni casas de vecinos, ni naves industriales o comerciales… Ninguna construcción… Sólo esa explanada abandonada, de suelo albero, con un camino por el que nuestro personaje continúa vagando, no sé si con paso firme, pero al menos recto, en dirección única… Como la vida misma… Como la propia soledad, que también sigue siendo manifiesta… Nadie… Nada que resaltar tampoco… Él… La piedra abandonada… Sí puedo recordar algo concreto… Que nuestro personaje caminaba de espaldas al sueño… Como situando, justo por detrás, una cámara desde la que le están filmando… Desde la que se observa por el objetivo un hombre que camina hacia delante a través de un camino de albero abierto en una inmensa explanada abandonada, sin vestigios de construcciones ni de vida cercana… Sólo soledades temporales de una persona, de la que no distinguimos apariencia alguna, tal vez su edad, haciendo un notable esfuerzo por recuperar información del disco duro de la memoria… Podría hasta asegurar que se trata de un chico joven… Que no ha alcanzado todavía los cuarenta, ni siquiera los treinta y cinco… No sé porque puedo imaginarme esto... Pero lo hago… Podría improvisar un cierto paralelismo con un diario de la existencia temporal… Senderos abiertos en medio de inmensidades anónimas, disfrazadas, escondidas, extrañas, ignoradas, irreconocibles, foráneas, forasteras, mudadas, ocultas y firmes, fuertes, inconquistables, inexpugnables, inquebrantables, insuperables, invencibles, sólidas y tenaces en su anonimato, en su disfraz, en su escondite, en su extrañeza, en su ignorancia, en su irreconocibilidad, en su foraneidad, en su extranjería , en su mudanza, en su ocultación… Sobre ellos nosotros… En un ejercicio de total aburrimiento, como el sueño… Aunque es preferible que nunca pase nada antes que estén siempre ocurriendo, porque habitualmente las cosas que ocurren no siempre son deseables… Pero en el sueño tampoco pasa nada. La consecuencia de este tedio no puede ser otra que
1. Nadie leerá esto nunca… y quien se atreva a leer la primera página y alcance al menos la seis, cerrará el libro, lo abandonará definitivamente, lo regalará a su peor enemigo, lo quemará hasta hacerlo desaparecer del todo evitando que caiga en manos de cualquier inocente curioso que sienta la tentación de abrirlo… incluso de intentar leerlo…
2. Nuestro soñador es un tipo de lo más aburrido… Siempre soñamos situaciones que nos llaman la atención… Hechos reales que revivimos con la pasión del descanso, que nos llega incluso a alterar, a convertirse en pesadilla… Nuestra mente genera sueños donde seres queridos se mueren de repente, entonces imaginamos nuestro dolor ante el cuerpo inerte de nuestra madre, de nuestro padre, de nuestro hermano, de nuestra hijo, de nuestra mujer o marido o amante o amigo… Donde caemos en la ruina más tremebunda y somos desposeídos de nuestras posesiones hasta ayer hipotecadas, para terminar deambulando, con una mano delante y otra detrás, en busca de caridad, cobijo, trabajo… Donde conquistamos a la chica de nuestros sueños, que en la vida diaria se nos aleja, se nos hace inalcanzable, pero que en los sueños somos capaces de acercarnos a ella, de hablarle, de recitarle una palabra bonita al oído, de verla sonreír, de meterle mano entre los muslos, hasta imaginamos que ella se ríe y se deja hacer… Pero no, nuestro soñador no sueña nada atrevido o aventurero, con alguna acción posible… Un tío desconocido que se pierde en una ciudad desconocida en una noche solitaria. Novela de inacción-repetición.
Sin saber quién era concretamente, qué hacía allí, por qué estaba en ese lugar preciso y no en otro, hacía donde se dirigía, con qué fin u objetivo… La única evidencia es su existencia y estancia, que delante de sí se abría un horizonte completamente despejado…
Camina solitario, como intentando buscar la salida, la meta, el despertar, un poco de luz en toda aquella oscuridad… De repente, unos metros delante de él, alguien. Sí, si hace sólo unos segundos su horizonte estaba completamente despejado, cómo, súbitamente, como surgido también de la nada, ve aparecer otra figura que camina en su misma dirección unos metros más adelante. Como otra ficha de la partida, que tras sido un dado, es colocada dos o tres casillas precediendo a la suya. Sólo distingue que también es masculina, que parece vestir de negro, al menos con una indumentaria de color oscuro… Parece que camina más despacio que él, o él con una cadencia de pasos más acelerada… Lo cierto es, que en unos instantes, la distancia se reduce considerablemente… Aunque pudiera parecer un consuelo, el hecho de encontrarse con alguien en un espacio de aquellas características, de no encontrarse sólo por más tiempo, una referencia que pudiera orientarle en su búsqueda indefinida… Pensándolo bien, no lo era… Brotando en él una sensación de miedo… Imaginándose a un presunto ladrón nocturno en busca de un botín alcanzable con más facilidad a aquellas horas… A un asesino necesitado de una nueva víctima… Cuando ocurre cualquier hecho inesperado, los seres humanos siempre nos ponemos en la peor tesitura imaginada…Cuando montamos en un avión, que es nuestra nave la que se va a estrellar dejando más de doscientos muertos, yo entre ellos… Cuando esperamos que llegue un ser querido, que todos los días aparece a la misma hora, y hoy no, comenzamos a pensar que le ha ocurrido alguna desgracia… Cuando vamos al médico porque apreciamos un dolor repentino hasta ese momento, desbocado, descontrolado, desenfrenado, incontrolado, libre, suelto y campando a sus anchas por nuestro organismo, ya creemos que se trata de una enfermedad incurable que nos conducirá irremediablemente al dolor, al sufrimiento, a la muerte… Pues bien, él sintió ese miedo… Hasta el punto, que desaceleró su marcha… Siempre nos embarga esa sensación ante un fenómeno de esas características al que no sabemos enfrentarnos a priori, a posteriori muchas veces tampoco.
Hace unos instantes, cuando nuestro personaje aterrizó en aquellas coordenadas espacio-temporales inexploradas, no tuvo la misma impronta… Tampoco cuando decidió tomar la dirección de la izquierda, aún siendo perceptible la diferencia entre un camino iluminado y otro más tenebroso hipotéticamente… Ni siquiera cuando imaginó, que tras aquellas callejuelas más estrechas, más abandonadas, más silenciosas, más oscuras… podrían encontrar su refugio mendigos vomitando el último trago de vino barato, o delincuentes afilando su navaja, o guardianes de la ley despertando mendigos vomitando su último trago de vino barato o espantando delincuentes que afilaban su navaja. Pero la huella no fue entonces de miedo, tal vez descontrol o desorientación… Ahora era distinto… Había alguien delante suyo, que frenaba además su caminar, como intentando un acercamiento de consecuencias misteriosas, de propósitos ignorados… Además si el otro se lanzara contra él contaría con muy poca defensa, en un mundo que le era ajeno… Ni siquiera encontrarían su cuerpo desangrado… Y de encontrarlo, dónde remitirlo, si ni siquiera sabía quién era él mismo… Mejor evitar siempre cualquier riesgo… Así, sin llegar a parar del todo su paso, su cadencia era como la de una tortuga inspeccionando un territorio nuevo… Aún así, ahí seguía, delante suya, sin aumentar la distancia que les separaba… Diría incluso que se encontraban cada vez más cerca, como si el otro, consciente de la maniobra del que caminaba detrás, redujera constantemente su marcha… Como una sombra propia de la que no sabemos nunca cómo deshacernos, siempre pegada a nosotros, imitando todos nuestros movimientos… Él, con la mirada siempre fija en el cuerpo casi inmóvil de su supuesto agresor, de belicosas y ficticias intenciones, vio cómo de pronto, su rostro se giraba hacia el suyo, sin parar su paso, sólo el gesto del vistazo momentáneo… Como si el otro, sintiéndose por un momento perseguido o acosado, situación que no duró más que escasos minutos, no más de cinco o diez, quisiera descubrir tras de él, quien era el sujeto perseguidor o acosador… Seguramente, al descubrir en éste una especie de pánico absurdo, porque era el que le seguía quien iba por detrás, el que le atosigaba en su caminar tranquilo y sereno, volvió su rostro al frente para reiniciar su marcha, como diciéndose a sí mismo, ¿qué me puede hace ese con esa cara? … La sensación en él, en nuestra piedra, en nuestro ente que sentía ni padecía, ahora acojonado de la vida, era totalmente distinta: esa ojeada no tenía otro sentido que la de descubrir el rostro de su víctima, rostro, por cierto, totalmente descompuesto por las circunstancias, expectante ante el inevitable desenlace… ¡Qué sea lo que Dios quiera!…
Y lo que Dios quiso fue, que en esa inmensa explanada de albero, la exhibición de una nueva sorpresa fulminante, imprevista, inesperada, insospechada, rápida, repentina, súbita (así, por orden alfabético)… En esa inmensa y desolada explanada de albero, aparece, por el lado derecho de nuestra visión, la barra de un bar… Como dejada caer desde ninguna parte para ocupar aquel espacio, como una alucinación ocultada hasta entonces por una espesa niebla, que desaparece por arte de magia mostrando aquel nuevo espacio, que en ningún momento anterior, se había avistado en el acercamiento paulatino de nuestra cámara… No un local cerrado, sino un bar sin paredes, ni puertas, ni cristaleras a la calle… No sé que influencia podría tener la película “Dogville”, que había visto hacía unos días, sobre aquella imagen difuminada en mi mente y que ahora se proyectaba con tantas nitidez en mi sueño… Lo cierto es, que tampoco aquello era una calle considerada como tal, si bien tampoco aparecían los nombres escritos sobre la calzadas, ni siquiera había separaciones entre interiores y exteriores… Sólo una barra de madera desgastada y oscurecida, que separaba de un lado, taburetes, donde algunos culos reposaban a aquellas horas tomando algo, acodados sobre la barra, siempre de espaldas a la cámara, mostrando perfiles humanos diluidos, de otro lado, un mostrador, tras el que un camarero iba y venía atendiendo las necesidades de sus clientes… Máquina de café a pleno rendimiento, tostadas y bollería diversa, como si aún siendo noche cerrada, que lo era al menos en el color del cielo, estuviera amaneciendo, y aquellas criaturas desdibujadas estuviesen desayunando. También sobresalía en la decoración de aquel destartalado bar, estilo taberna americana, de esas que salían en las películas de John Wayne, tres o cuatro pilares, que parecían de madera, y que sostenían un supuesto techo invisible… Cinco o seis estantes colgados en la pared, alojando botellas de licores diferentes… Nada más… Imagen ésta que puede generar mil dudas.. Qué hacía allí aquella taberna destartalada, en medio de aquel escampado solitario… De dónde habían salido aquellos supuestos clientes, apostados en la barra y tomando un desayuno a aquellas horas de la noche, aunque presumiblemente parecía estar rompiendo el día, si segundos antes de aquella nueva imagen… Nada… Nadie más que el perseguidor que le precedía como una figura invitada en el reparto teatral de este sueño… Sí, esto es un sueño… Los sueños, como dice la canción, sueños son… Para qué intentar buscarles explicación…
Tal vez le apeteciera a nuestro personaje un café caliente, algo que comer… Cualquier cosa con tal de despistar del todo a su agresor… Como una tabla de salvación, ideada por la propia maquinaria del sueño, para salvar a su protagonista principal. De hecho pensó buscar refugio allí, hizo la intención con un leve movimiento de su cuerpo hacia la derecha, pero la duda le salvó de una situación algo más comprometida… El otro, el que antecedía sus pasos, hizo lo que él tenía pensado hacer como vía de escape… Detenerse en aquel bar… Y así lo hizo… Y así no lo hizo nuestro sujeto, afortunadamente para él… Porque aquella maniobra del otro le sirvió para respirar tranquilo, para proseguir su camino recto en busca de un destino determinado… Y pudo imaginar, que no tenía que haber sido tan mal pensado respecto al otro… Que tal vez era cualquier ser normal que había salido de casa a aquellas horas de la noche para desayunar algo antes de encaminarse al trabajo… En numerosas ocasiones, tras una sensación de pánico se encuentra una bobada, una estupidez, una idiotez, una memez, una necedad, una sandez, una simpleza, una tontería…
Allí se quedó el otro, subido en su taburete de madera, de espaldas a nuestro personaje al pasar a su altura, pendiente de los movimientos agotadores del camarero… salvo, por un segundo, una mirada atrás, una simple ojeada, en la que las miradas de uno y otro se cruzaron de nuevo… Miradas que encierran demasiadas interrogaciones: ¿Quién eres? ¿Qué buscas? ¿Por qué me miras? ¿Qué haces aquí?... O ninguna interrogación… Sólo momentos, casualidades, situaciones absurdas, fortuitas, que no quieren decir nada, porque no tienen nada que decir.
Él siguió su camino… Pensando seguramente que le hubiera venido bien una parada en su itinerario… Un café… Un descanso… Para una vez que descubre un algo de luz, un algo de calor humano, una palabra que expresar a alguien, aunque sólo fuera “Me pone un café, por favor”… De no haber sido por aquel intruso que irrumpió en su vida momentáneamente, ahora estaría subido sobre uno de aquellos taburetes de madera… Mirándolo bien, tal y como se estaban poniendo las cosas, tampoco puede mostrarse demasiado exigente… Aquel fantasmagórico café le sirvió para perder de vista aquella sombra amenazante… Podría consolarse pensando, ya encontraré, ahora que parece que está amaneciendo, otros cafés donde poder saciar ese pequeño capricho del final de esta aventura nocturna…
Él siguió su camino, mientras un pensamiento podría pasar por su mente… El tiempo que llevaba deambulando sin parar… Aunque, bien es cierto, tampoco había andado tanto, desde que fue abandonado en aquella calle, que devino desierta, como por arte de magia, por sus residentes habituales a la caída de la noche, hasta que empezó a descubrir a los primeros madrugadores de la mañana… ¿Habían pasado tantas horas? … Las cuestiones temporales en los sueños son imperceptibles… El tiempo puede pasar a velocidades de vértigo, puede pararse el reloj en un punto determinado y ni siquiera transcurrir… Son los colores de los cielos, las intensidades de las luminosidades, los actos rutinarios de los seres que se mueven, los que nos dan una idea de que el tiempo pasa, que no lo podemos parar, que comienza un día, transcurre, continúa transcurriendo, siempre lo mismo, y un día y otro y otro y otras medidas artificiales de tiempo que se repiten: semanas, meses, años, lustros, siglos, milenios… sin detenerse nunca desde los comienzos, perdidos en el olvido.
Pero los cielos continúan tenebrosos en su color. Parece que no va a amanecer nunca... La soledad se hizo de nuevo… La explanada seguía cubriendo su horizonte. Nada de nada… Nadie de nadie… Sólo albero y más albero, y el sendero abierto artificialmente en un punto determinado. Sin palabras, sin pensamientos… como una máquina que se desplaza en un movimiento fijo, un muñeco de cuerda programado durante un tiempo… un paso algo más acelerado, retomando el inicial, ahora que el obstáculo ha desaparecido de su visión.
¿Pero vendrá por detrás? Imagino que llegó a pensar, porque en un momento dado se paró del todo, quedó inmóvil, volvió la vista hacía detrás… Pero tras de sí no había nadie, nada más que oscuridad, ni siquiera el café se vislumbraba a lo lejos, nada, sólo explanada, como perdido en un inmerso desierto de tierra amarillenta, de noche cerrada, en el que el oasis no fue más que un espejismo, su acosador otro, sólo él, que siguió su paso más tranquilo, lejos ya de cualquier peligro, aunque nunca se sabe.
Sólo iluminado por la oscuridad de la noche, ninguna farola, ninguna luz amarillenta, como si la luna y las estrellas, completamente inapreciables desde aquel lugar, matizaran algo de fulgor en la lobreguez impuesta… para, en un momento dado, divisar en lontananza un cambio completo de paisaje... Sí, parecía que la explanada llegaba a su fin, que conducía a alguna parte determinada… A lo lejos se divisaban altos bloques de vivienda. Repletos de pequeñas ventanas iluminadas. Como si fuese una nueva noche que empieza y la gente volviera a refugiarse en sus hogares… Como si estuviese amaneciendo y todas aquellas bombillas encendidas fueran el reflejo de los despertares a una jornada nueva… Rostros adormilados, legañosos, con melenas revueltas… Buscando un café recién hecho con el que intentar espabilar el cuerpo y despejar el espíritu… Una ducha con la que refrescar los sudores producidos por pesadillas rocambolescas, las pieles sudosas tras un intenso polvo antes de cerrar los ojos y echarse a dormir, los cuerpos agotados por profundos insomnios… Sobre todo silencios, rotos por niños que comienzan sus días cargados de la fuerza propia de quienes no entienden nada de la vida, que después va desapareciendo paulatinamente, a la vez que la piel se arruga, las fuerzas se desgastan, los ánimos decrecen… No quiero ni pensar que la noche se haya apoderado del cielo y se eternice… Cómo podríamos imaginar la ausencia de la luz del sol, las blanquecinas nubes poblando los cielos, el color celeste… Mejor ni pensarlo, da igual que estuviera anocheciendo o amaneciendo, que la gente desayune al acostarse o cene al despertar, costumbres o rutinas impuestas por la costumbre…
Él, nuestra piedra, ya tenía, al menos, una meta: acercarse a aquellos bloques elevados, que aunque extraños, le absorbían de los silencios y de las soledades de antes… Conforme se acercaba a su objetivo, vio como una enorme rampa inclinada se abría desde la explanada hasta civilizaciones más cercanas y pobladas. También los límites de la inmensa extensión que parecía haber atravesado durante la noche. Enormes muros de ladrillo servían de fronteras para aquella destartalada superficie de albero amarillento. Sobre uno de los laterales, una inmensa grieta sobre la que desembocaba aquella rampa.
A pesar de augurar un mundo poblado cercano, el silencio continuaba embargándolo todo… Incluso a los pies de la rampa, al inicio de la ascensión… Ningún cambio aparente a lo vivido durante las últimas horas. Ni siquiera un alma visible detrás suya conforme iba ascendiendo y le dio por mirar atrás… Nadie… Nada… Ni siquiera su perseguidor que se le adelantaba, que le antecedía, que se le anticipaba, que se le anteponía, que le aventajaba, que descollaba, que le encabezaba, que le precedía, que preexistía, que prevalecía, que sobresalía, que le superaba… Tan sólo, una visión que sí podría parecer sorprendente (dentro de los límites del asombro, de la conmoción, del desconcierto, de la estupefacción, del estupor, de la exclamación, de la extrañeza, de la fascinación, de la impresión, del pasmo, del sobresalto, de la sorpresa en el mundo de lo onírico… ninguno): la explanada que acababa de atravesar no mediría más de cien metros cuadrados. Un cuadrado perfectamente diseñado, de superficie terrosa, amurallada en su totalidad, salpicada con algunos follajes silvestres, abandonada del todo y rodeada por sus cuatro lados por inmuebles de todo tipo… Como si se tratara de los restos de un basto edificio derruido… Visión que difería completamente de la percibida durante su peregrinaje… ¿Toda la noche caminando para atravesar sólo cien metros? ¿Dónde pasó todo ese tiempo? ¿Y los restos del supuesto bar donde había tomado café tan sólo unos instantes antes? … Pero vuelvo a decir, los sueños son sueños, y buscarle alguna explicación racional o mínimamente coherente puede suponer toda una tesis psicoanalítica, para la que ni estamos preparados, ni es el objetivo de esta narración. Lo único cierto es, que ahí estaba aquel descampado, él, nuestra piedra, perdido en un entorno urbano, que seguía siéndole ajeno. Que hacía sólo un rato había deseado tomar un café, que le hubiera venido bien, pero que aquél, que en cierto momento surgió de la nada sin esperarlo, aquél perseguidor que se le adelantaba, que le antecedía, que se le anticipaba, que se le anteponía, que le aventajaba, que descollaba, que le encabezaba, que le precedía, que preexistía, que prevalecía, que sobresalía, que le superaba, se le había adelantado, esquivándole en una maniobra inteligente, para, al parecer, perderlo de una vez por todas… Que había iniciado su travesía por las supuestas callejuelas de un centro de ciudad, en la que presumiblemente seguía estando. Que había deambulado perdido y desorientado hasta encontrar un terreno de albero que le había conducido hasta esta rampa en la que ahora se encontraba… y poco más. Lo importante era seguir avanzando, aún sin saber hacia donde. Tal y como había hecho tras su eclosión milagrosa.
Contemplado el paisaje que había abandonado, se percató de repente, de la presencia cercana de un grupo de muchachas. Sí, eran féminas. De eso estaba convencido. No podía recordar si eran guapas o feas, rubias o morenas o pelirrojas o albinas o calvas. Ni siquiera como iban ataviadas. Aunque sólo fuera para cuestionar su buen o mal gusto, para distinguir la estación primaveral en la que se desarrollaba toda aquella aventura: primavera, verano, otoño o invierno… Nada… Ni de si iban maquilladas o con el rostro puro y transparente... De si portaban algún rasgo distintivo u orientador… Tampoco… Todos aquellos atributos le hubieran servido, sin duda, para clarificar algunos datos. No ya sólo la climatología… al menos lanzar un rayo de luz respecto de sus ocupaciones, adónde se dirigían, que hacían a aquella hora de la supuesta noche-amanecer… Aunque sólo fuese por curiosidad… ¿Se trataba de un grupo de mujeres que iban a aquellas horas a su trabajo? ¿Venían de dejar a sus respectivos niños en el colegio o guardería? ¿Emergían de la nada, en manada, en busca de alguna ganga en las rebajas de un centro comercial? ¿Habían salido a hacer un poco de footing? ¿Era una banda femenina de delincuencia organizada? ¿Un grupo de prostitutas? ¿Yonquis en busca de su dosis? ¿Manifestantes feministas a pequeña escala? ¿Tenían algo que ver con aquel siniestro personaje de minutos antes?… Ni idea… Allí estaban, y le vino bien a él, a nuestro protagonista, que estuvieran, que pasaran a su lado, de la misma forma como había acontecido todo lo anterior, espontáneamente, repentinamente, súbitamente… de forma imprevista… Dado que tras acercarse a ellas, algo tuvo que preguntarles y algo tuvieron que contestarle, sin llegar a entender ni descifrar el qué… Lo único que sabemos, como en las películas de cine mudo, es que nuestro personaje pareció darles las gracias por la información proporcionada… Sin duda y presumiblemente, relacionada con un atisbo de guía, directriz, instrucción, consejo, sugerencia, posición, disposición, indicación, encauzamiento, encarrilamiento, ubicación, situación, colocación… sobre dónde estaba y cómo salir de aquel tablero de juego. Y lo suponía, porque, nada más desaparecer el grupo de chicas, nuestro personaje comenzó a dejar de deambular, a dejar de mirar para todos lados… para encaminarse, con un paso más firme, hacia un lugar concreto… Sí, es verdad, parecía decir con su mirada. No recordaba pero ya sí recuerdo… Dejó de contemplar los edificios con cara sorprendida, para volver a admirarlos, tal y como seguramente había hecho en innumerables ocasiones que había paseado por aquellas encrucijadas urbanas en un pasado no demasiado lejano en el recuerdo.
Y al bajar de la rampa y perder de vista la nebulosa de la explanada, salió a una amplia avenida, en la que cientos de coches se abrían paso en doble dirección y a alta velocidad. Todos ellos con sus faros encendidos, con la sombra de su conductor en el interior. Respiraba feliz y reorientado. Como despertado de un sueño de Sorel convertido en pesadilla, temor, desasosiego, angustia, zozobra, congoja, alucinación o delirio. Y atravesó por un paso de cebra, donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, y los pasos de cebra, como aquel, por el que nuestro paseante, nuestra piedra dotada nuevamente de vida, atravesaba con una expresión de felicidad, a pesar de los riesgos, que ya no eran tantos. La muerte es expresión de vida que se extingue… La inmortalidad sólo de inexistencia… Era, existía, ajeno a los gritos de los otros peatones dirigidos contra los conductores suicidas, con la mala leche que supone tener que poner los pies en la calle, con todos los riesgos que conlleva, para comenzar una nueva jornada de trabajo o de estudio o de compra o de paseo o de estupidez rutinaria… Y aún de noche… Para mirar atrás, contemplando aquellos rostros cansinos, como el que él portaba minutos antes, desgarrados, inertes, muertos, derrotados… Aquellos vehículos que arrancaban de nuevo sus motores para lanzarse en una carrera insensata en pos de un destino determinado…
Tan afortunado y alegre y atinado y contento y dichoso y eficaz y feliz (así por orden alfabético) parecía encontrarse, que sintió en su estómago una especie de necesidad, siempre ajeno al alboroto, a la bulla, a la confusión, al eco, al escándalo, al esplendor, al estallido, al estrépito, al fragor, a la polvareda, a la pompa, a la repercusión, al tumulto (así por orden alfabético) que le rodeaba por todas partes… En el hormigueo de los vivientes que caminaban sobre dos piernas sobre las aceras rebosantes, de los metálicos que se deslizaban sobre cuatro ruedas sobre los asfaltos atestados, de las geométricas que dejaban asomar juegos de luces constantes, de los menos vivientes que correteaban sobre sus cuatro patas arrastrando tras una cuerda recogida al cuello a sus presumibles dueños que sudaban de lo lindo para sostener las incontrolables bestias, que levantando sus patitas traseras inundaban de color y olor aceras, farolas, ruedas de coches, árboles, piernas…Él, se sentía dispensado, exento, inatacable, inmune, inmunizado, inviolable, invulnerable, protegido (así por orden alfabético) o ajeno, diferente, distinto, diverso, extraño, extranjero, foráneo, forastero, indiferente (así por orden alfabético) y cómo no, atrevido, autónomo, descocado, desenvuelto, desocupado, dispensado, disponible, emancipado, escapado, evadido, excarcelado, exento, expedito, franco, fugado, huido, independiente, liberado, libertado, libertino, librado, libre, osado, redimido, rescatado, soberano, suelto, vacante, vacío, (así por orden alfabético), como vacunado de todos y de todo inmunizado, inoculado o inyectado de todo tipo de drogas (aceite de hachís, anfetaminas, barbitúricos, benzodiacepinas, chara, cocaína, codeína, crack, DOET, DOM, éxtasis, ganja, hachís, heroína, hojas de coca, opio, hongos psilocibios, inhalantes, kif, LSD, marihuana, MDA, mescalina, morfina, nicotina, pasta de coca, PCP, sinsemilla, TMA, xantinas ) y de alcoholes relajantes que evaden de las barreduras, de la basura, de la bazofia, de la cochambre, de los desechos, de los desperdicios, de los despojos, del estiércol, del excremento, de la impureza, de la inmundicia, de la mierda, de la mugre, de la porquería, de los restos, del sedimento, de las sobras, de la suciedad, y subiendo el tono evacuatorio de la birria, de la boñiga, de la cagada, de la defecación, de la deposición, del detrito, de la deyección, de la excreción, del excremento, de las heces… que pueblan la realidad mundana gobernada por barreduras, basuras, bazofias, cochambres, desechos, desperdicios, despojos, estiércoles, excrementos, impurezas, inmundicias, mierdas, mugres, porquerías, restos, sedimentos, sobras, suciedades, y subiendo el tono evacutario por birrias, boñigas, cagadas, defecaciones, deposiciones, detritos, deyecciones, excreciones, excrementos, heces (siempre por orden alfabético) de gobernantes con rostros humanos, cuatro patas y una polla que no mide más de cinco centímetros… Por eso se la chupan tanto unos a otros, por eso la universalización de los consoladores… Único consuelo… Al menos de los que tienen el ano demasiado ancho y la boca demasiado pequeña…
Reencontrado consigo mismo, nuestro personaje, en un aislamiento del mundo circundante aburrido, arrastrado, arruinado, cítrico, desnatado, económico, feo, geométrico, globalizado, homogeneizado, imperialista, minusválido, pestilente, religioso, ruidoso, soez, sucio y vomitivo, y en un alarde de suicidio social, decidió alejarse del hormiguero madrugador de aquella mañana, que aún era noche oscura, sin visos de claridad alguna, adentrándose por las callejuelas aledañas a aquellas grandes avenidas, en las que los olores a despojos humanos se hacían más notorios, desde heces desperdigadas de todos los tipos y tamaños, hasta jeringuillas sangrientas abandonadas tras un buen chute de paciencia con sabor a evasión.
Sin más iluminación, que algunos destellos ocasionales de vehículos despistados. Ni siquiera tras las ventanas de los elevados inmuebles de la calle, apuntalados por todas partes, símbolo de la podredumbre de aquellos que no necesitan, como el resto de los mortales, levantarse temprano todas las mañanas, para salir a buscarse la vida… Como si la vida les hubiera perdido… Como si ellos tampoco quisieran encontrarse… Y en su viaje al centro de la humanidad denostada, en la esquina conformada por dos calles en paralelo que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear por fin un café y una tostada rebosante de mantequilla…
Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día…), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa ocupada…Velador en el que una chica de unos veintiséis o veintisiete o veintiocho o a lo sumo veintinueve años esperaba no sé sabe qué, ante un vaso no burbujeante de color anaranjado, del que no había consumido más de dos dedos. Sin mirar a ninguna parte en concreto, ni dejando de mirar en todas las direcciones posibles. Sin otro entretenimiento que ser contemplada-admirada por aquel camarero-matón, única compañía… Y un pelo color puerta recién barnizada pero sin brillo cortado por encima de los hombros… Y unos ojos inmensos que transmitían locuras incontrolables… Y un rostro algo redondeado, que posiblemente transmitía tristeza. Sorel aún no estaba presente en aquel juego, claro… Y una especie de top de color verde, que sólo le ocultaba un pecho, voluptuoso y bien formado, dejando al descubierto la piel de sus hombros… Y una falda, que no era más que una excusa para no salir desnuda de cintura para abajo, vaquera, muy por encima de sus rodillas, dejando ver unas piernas deslumbrantes… Y unos pies subidos sobre doce centímetros de tacón fino de unas sandalias verdes y blancas, que dejan entrever cinco dedos cuyas uñas, lacadas también en un rojo pasión, conjuntaban a la perfección con el color de las de sus manos, complemento excelente para aquella ilusión óptica…
No entiendo cómo nuestro personaje abandonó aquella revelación, no cambió el ritmo de su aventura, del sueño anodino, banal, insignificante, insípido, insustancial y pueril del que estaba siendo objeto y sujeto a la vez… Lo cierto es que no lo hizo. Ni tampoco el soñador activo y pasivo, parece ser, que puso de su parte para hacerlo. No lo hice… No quise transformar aquella nada en una historia con contenido más altamente consistente… Porque no era el momento… Ni la persona adecuada… Porque se trata de un sueño… Sin merecer más explicaciones que las que puedan sucederse a partir de ahora… Que es el segundo sueño… Que podrán venir otros muchos… Que puedo que los demás enciendan un poco de luz a este vacío de dos personajes que no tienen intención de encontrarse… Por algo será… Igual que describir al único personaje describible de esta historia pueda decir algo… Sin aventurar nada en beneficio del conjunto… Es la segunda noche… Vendrán otras tantas, sucesivas, en las que todavía no sabemos qué puede ocurrir… De hecho ocurren cosas… Lo sé… Lo he soñado… Aunque hubiese mejorado el relato de propiciar un encuentro menos distante y educado… Sobre todo desde el punto de vista sentimental o sexualmente… Por eso, allí se quedó, viendo todo aquello sin atravesar del todo el umbral… Oteando el horizonte… Para decidir finalmente, que por muy buena que estuviera aquella chica desconocida, por muy estupenda que pueda resultar su compañía, por muy agradable que pudiera resultar aquella música, él quería desayunar de una vez por todas, porque amanecía siendo de noche, no anochecía para tomar unas copas alcohólicas en buena compañía…
Para dar marcha atrás por el mismo camino que había tomado cuando se desvió de sus amplias avenidas, descubriendo, en el cruce que conformaban cuatro estrechas calles, una pequeña aglomeración de personas, situadas delante de una especie de quiosco oscuro, color opaco, que cuanto más me acercaba nuestro personaje, más tonalidad verde iba adoptando, y en el que un tipo, de rostro y vestimenta indefinido, al igual que los rostros y los atuendos de los que estaban a la espera, se afanaba en abrir dos enormes portalones de madera contrachapada, tras los que se ocultaban los instrumentos propios de una barra de bar…
Como esos quioscos colocados estratégicamente a las puertas de los campos de fútbol, en los que se venden salchichas, bebidas, hamburguesas, patatas fritas y otras chucherías… Como esos habitáculos colocados en las ferias de los pueblos y ciudades, en los que se rifa, se vende, se juega, se engaña a inocentes de todas las edades en busca de un regalo pagado a precio de oro…Allí, sobre un pequeño mostrador trasero, una máquina de café, un tostador, una hilera de platos, cubiertos, vasos de diferentes tamaños… Visibles nítidamente bajo las luces desprendidas de aquellas tres desnudas bombillas colgadas con un triste y raquítico cable desde el techo del tenderete, habitáculo, quiosco…
Sin duda había renunciado a la comodidad de desayunar sentado en aquellas mesas de madera, al encanto de compartir con aquella chica un rato agradable, sólo tenerla cerca, aunque sin compartir con ella más que un espacio silencioso, también resultaría, al menos, gratificante, incluso a los sones de aquella música que sonaba diferente a la que estaba acostumbrado a escuchar por cojones en la telebasura y en las radio-fórmulas y en las discotecas y en los bares y en las radios de los coches, que con las lunas bajadas, inundaban de mal gusto, hasta los sones desacompados de los claxones… Pero, a aquellas horas, él prefería desayunar, antes que tomarse cualquier otra cosa. Así, mientras lanzaba miradas de soslayo a los otros partenaires, en los que no descubría, una vez más, ningún rasgo físico definido, le pedía a aquel camarero, tan distinto en su porte al del bar de copas visitado minutos antes, su tostada con mantequilla y su café con leche, como correspondía a aquella horas de la mañana-noche, como los otros comensales hacían a su lado en sus diferentes variadades: café con leche, solo, vaso de leche, cacao, batidos, leche manchada, cortado, carajillo… O bien, tostadas con mantequilla, sin sal, salada, media sal, blanca con tropezones de carne, roja con tropezones de carne, paté, mermelada, aceite, sobrasada, jamón dulce, salado, u otras contundencias más apetitosas y menos digestivas…
Y le vino del carajo aquel piscolabis… Al menos para fortalecer un cuerpo sometido durante las últimas horas a todas las tensiones ya enumeradas… No olvidadas por nuestro personaje, pero sí echadas en la papelera de reciclaje de su ordenador mental… Como aquel despiste inacostumbrado, que le llevó a perderse en una ciudad del todo conocida, salvo aquel rostro femenino, que sí, que parecía imponente, pero que para algo más que contemplar o admirar, era preciso, previamente, llenar el estómago. Como aquella pesadilla momentánea de un tipo que surgió del vacío de la noche, de la explanada desierta de albero, metros antes del oasis con forma de taberna irlandesa de esas que salen en las películas, adelantándosele afortunadamente en un desayuno que después fue, más o menos recompensado… ¿Ir ahora? Siempre era una posibilidad… Así que, marcha atrás en su camino andado, haciéndose todo tipo de pajas mentales, seguro, al menos yo mismo me las haría… Desde que se acercaba a ella con la sonrisa de oreja a oreja… Desde que pedía cortésmente permiso para sentarse a su lado, si no era molestia claro… Desde que iniciaba una conversación amena acerca de que “Fíjese señorita, esta noche me ha pasado una cosa curiosa… Parecía como un sueño… Me encontré, de repente, en un lugar desconocido por mí. Andaba como perdido… Y caminé y caminé, hasta topar con una amplia explanada de suelo albero, que al principio parecía inmensa…” Aburriendo a la más sorda de nuestras interlocutoras… Desde que la incitaba a beber una copa de más… Desde que provocaba, por cualquier medio, cualquier tipo de acercamiento físico, en el que aproximar su cara, por si se escapara algún beso perdido, sus manos, sobre esas piernas tan descubiertas… Y si no se planteaba más preguntas, no era por ganas, sino por pudor, por culpa de aquel penecillo infantil que le acompañaba entre sus piernas, a todas luces vergonzoso por alfeñique, anémico, canijo, enclenque, endeble, enfermizo, enteco, esmirriado y raquítico… Penecillo, que a pesar de todo, creció cuanto pudo dentro de sus pantalones, sin paciencia ni espera, explorando inconscientemente aquel agujero en el que encontrar cobijo durante al menos dos minutos mal contados… Y no dudo tampoco, que al mínimo gesto de tocamiento, explotara vilmente, desbordando toneladas de fluidos almacenados durante tantos meses de abstinencia forzada… Pero no, soportó todo lo que pudo, imaginando su encuentro, sus momentos posteriores, decorados con todo tipo de ficciones propias de películas pornos… Sin ningún tipo de pudor… Hasta llegar de nuevo ante aquel garito situado en la esquina conformada por dos calles en paralelo en la esquina conformada que se cruzan, un atisbo de vida que no duerme todavía. Una luz amarillenta e intensa que sobresale de unas cristaleras que no dejan entrever su interior por la opacidad de unas cortinas oscuras colocadas a media altura. Tenía toda la pinta de parecer un bar, en el que poder descansar un rato, como un obrero fatigado en el tiempo de su merecido descanso tras una angustiosa jornada laboral, en el que poder pensar más fríamente acerca de los últimos acontecimientos, en el que poder saborear con menos sinsabor un café y una tostada rebosante de mantequilla… Nada más perforar la puerta de madera con su cuerpo, descubrió un nuevo espacio abierto ante sus ojos… Barrido de cámara onírica con un guión escrito en los siguientes términos: sonidos de música a un volumen más alto de lo normal para aquellas horas (salvo que aquellas horas que nuestro personaje y cualquier observador objetivo verían como un amanecer perezoso, fueran las de un anochecer eternizado, pero claro, quién puede asumir esta tesis con racionalidad, aunque se refugie la mayor parte de la gente en sus casas anocheciendo –porque al comienzo de esta aventura aún no era noche cerrada, anochecía simplemente-, presumiblemente para cenar, compartir los acontecimientos de la jornada… (los informes escolares de los niños que no progresan adecuadamente según sus tutores, las no renovaciones de contrato de los padres de familia abocados continuamente al fracaso, la primera regla de la mayor de las hijas que debe tener mucho cuidado a partir de ahora, que ya tienen bastante con lo que tienen en casa, para que, encima, tengamos que hacernos cargo de un mocoso más, los precios del mercado que cada día están más por las nubes, los cotilleos vecinales, la abuela que ha perdido del todo la cabeza y se ha hecho pis encima tres veces en lo que va de día …), los nuevos capítulos del serial de televisión “Flor de otoño”, de máxima audiencia en todos los hogares en su emisión en blanco y negro y plagado de interferencias durante toda su proyección, una cena repetitiva a base de sopa de y de tortilla y de fruta y poco más, las discusiones conyugales por la continua falta de dinero (la factura de la luz, la del agua, la del teléfono, la del comedor del colegio de los niños, la ropa nueva que necesitan para ir todos los días a clase, porque la que llevan es una vergüenza... Pues con el subsidio todavía habrá aún para menos). Aunque no eran demasiado desagradables ni estridentes aquellos sonidos que envolvían aquel recinto, podría ser indie, cuadrado pequeño, decorado con unas seis mesas redondas, con sus respectivas sillas, de esas antiguas que decoraban los cafés de los años cuarenta o cincuenta o sesenta, con su mostrador igualmente de madera, dejando entrever detrás del caoba perfectamente lijado y charolado, un predominio del cristal, distribuido en numerosas estanterías, que daban cobijo a un sinfín de botellas… Y un camarero alto y elegante y repeinado con fijador y con los brazos cruzados, esperando algún cliente despistado, situado tras la barra, como en tono amenazante de portero-matón de discoteca, pero con sonrisa en expresión… Y una sola mesa antes ocupada… Ahora vacía… Mientras su pantalón soportaba toda la presión sanguínea de seis centímetros de deseo incontrolado… Para salir a la calle y explotar sin tiempo a sacársela… Sin tiempo a nada… Más que a manchar de aquel fluido pegajoso su pantalón… Dejando un cerco blancuzco, con el que, al menos, recordar aquella noche de pasión inexistente… Un fetiche que podrá utilizar, a partir de ahora, como fuente de inspiración a la hora de aliviarse de sus soledades prolongadas, como quien utiliza las fotos de las revistas pornográficas, poniéndolas del todo inutilizables a base de tantos fluidos superpuestos…
Y no tuvo más remedio que seguir su camino, aquel que le indicaron presumiblemente aquellas chicas con las que se cruzó en lo alto de la rampa, en su salida de aquella explanada inmensa que no media más de cien metros cuadrados… Y desandó sus pasos encontrados sin volver a perderse más, para salir de nuevo a aquella inmensa avenida, que continuaba atestada de coches y de más coches, de peatones y de más peatones, de mascotas y más mascotas que arrastraban con fuerza a sus dueños a través de la larga correa que les asían al cuello… A pesar de la hora, que no sabía cual era, que no se le ocurrió preguntar, pero que sin duda era alguna, en la que la gente abandona sus hogares para poblar los entornos urbanos de aquella manera tan masificante… Porque no tenía cojones de amanecer todavía, si es que realmente tenía que hacerlo en algún momento determinado… Y nada más dar con la avenida original, aquella por la que atravesó a través de aquel paso de cebra donde los coches frenaban violentamente, desgastando un cincuenta por ciento de sus gomas en la maniobra, elevando al cielo oscuro humaredas de calor condensado, arriesgando sus brillantes paragolpes por distancias no respetadas, o las propias vidas de los cientos de personas, sin exagerar lo más mínimo, que llenaban cada vez más las calles, virar a su izquierda, en vez de atravesarla de nuevo, para salir a otra avenida de las mismas características, que la cortaba perpendicularmente, en la que otros cientos de arriesgados pasos de cebra, otros miles de viandantes, otros centenares de miles de coches, otros millones de animales, por no hablar de las arboledas, de los edificios, de las luches, de las paradas de autobús, de las señales de tráfico… configuraban su imagen habitual… Tan conocida esta vez para nuestro personaje, que hasta se atrevió a asegurar su nombre… Que adivinó escrito unos metros más adelante, una vez que giró a la izquierda, camino de su hogar expectante, deletreado en un mosaico blanco adosado a la pared… Aquello era otra cosa, pensó sin duda… Qué despiste más gilipollas… Qué susto se había llevado… Seguro, que desandando el camino andado, su oscuridad mental haría luz por fin, reconociendo aquel territorio, que sólo hoy había sido completamente desconocido… Continuó caminando y caminando durante unos diez minutos, antes de dar el alto a un vehículo de aquellos, en cuyo techo una luz verde luminosa, indica que se trata de un taxi libre… Y se montó en el taxi, aliviado de un destino cercano, de un peso descargado, a pesar del cerco blanco tan visible en su pantalón y del tibio olor a fluido salado que desprendía, y seguro que le dijo bien clarito a aquel conductor, del que sólo veía su nuca y su pelo y su cuerpo de media espalda hacia arriba, su domicilio… Para atravesar algunas calles más abajo, zigzaguear algunos terrenos perfectamente cercanos y posiblemente llegar a un destino que no era más que su fin…

servido por jose sin comentarios compártelo

19 Diciembre 2006

VARIACIONES SIEMPRE VARIABLES SOBRE UNA NOVELA FRANCESA ESCRITA EN CASTELLANO, INCONCLUSA POR SUPUESTO, LLAMADA "EL MUNDO DE LAS QUIMERAS".

Hace unos años escribi esta novela sobre la que ahora desvario con mis variaciones.....
Alguien propone variaciones?????

SINOPSIS:

Estábamos en París. Yo todavía no. Iba de camino, durante un mes de noviembre de no recuerdo qué año. Tampoco importa. Pero sí estaban quienes debían estar. Aquellos que sin conocer todavía "El mundo de las quimeras" daban vueltas circulares de la periferia hasta el centro y desde el centro hasta la periferia, sin llegar a converger en el punto concreto del número 69 de la calle Sant-Louis-en -L'Île. Madani. Kabyle de la Kabilia. Al que conocimos un día en España en viaje de estudios. Que nos contaba tradiciones y costumbres de su pueblo, de su familia. De su hermana que estaba buenísima y que nunca lucía sus carnes en la playa por efectos del Corán. De su padre que a pesar de las escrituras sagradas confraternizaba en su nuevo mundo gracias a las 1664 de Kronenburg. De las veladas sangrientas y familiares con un cordero degollado en la bañera de su casa. De su sorpresa en un bar cualquiera chupando y chupando guisos de caracoles. De las tardes en su cuartucho desordenado escuchando las canciones de Leo Ferré. De nuestras largas conversaciones en español-francés aprendiendo mutuamente argot. Palabras y expresiones totalmente irrepetibles por pudor o vergüenza. Que regresó a su ciudad un día para no volver nunca más. Para contraer matrimonio sagrado. Para tener dos hijos que deben de haber cumplido ya los diez o doce años. Para mostrarnos un rincón perdido de su apartamento impoluto en el barrio algo menos impoluto de Belleville. Y que sólo apareció en unas páginas para rellenar una novela inacabada, pero que ahí está. Y al que conoció un día Antonio… Sin apellidos… Un español poeta de la nada que abandonó trabajo y familia para instalarse miserablemente en la capital de las palabras para hacerse escritor definitivo… Y que saldría o saldrá (dependiendo del momento de la novela en el que yo, escritor anónimo, inserte esta "Variaciones") con los pies por delante en un paseo último por las calles de París, eso sí, ocultos en unos altísimos tacones de catorce centímetros, dejando antes en mis manos, que ya no son las del escritor, sino las mías mismas, el placer de publicar en mi nombre un poemario con forma, donde tú serás la "mariannegarita", donde él naranja será la víctima de una explosión de butano, o donde "Bébé" seguirá vivo para siempre… En mis manos que un día escribieron propuestas literarias aburridas sobre un encerado verde en un instituto de literatura privado de la calle de Rennes, que allí debe seguir... Porque yo ya no sigo… Porque aparte de llegar reiteradamente tarde, unas lectoras, cansadas de tus lecturas inconclusas, decidieron en un momento dado, enviarme al desempleo, con la única excusa de que era notablemente aburrida aquellas sesiones en las que impartía historia de la literatura, sin llegar a pasar de Rabelais, sin llegar a enfrentarme a aquella alumna inmensamente gorda a la que recordaba en mis sueños estallando en mil pedazos llenándolo todo de sangre y de vísceras… Y llegué al desempleo sin mas, con aquellos sueños que un día empezaron a hacerse realidad… Aquel encontrarla, no a ti, todavía no, mariannegarita, sino a la mendiga de abrigo verde y olor a Givenchy, hurgando entre las basuras y que nunca quiso mostrarme su amor… Hasta tu aparición una tarde… En el paso de cebra de un semáforo de la plaza de la Republique… O no eras tú? Da igual. Quiero pensar que eras tú la que cruzabas en dirección contraria a la mía… haciéndome cambiar mi rumbo, que tampoco conducía a ninguna parte en concreto… Traje chaqueta azul… De falda más bien corta… De piernas más bien largas… De tacones más bien altos… De rubio más bien platino… De pelo más bien largo… De mirada más bien seria y perdida… Y descrucé mi camino para cruzarme en el tuyo, en una tarde anochecida de noviembre, de viernes tres, que realmente era verano de julio… Pero esto nadie tiene porque saberlo… Y digo que es viernes, porque la novela se me vendría abajo si fuera sábado… Porque los sábados nadie suele salir de las oficinas a esas horas de las tardes y noches, o tardes anochecidas… Aunque también podría ser lunes, en este caso seis, porque la novela empieza un jueves uno y se entiende que cuenta los hechos de forma correlativamente cronológicos… Y me crucé en tu vida por el simple placer de seguir viéndote de cerca, tanto que mis ojos vivieran pegados a ti… Tan poco que tú nunca te dieras cuenta de que un tipo como yo pudiera seguirte o acosarte de forma tan sospechosa… Te seguía y acosaba sospechosamente porque me gustaba tu cuerpo, tus andares, tu forma de llevar un maletín de cuero negro… Hasta sentarte en un bar y dejarlo en la silla de al lado… Haciendo yo lo mismo en una mesa cercana desde la que podía ver tu rostro sereno, tus piernas interminables… Y cenar no recuerdo qué mientras no paraba de soñar en ti, por ti, para ti, sobre ti, bajo ti… Y salir a la calle fría de un crudo invierno parisino… Y perseguirte acosándote a distancia sin dejar de soñar en ti, por ti, para ti, sobre ti, bajo ti… Y perderte, tras un largo paseo por la ciudad tras un portalón de madera vetado a tu intimidad, descubriendo minutos después que una luz, en la segunda planta, se hacía señal de deseo cercano en mi espera, allá abajo, junto al muro de la cera de enfrente de tu ventana iluminada… Y proseguir mi vida, que probablemente tú añoras, olvidado de mi trabajo y sabiendo que el poemario de Antonio llamado "Colores" y que tú presencia serán los únicos dos motivos para seguir deambulando por estas calles en vísperas de navidad, frías, gélidas, heladas, apáticas, distantes, álgidas, glaciales, insulsas, impasibles, abúlicas, insensibles, frescas, indiferentes, flemáticas, congeladas, frígidas, secas… Un tú que habla por mi boca, que viene de camino para hacerse cargo de una acción que aburre, que se frena, que se estanca, que no conduce a ninguna parte… Un tú al que me dirijo para que me escuche y ponga un poco de luz y de orden en mi mente y en mi cuerpo… Con quien me crucé esta misma noche y que ahora vislumbro tras esa cortina diáfana…
Y vuelvo a casa con un espíritu renovado… La mendiga de abrigo verde y aroma de Givenchy que penará su suerte por las calles humedecidas por la nieve, que habrá dejado mi apartamento para no volver jamás… Y deambulo por los muelles cercanos al río… Descongestionados de tráfico y de bajeza humana… Obstruidos por una temperatura que no tiene fin en su negatividad… Planeando en mi mente un nuevo día que aún no se vislumbra en el cielo, sólo en un calendario que nunca es certeza… Tal vez nunca amanezca de nuevo… Aunque hoy, en la noche en que el poema "Naranja" de los "Colores" de Antonio se hace realidad para encontrar un esperado final, sí lo deseo… En ello pienso, e ideo e invento y me concentro y reflexiono y medito y cavilo y entiendo y opino y razono y planeo y discurro y creo y sospecho y concibo y supongo y considero para volver a reconsiderar y estudio para imaginar y proyectar un amanecer de invierno pero azulado en el que mi futuro se muestra al fin cargado de margaritas rubias que se esconden entre las mantas de una habitación anónima de un apartamento anónimo de una calle hasta ayer anónima de una ciudad siempre anónima en el que los humanos bajamos siempre de la periferia al centro, del centro a la periferia, sin permanecer nunca… Y quiero permanecer, perpetuarme, resistir… Y sigo pensando mientras en la oscuridad de la calle de la Seine, me adentro en las profundidades de la tierra requesbrajada, y subo escalones y rompo silencios con mi caminar irritado para penetrar entre cuatro paredes donde me esperan mi apestado queso de camenbert que enmohece en un rincón del frigorífico, un despertador digital sin vida y un rostro que sueña devuelto por un espejo gemelo que me acompaña en todos mis regresos y despedidas… Y toda la noche barruntando, más que soñando, quimeras de un futuro que no siempre son como uno idealiza, anhela, imagina, fantasea, desea, codicia, ilusiona, ansia… SUEÑA.

VARIACIÓN 1:

Y hasta en las profundidades de una novela un personaje debe ganarse un sueño… Doce horas tumbado sobre una cama con los ojos cerrados y vueltos hacia otra dimensión sin interrupción… Todas las horas del mundo deseando que una ficción sea realidad entre seiscientas páginas de imposible lectura, en la que yo, personaje tuyo, disfrute de un gesto de alivio, de un pasaje de triunfo, de un párrafo de éxito… Y por eso te pido a ti, que sé que vienes de camino, un momento de gloria en esta VARIACIÓN 1 que has empezado a escribir… Me temo que al final del proceso, de todas tus pajas mentales que has intitulado "VARIACIONES SIEMPRE VARIABLES SOBRE UNA NOVELA FRANCESA ESCRITA EN CASTELLANO, INCONCLUSA POR SUPUESTO, LLAMADA "EL MUNDO DE LAS QUIMERAS", concluyas con una frase de características semejantes a la siguiente: "Tú decides".

Tags: novelas

servido por jose 3 comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de jose

EL MUNDO DE LAS QUIMERAS

jerez de la frontera, España
ver perfil »
contacto »
Sorel es Jose o Boris. Unos años... Pero joven para siempre... Del sur. Escritor, cinéfilo y cineasta... Siempre Paris... Y escribo: "Una cardenalicia vestimenta Letras con voz desgarrada Una primavera que sabe a verano Un tren que depara encuentro Un beso y un paseo Ciudad desconocida que es hoy la mía Alba de tu mirada y de tu sonrisa De tus labios que besan De tu cuerpo que acoge De todo lo que nos une A pesar del negro de tu pelo De la oscuridad de tu piel De las tinieblas del pasado Hoy olvidado construyendo Un Blanca con mi nombre que Es resaca de escocés Del que disfrutamos desde entonces Que me acogiste en tu casa Mostrándome el fruto bendito de tu vientre... Lucía... sorelenamoradoderenal@yahoo.es Contador Gratis
contadores gratis

Fotos

jose acevedo todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Categorías

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera