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Terra
La Coctelera

El mundo de las quimeras (novela)

I

Ocho de la mañana. Suena el despertador. Jacques se levanta a la hora habitual. Abre tímidamente los ojos. Da varias vueltas en la cama dejando colocado su cuerpo boca abajo. No quiere ver la hora en el reloj. No puede creer que ya sea de día. Como si acabara de acostarse. Aunque acabe de hacerlo realmente. No hace más de tres horas. Debo hacer una aclaración en tercera persona. Jacques está todavía demasiado cuajado para hacerlo en primera persona. Lo de aclarar. Y aclaro que su trabajo mental lo realiza de forma noctámbula… Un momento… Ocho y diez minutos. Vuelve a sonar el despertador. Jacques no soporta esos relojes eléctricos tan modernos que suenan cada diez minutos. Y aunque tiene la costumbre de dejar el tono al mínimo, aún así el sonido le revienta los tímpanos. Piensa en su inconsciencia que tal vez pueda despertar al vecindario… ¡Allá ellos!... Sigue pensando… Los demás también tendrán que trabajar, que levantarse temprano. También tendrán despertadores como el suyo que posiblemente perturbarán el sueño de todo el vecindario… Otro momento… Ocho y quince… Cinco minutos para volver a sonar el dichoso ¡pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Como si fuera la alarma de un coche. Aunque, claro, no solemos dejar aparcado el coche junto a la mesilla de noche… Ahora gira sobre su izquierda. Con los ojos semicerrados contempla la luz roja de los dígitos. Como van cayendo los minutos uno detrás de otro. Piensa de nuevo. Es el tiempo que pasa inexorablemente. ¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Ocho y veinte… Recapacita en su somnolencia… Y si estirara del cable: Y si parase el tiempo. Y si me concediese un margen de descanso… ¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Ocho y treinta… Y estira con brusquedad del cable. Y consigue que la luz roja desaparezca por completo. Y consigue parar el tiempo. Y consigue dejar el enchufe de su despertador eléctrico colgando de la pared… Y si todo fuese tan fácil no habría cumplido ya los treinta y seis años…. Pienso yo… Él, mientras tanto, sigue durmiendo… Trance.

Prosigo mi relato. En tercera persona. Él, Jacques, sigue dormitando. Yo todavía no puedo. Alguien tiene que contar esta historia. Si es que esto da para una historia. Si puede considerarse verdaderamente una historia. Si realmente existe una historia. Lo hablaremos cuando recupere la conciencia. Es importante. De momento apenas he terminado la página 1 (aunque depende del tipo de letra, del tamaño de la fuente sobre todo). Parece que llevo más de 20. No sé qué contar. Por eso es importante que hablemos. Por si Jacques tiene algo que decir. Salvo que tampoco. Entonces diré adiós. En tamaño enorme, para completar al menos dos páginas de novela. Todo un esfuerzo…

Adiós

Dos horas para todo esto. Para nada. Tengo sueño. Bebo para mantenerme despierto. Craso error, diría Jacques. Pero ahora no dice nada. Ahí está. Tumbado sobre la cama. Boca abajo. Sin posibilidad alguna de que el despertador eléctrico suene de nuevo cuatro veces más en intervalos de diez minutos hasta completar una hora de ¡pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!. Aunque tampoco creo que tenga que esperar que se despierte. Me siento borracho. Cada vez más. Puede que hasta vomite y lo ponga todo perdido. Hasta tu cama, donde duermes plácidamente. Me voy. Despiértate cuando te salga de los cojones…

Adiós

II

Joder, ahora el bullir de una cafetera en un piso cercano. Abro los ojos. Me he quedado un poco traspuesto. Él también los abre. Deja de girar tu cuerpo de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. No va a sonar más tu despertador. La luz roja que te atemoriza todas las mañanas ha desaparecido por completo… Piensa, y no empieces a imaginar que posiblemente se haya ido la luz durante la noche, a causa de una tormenta. Sí, cada vez es más tarde. Si llegas con retraso a clase los alumnos tal vez se hayan marchado. Sí, esos cabrones ya no conceden ni quince minutos de cortesía. Que cualquiera puede llegar tarde. Que incluso ellos no han llegado todavía a causa de la tormenta, que es también su tormenta. No imagines que tendrá la culpa de que todos lleguemos tarde a clase. Que todo puede tener una explicación razonable: un rayo, la luz se fue, el despertador es eléctrico, al igual que los despertadores eléctricos de mis alumnos. Incluso el director llegará tarde, porque su despertador también debe ser eléctrico…

Pero al abrir tus ojos legañosos y depositarlos fijos en tu despertador desconectado, descubres el enchufe colgando de la pared. Todos tus pensamientos no han sido más que excusas con las que afrontar tu llegada tarde al trabajo. Mi larga espera también. En mi estado. Además, tengo que recordarte que al acostarte no estaba así. Entonces vuelves a pensar por ti mismo: alguien podría haber entrado durante la noche en mi habitación, una especie de pánico me invadió imaginar que vivía solo, que podría tratarse de un ladrón que había entrado durante la noche para robar, puede que un asesino a sueldo dispuesto a acabar con mi vida por un puñado de billetes… Más cangelo… Pero estamos solos. Lo que no es motivo suficiente para que respires aliviado, porque indudablemente piensas que debe ser tarde… Lo que agudiza tu sensación de espanto. Sobre todo por las consecuencias inmediatas que afloran en tu mente a causa de la tardanza: 1) Esta vez sí, tus alumnos estarán esperándote. 2) Indudablemente, el director también te estaría esperando con la lista de incidencias en la mano, en tono amenazador. Aunque te consuelas pensando que tampoco debe ser grave llegar por primera vez tarde en lo que va de mes… Un poco de benevolencia… No caes en la cuenta de que hoy es día 1… No está mal para empezar el mes… Aún así intentas escudriñar una excusa razonable en tu mente… Nadie tiene porque saber si realmente un ladrón entró esta noche en tu casa para robar, que tropezó con el cable del despertador eléctrico y arrancó de cuajo el enchufe de la pared… Tampoco si un asesino a sueldo ha intentado eliminarte por un puñado de billetes y ante el miedo de verse sorprendido por el sonido del despertador ha arrancado de cuajo el enchufe de la pared antes de salir huyendo… Mucho menos que un querido amigo, consciente de la importancia de tu descanso, ha pegado un tirón del cable de tu despertador eléctrico con la mala suerte de arrancarlo de cuajo de la pared… Aunque siempre te puede quedar el pretexto de una tormenta durante la noche… De un rayo que ha provocado un apagón… Claro, después las consecuencias… Que tu despertador es eléctrico… Que en la época en que vivimos casi todos los despertadores lo son. Qué malo tiene usarlos… Hasta te resulta convincente… Hasta puede resultarle persuasivo. Es entonces cuando decides levantarte… Siempre sin dejar de meditar sobre la tormenta que asoló la ciudad aquella noche… Como intentando solidificar tu argumento… Descorres las cortinas de tu habitación haciendo que la luz del sol penetre sin remisión en el interior, reflejándose sobre la pared del fondo. Cada vez estás más convencido de que debe ser tarde. Lo es. De la misma manera que llevo una hora para que te levantes y no hay forma, mientras te debates con argumentos estúpidos de los que tú mismo dudas. Sobre todo, cuando al bajar la vista hacia la calle, no descubres restos de la presunta tormenta. Cuando al recorrer con tu vista la habitación ni un resquicio de robo o huellas de un asesino a sueldo que ha intentado eliminarte por un puñado de billetes. Siempre puedes agarrarte a la posibilidad de una tormenta de verano, de esas que suelen visitarnos en verano. Pero te recuerdo que hoy inauguramos el mes de febrero… Pero siempre cabe la posibilidad, mientras no hagas mención alguna al verano. Pero piensa que al final todo se sabe, y cuando se sepa sin duda harás el ridículo más grande del mundo ante al director, y lo que es peor, ante tus alumnos… El cachondeíto que tendrás que soportar por parte de esos cabrones durante una larga temporada… Entonces… Decídete de una vez… Hazte cargo, antes que vomite de nuevo la borrachera. Deberás cerciorarte antes de afirmar algo, si realmente te has quedado dormido por culpa de la tormenta eléctrica, no de verano, que dejó sin luz la pasada noche la ciudad de París y que desconectó todos los despertadores eléctricos. Por ejemplo, podrías preguntar a la portera antes de salir a la calle sobre la existencia o no de la presunta tormenta… En el caso de que dijera que no, deberías tener preparada otra excusa… Piensa… Con tanto lentitud, que me da hasta tiempo de leer un capítulo entero de la última novela de Jean Echenoz que tienes abandonada sobre la mesa…

"La mujer que había sellado el destino de Jean-Claude Kastner se despertó aquel mismo día poco antes de las nueve de la mañana. Abrió un ojo orientado al techo grisáceo…" (1)… Eh, tú… Interrumpe mi lectura… Perdona, Jacques, entretenía el tiempo mientras tú pensabas en la excusa de repuesto… Échame un poco de cuenta, que esto no es fácil… Te he pedido perdón, ¿ya la tienes?... Sí, creo que sí… A ver, cuéntanos que has pensado… El gato… ¿Qué gato?, le pregunto sorprendido… Un gato cualquiera, qué más da. Pues eso, el gato que se había entretenido en tirar del cable que une el despertador eléctrico con el enchufe hasta dejarlo colgando de la pared… Y no te has parado a pensar que el director te haría mil preguntas sobre el gato hasta descubrir que nunca le habías hablado del gato que tenías. Y al final descubriría que no tienes gato... Llevas razón, no tengo gato… Y que se daría cuenta de inmediato que simplemente te has quedado dormido, aunque fuese por primera vez en el mes, aunque todavía estemos a día 1, y que tus alumnos se habían quedado esperándote durante algo más de media hora, y que ganabas lo suficiente como para comprarte al menos media docena de despertadores, y que te gusta poco madrugar, no estoy diciendo trabajar, y que no llevas más de dos meses impartiendo clases en el instituto, y que había muchos parados para tener que soportar conductas como la tuya, y sin olvidar tampoco que el mes anterior ya habías llegado tarde más de un día (ocho en total)… Llevas razón, él se daría cuenta de muchas cosas de las que no quisiera que él se diese cuenta… Además, aparte de peligrar tu puesto de trabajo, no sabes mentir, te lo digo por si otra vez tienes que inventarte más historias para justificar tus tardanzas… Eso sí es verdad, yo nunca he sabido mentir. No entiendo cómo puedo ser incapaz de buscar excusas cuando llego tarde a clase. Si fuese mujer lo tendría más fácil. Llegar tarde o incluso no ir es propio de las mujeres. Los dolores menstruales, algunas compras que son ineludibles, el haber pasado una mala noche por alguna dolencia pasajera (poca cosa, nada serio ni de importancia, mañana se reintegraría al trabajo, volvería a llamarle si surgiese alguna otra eventualidad. No se preocupe señora, mejórese. No tema por sus alumnos que no quedarán desatendidos, algún profesor se hará cargo de ellos. Cuídese usted, ya sabe que un resfriado mal curado puede provocarla dolencias aún mayores), el niño enfermo que lo ha llevado al médico, el marido enfermo que lo ha llevado al médico, el perro enfermo que lo ha llevado al veterinario. Donde hay una mujer que trabaja siempre hay alguien que está enfermo. Si fuese mujer no tendría ningún problema para inventar una excusa que me permitiese llegar tarde al trabajo… No digas esas cosas Jacques, las mujeres no hablarán nada bien de ti, te acusarán de misógino y todas esas cosas… Me da igual… Pues no debe de darte igual. Sobre todo ahora que esta historia no acaba más que empezar. Y por si no lo sabes, habrá mujeres. Me sigue dando igual. Además, tú te has parado a pensar en las excusas del mes anterior. Un día el autobús. Dos veces el metro. Otra un taxista novato que te había confundido por turista y te había dado una vuelta por toda la ciudad. Otra que equivocaste el día y pensaste que era festivo. Otra que habías pasado la noche en el hospital acompañando a tu madre, que por cierto, murió hace más de quince años. Otras dos eras tú el que visitabas el hospital, una por caerte por las escalera y otra por ser atropellado por un ciclista…. Sé serio, o al menos, más inventivo… Pues ayúdame tú, que eres el inventor. No se me ocurre nada. Mejor di la verdad esta vez. no creo que te ocurra nada. Llevo toda la noche sin dormir para cuatro páginas de mierda escritas. Vale, lárgate de una vez, y déjate de malos rollos.

Pues sí ese tipo remolón es Jacques. Jacques y no Jaime porque es una novela francesa. Y en las novelas francesas los personajes se llaman "franceses". Albert que no Alberto, Benoît que no Benito, Charles que no Carlos. Daniel que no Daniel. Émile que no Emilio. Ferdinand que no Fernando. Guillaume que no Guillermo. Henri que no Enrique. Jules que no Julio. Laurent que no Lorenzo. Michel que no Miguel. Narcisse que no Narciso. Onfroy que no Onofre. Paul que no Pablo. Quentin que no Quintín. Robert que no Roberto. Serge que no Sergio. Thomas que no Tomás. Valérie que no Valerio. Zinedine que no Zidane… Si la novela fuese "española" todo sería bien distinto. Pero no es el caso. Jaime les acompañará en las próximas seiscientas páginas por lo menos. Páginas que relatarán acontecimientos varios que le acaecieron durante una semana de hace más de diez años, mezclados con los que viví yo por aquel entonces y desde aquel entonces que tardé en escribirlos. Porque realmente en París sucedieron muchas cosas, propias, ajenas, reales, oníricas. Y ahora que París ya no existe más que en las quimeras de un rincón perdido me atrevo a continuarla con Jaime. Porque Jacques sigue existiendo como tal. Sigue vivo a pesar de los años y de sus adversidades. Al igual que siguen existiendo otros personajes que ya no están entre nosotros. Seguirán respirando, pero no sentimos su aliento cercano. Un día, en una pequeña habitación de hotel, empecé esta historia. Fue en 1996. Ese año conocí a Jaime. Llené cientos de anotaciones que hoy día carecen de valor, porque no me hice un escritor famoso. Ni siquiera me hice escritor todavía. Fíjense si llevo tiempo intentándolo. Y lo que es peor aún, ni terminé la novela. La que hoy reescribo con la ayuda de Jaime que tiene mejor memoria que yo. Todas aquellas anotaciones no me sirven de nada. su memoria y la mía relatando acontecimientos que pasaron una semana en un París invernal.

Todos los sucesos que relataré han sido o serán son ciertos. Aunque pueda parecer mentira que sucesos como estos se produzcan en la vida real de una persona normal. Jacques no es normal. Yo no sé si soy normal. Simplemente soy una persona. A mí me suceden. Así es Jacques. Así soy yo.

Consciente de ser sí mismo, aunque con sus limitaciones, seguiré leyendo: "… y, tras reconocerlo, se levantó para ponerse una informe bata enguatada de color verde. Pero, muy poco después, en el espejo del cuarto de baño, fue su cara lo que le costó reconocer…" Jacques les contará lo que tenga que contarles. Desde la calle me llegan los sonidos de la ciudad que despierta. Los cierres metálicos de algunos tenderos madrugadores que inician su jornada, el sonido de algunos camiones que empiezan a colapsar la calle, el claxon de algunos que no pueden maniobrar por la estrechez de la calzada, las voces lejanas de los vecinos saludándose en el portal, el berrear de algunos pequeños en busca del colegio (no entiendo como son capaces, a pesar de su edad, de tener esa energía a esas horas), las madres que les gritan desde el portal de la vivienda. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve… ¿Tú no estabas leyendo? ¿A qué viene tanta carcajada?... Perdona, no te molesto… Como trataba de explicarles antes de esta interrupción. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve. Tampoco es tan tarde. Como de costumbre. Hasta las diez no tengo clase. Todos mis temores anteriores no tienen sentido. Me alivio al pensar que ya no haré el ridículo ante mis alumnos ni ante el director poniéndole la excusa de una tormenta inexistente que había hecho desconectar mi despertador eléctrico, o de un gato que no tengo que había tirado del cable. Aún es temprano. No te enfades Jaime, sólo se trata a veces de rellenar páginas.

Déjame en paz…Ante el espejo del minúsculo cuarto de baño descubro un ingrato rostro que se asemeja al mío. Aún siendo mío, no deja de ser ingrato. Sin duda conserva los restos de la resaca de la noche anterior. Debo aclarar que entiendo por resaca las consecuencias de un trabajo nocturno, de pocas horas de sueño, de miles de neuronas soportando la presión que ejercen mis pensamientos sobre ellas, sobre todo a esas horas de la noche. Aclaro esto, para los malpensados que pueblan desgraciadamente nuestra sociedad actual, para quienes hablar de resaca supone siempre abusar del alcohol. Aclaro que no bebo. No bebo alcohol, quiero decir. No lo hago, entre otros motivos, porque seguro me produciría una espantosa resaca. Una espantosa resaca de la otra. La mía (llamémosla resaca tipo A), la que me acompaña todas las mañanas y que descubro ante el espejo de mi minúsculo cuarto de baño, la que me supone - aparte de descubrir a otro que se me parece físicamente- unas espantosas legañas que casi me impiden abrir del todo los ojos, unas pronunciadas señales en mi piel (posible consecuencia de las malformaciones de las ropas de cama sobre mi piel blanca), unas ondulaciones desmesuradas en mi pelo, un espantoso mal aliento que me provoca incluso nauseas cuando intento respirar (como consecuencia de la asquerosa comida con la que me alimento todos los días, con la que seguramente se alimentan las personas que a mi edad viven solas, sobre todo si son hombres. Porque también debo aclarar, de la misma manera que antes aclaraba que no bebía alcohol, que tampoco fumo). Esto no evita ciertos malestares intestinales como consecuencia de la mala alimentación, la que también me produce el mal aliento. Malestares intestinales, marcas en la piel, espantoso aliento, ondulaciones en el pelo y legañas que definen lo que yo llamo resaca tipo A. Tampoco es preocupante a mi edad padecer todas las mañanas una resaca tipo A. Unas buenas ventosidades, una buena ducha acompañada de un gel barato y pegajoso, un buen cepillado de dientes, un buen desayuno a base de zumo de naranja natural (que me produce unos buenos ardores a la media hora de tomármelo y que me acompañan agradablemente durante la mayor parte de la mañana) y un buen pedazo de pan duro untado de camembert, hacen desaparecer los restos de mi resaca tipo A, al menos los más graves y visibles. Un buen menú de cuidados intensivos, que no me hacen perder más de media hora, dejándome tiempo suficiente para llegar a clase tras un paseo que me conduce al instituto veinte minutos más allá.


poema naranja

Hoy

bebé

no

existe

Niervos a flor de piel.

Carne de gallina. Palpitar de ven

trículos. Pitarras de semanas acumuladas

por el llanto. Ojos incapaces de seguir viendo.

¿Para qué? Articulaciones desengrasadas, paraplejía,

politraumatrismo craneal, encefalograma plano. Gusanos

reptando por mi piel dispuestos al gran festín. Pistola, so

ga, cuchilla, gas, ventana, puente, fuego, tren, palo, vene

no, cuchillo, agua, aire, muro, coche, droga, cristal, alco

hol. Mil formas de decir adiós para siempre. ¿Seguir lam

entando cada amanecer? ¿Seguir sufriendo los despreci

os ajenos? ¿Seguir añorando lo que nunca fue? ¿Seguir

ilusionando con lo que nunca será? Ni AMOR, ni ESPER

ANZA, ni QUIMERA. ¿Para qué seguir escuchando estu

pideces? ¿Para qué seguir ladrando tanto palabreo? ¿Pa

ra qué seguir olfateando tanta mentira? ¿Para qué seguir

viendo tanto dolor? ¿Para qué seguir tentando la suerte a

dversa? ¿Para qué seguir sintiéndote tan lejos si tan cerc

a estás tú, la otra? Metal oxidado por el aire, por el agua,

por el uso. Tapón negro de plástico. Pesada que garantiz

a el éxito. Anaranjada para llamar la atención. Y más gus

anos y más babosas y más cucarachas expectantes. Y

un clic. Y una fetidez cada vez más densa. Y una cerilla.

Y sin tiempo para un último suspiro. Y BOUM. Y todo al

caaaaaaaaaarrrrrrrrrrrrraaaaaaaaaaajjjjjjjjjjjjjjooooooooooo.

y perdón

Nuestra desnudez

NUESTRA DESNUDEZ

Siempre me he imaginado a Anaïs Nin desnudando su cuerpo, enrollando sus medias con una parsimonia erótica hasta dejar descubierto sus pies. Página a página. Como tantas veces he hecho yo desde que descubrí eso de encerrarme hasta altas horas delante de un papel, de una máquina de escribir o de un ordenador. Hace más de veinte años. Sin suerte. Sin padrinos. Sin tiempo. En ocasiones, sin ilusión. He vivido tantas vidas mejor que la mía, que todavía continúo robándole el tiempo al trabajo que me da de comer y me paga la hipoteca, para seguir soñando que soy otro, un cuerpo malgastado por el tiempo, por la rutina, que se sigue desvistiendo para ser un día leído por unos cuantos ajenos a mi entorno. Perdí el rubor a los once años y no lo he vuelto a recuperar. Tal vez me lo robó ella una noche de lujuria a las que me acostumbró en mi adolescencia ¿Quieres que me desnude para ti? Tampoco estoy tan mal: un metro setenta, curva de la felicidad, mis canas de cuarentón, mis ojos color marrón… Y eso de contar… Mejor, tómate antes una aspirina… O abre sus “Diarios” mientras imaginas su cuerpo desnudo junto al tuyo… Después me contarás la experiencia.

FABULA DE JAMES Y SILVESTRE

FÁBULA DE JAMES Y SILVESTRE

A Boris Vian

James y yo recogimos nuestras escasas pertenencias y abandonamos a aquellos miserables, que después de cinco años, habían llegado al extremo de no cambiarnos ni la tierra… Abandonamos la casa sin despedirnos, después de haber robado de la bodega una botella de armagnac, de reserva por supuesto… Deambulamos por el barrio al menos una semana, alimentándonos con los restos de las basuras amontonadas por las esquinas, quitándonos el frío mediante buenos lingotazos de alcohol bebidos a morro… En nuestra búsqueda puertas y ventanas siempre cerradas, afeminados colegas con sus peinados de peluquería que nos miraban con desconfianza, algunos escobazos que nos echaban de soportales en los que intentábamos cobijarnos de la gélida noche… Una mañana, James, me mostró el camino de un refugio que había descubierto en su última noche de insomnio… Parecía un inmueble abandonado, con restos de un pasado notable, lejano en el tiempo, por el polvo acumulado sobre el mobiliario. De una oscuridad aterradora, de unas dimensiones casi imposibles para albergar unos enseres que parecían haberse consumido para adaptarse al espacio… Sin restos de vida humana, al menos recientemente… Sobre el suelo de la cocina, los restos de un roedor moribundo, a cuyo lado dos diminutas muletas, con las que probablemente se desplazaría sin dificultad por aquel cuchitril… Entre prepararnos una suculenta cena o buscar compañía, James y yo decidimos reanimarlo de alguna forma: a base de un asexuado boca a boca, continuando con unos buenos tragos de nuestra botella… Lo conseguimos sin duda,.. Desde entonces nos acompaña, mientras nos relata un pasado de lujos, de abundancia, de veladas literarias, de espuma de los días… Sin olvidarse de procurarnos la comida como agradecimiento… Ahora la casa incluso parece más amplia… La luz del sol vuelve a entrar por sus amplios ventanales…

Encuentro

Me gusta perderme...
Explorar las líneas tan bien definidas...
Posarme, acariciar tu frondosidad con mis dedos...
Saborear tu suavidad silvestre con mis labios...
Escalar tus voluptuosidades hasta los vértices...
Quedarme, ahí tumbado, para respirar tu remanso de paz...
Oír tu derredor que no existe,
El olvido del pasado arrojado a los recuerdos borrados de una vez...
Apoyar mi cabeza sobre ti, tus palpitaciones, tus movimientos inaudibles,
tu gemidos, tus encuentros y desencuentros,
tu piel como alfombra verde que cubre mi sendero,
el tuyo que me conduce imperceptiblemente, sobre la paz
del mundo, en busca de tus excavidades de lava
hasta tu seno más profundo e insoslayable,
hasta tí misma, hasta mí mismo, que me encuentro...
Me quedo y permanezco así, atado, adosado a tu cuerpo.

FLOR DE OTOÑO... Relato publicado en el libro "Instantes Magicos"

Esta historia esta adaptada a un guión de cortometraje que me gustaría un día poder rodar...

Estaba, aquella noche de lluvia y frío, sentada en mi sofá favorito, mientras la pobre mamá digería su cuenco de palomitas preparada para el último capítulo de la telenovela china "Flor de otoño", devorando las páginas de aquel best-seller que colapsó medio mundo. Y recordaba y recuerdo aún a aquel imbécil con el que compartí mi vida tantos años. Recuerdo aún sus llantos y sus plegarias, no me abandones, no me dejes. Recuerdo aún sus torturas mentales cuando intentó tantas veces acercarse de nuevo a mí, hasta que un día ¡puf! se desvaneció para siempre. Seguramente que ahora, desde allá abajo, desde las capas más bajas del infierno, estará diciéndome, me alegro de haber muerto por ti princesa. Pero gracias a dios, se esfumó para siempre de nuestras vidas. De la mía y de la de aquellos que le soportaban día a día. Gracias a mí me lo quité de en medio y le mandé donde quería. ¡Sólo me quedaba tener que soportarlo también aquí arriba!

Lo cierto es que Boris, una noche de invierno, mientras regresaba a su casa por las callejuelas del centro de la ciudad, se imaginó que apostado en la esquina de una estrecha calle, había alguien. Pero no se imaginó una sombra desdibujada cualquiera, no, concibió a aquella figura con todos sus detalles: metro setenta y ocho, unos setenta y cinco kilos, moreno, nariz aguileña, con vestimenta un poco estrefalaria, de esas que siempre criticaba mi madre de una manera tan grotesca, hija mía mira que tío más dejao, mira que cambiar a Boris por ese tipo. Pero mi madre es una vieja que siempre andaba con la cabeza en otra parte. Una clásica de esas que casi todo lo valoran por el porte y, claro, Boris, por tener, si es que tenía algo, era buen porte, hija mía con lo buen chico que parecía y siempre con su trajecito y su corbata a la última. ¿A la última de cuando, mamá, de los cuarenta? Pero mi madre no es la protagonista de esta historia, así que dejémosla descansar en paz, que a ella sí que dios la tiene que aguartar cerquita. Sí, Cristina, tú lo has dicho, pero tampoco había motivos para enviarle al purgatorio, mucho menos, al infierno. Pues como iba relatando, aquella noche de invierno, mientras Boris regresaba a su casa por las callejuelas del centro, ideó que allí estaba Paco, esperándole con no sé que malsana intención. Y claro, tenía que llover y hacer frío, y las calles tenían que estar desiertas. Al pasar junto a Paco, a quien en un principio no llegó a reconocer, al menos por su nombre, aunque sí por su descripción física, imaginó que le insultaba una y otra vez: "¡Cabrón! ¡Cabrón, olvídate de Cristina! ¡Mal nacido!". Creo que se acojonó, porque no le echó ninguna cuenta. Le miró de soslayo, un poco, como sin darle demasiada importancia, y siguió su camino, eso sí, aligerando un poco la marcha, por si acaso. Me lo imagino a él, relatando el suceso, como diciendo qué iba a hacer, si tenía cara de loco, un tio cuerdo no está a esas horas allí, bajo la lluvia, esperando que otro paso por su lado y comience a insultarlo. ¡Iluso! Así que continuó su camino y empezó a sentir cerca de sí el aliento de alguien que le perseguía a corta distancia. Hija mía, el chaval siempre fue un cagón, qué le vamos a hacer. Tan cerca le pareció que incluso su aliento le penetraba en su nuca, escuchando las mismas palabras que instantes antes le profería apostado en la esquina: "¡Cabrón! ¡Cabrón, olvídate de Cristina! ¡Mal nacido!". ¡Qué tendré que ver yo en toda esta historia! Salvo contarla, porque me hace gracia, y me imagino al desgraciado, tanto que puedo ser capaz de dar todo tipo de detalles, como si visionara una película o leyera una novela, como si ésta no fuera más que el relato de mi vida, que es la de todo el mundo a la vez. Pero conociendo a Boris como le conocía, tan peliculero como era, cualquier cosa pudo pasar aquella noche en la que yo, continuaba mi lectura de una novela de intriga, sí de esas en las que un tío apostado en una esquina esperaba a otro para perseguirle e insultarle e insuflarle toda su fetidez de aliento en el cogote, mientras llovía y llovía y no paraba de llover. Y hacía frío, claro. Allá, colgada en la pared, una foto en la que, hace tiempo, Paco, Boris, yo y no sé cuantas personas más éramos inmortalizados en nuestra última noche juntos. Boris ¡pobrecito mío! empezó a caminar más deprisa, a resoplar incluso, como diciéndome, ¡Cristina, sálvame por tu madre! Pero mamá, que era medio sorda y no se enteraba de nada mientras se tragaba el último capítulo de "Flor de otoño" no respondía a sus lamentos. Y yo, a lo mío, con la persecución de mi novela. Boris, volvió la cabeza para intentar convencerse de su ilusión, como queriendo que aquel tal Paco se hubiera aburrido y hubiera girado por alguna otra calle, hubiera desistido de su acoso. Pero no, era como una especie de acordeón, en el que por unos momentos parecía más lejos, por otro más cerca. A no más de cincuenta metros, tanto que hasta lograría reconocer en aquel rostro a alguien conocido, sí, quién será que me resulta tan familiar. Hasta pensaría en frenarse de golpe y preguntarle, oye yo a ti te conozco de algo. Pero hija mía, tu Boris siempre fue un cagón, pobrecillo, deja a los muertos en paz. Sí, mamá, tu también lo estás. Déjame contar que pierdo el hilo. Pero en vez de pararse y preguntarle, oye yo a ti te conozco de algo, tu eres fulanito de tal, aceleró el ritmo, seguro que ensimismado en uno de sus dobles pensamientos de toda la vida, estoy cagado de miedo y quién sera ese tipo que me resulta tan familiar. Pero allí seguía toda aquella farsa. Paco detrás de Boris, a pocos metros. Boris delante de Paco, a pocos metros también, desafortunadamente para él. Hasta se pudo imaginar que podía cerrar el paraguas, utilizarlo como instrumento de defensa en un momento determinado si se daba el caso. Cristina, hija mía, que no escucho bien la tele, y me pierdo todas las palabras de "Flor de invierno". Mamá, si estás muerta, para qué te interesa ahora saber de qué hablarán en "Flor de invierno". No se entera de nada la pobre. Pero jamás tuvo cojones para afrontar su vida, menos las dificultades de la pareja, mucho menos ahora que veía o creía ver su vida en peligro. Giraron a la izquierda, después a la derecha. Las calles permanecían vacías. Las diez de la noche en el reloj cucú del salón comedor. Llovía. Hacía frío. La mayor parte de la gente encerrada en casa saboreando el último capítulo de "Flor de otoño", mientras la otra mitad, devoraba con intensidad y emoción las últimas páginas de ese best-seller de intriga de moda, sí ese que os he contado al principio, de esos en los que un tío apostado en una esquina esperaba a otro para perseguirle e insultarle e insuflarle toda su fetidez de aliento en el cogote, mientras llovía y llovía y no paraba de llover, y hacía frío. Mientras, allá, colgada de la pared, una foto en la que, hace tiempo, Paco, Boris, yo y no sé cuantas personas más éramos inmortalizados en nuestra última noche juntos. Me río sólo de sentir sus palabras novelescas de aquel momento, cada vez era noche más cerrada, cada vez la calle estaba más solitaria, como introduciéndome en la boca de una bestia que me atraparía con sus enormes zarpas para devorarme en unos segundos tan sólo. Y seguía girando a izquierda y derecha por las callejuelas del centro de la ciudad de regreso a casa, la que, posiblemente debería estar cada vez más cerca, aunque el camino que me acercaba a ella todos los días a la misma hora, me resultaba hoy más interminable que nunca. Pero tan cerca le sentía que, en un momento determinado, creí que sus manos peludas, frías y rugosas, se aferraban de tal forma a mi cuello que pensé, este es el fin, devorado y englutido por la bestia. Cómo si no le hubiera conocido lo suficiente. Si además era lector empedernido de toda esa basura de intrigas y thriller psicológicos. Pobrecito, Cristina, no te metas más con él. Pero ahí seguía, corre que te corre, empapado de lluvia y de acojone, incapaz de ser un héroe, aunque fuese sólo de ficción y por una noche, y pararse para ensartar a aquel hijo de puta de Paco con la punta del paragua, como si fuese un pinchito moruno, para dejarle allí tendido, presto a ser devorado por los camiones de basura que, pocas horas más tarde, limpiarían la ciudad de todas las inmundicias del pasado más reciente. No, el seguía corriendo, con el rostro descompuesto. Incluso el vientre. Para qué negarlo. Implorando a su dios despertar de aquella pesadilla. Rogando que la pluma del escritor pusiese fin a aquella alucinación. Pidiéndome incluso, con lágrimas en los ojos que yo, Cristina Vazquez, cerrara de una puñetera vez aquel libro, para que sus sufrimientos dejaran de ser tales, entre otras cosas porque los personajes de ficción ideados para sufrir, dejan de hacerlo cuando nadie en el mundo abre la página donde la acción se desarrolla. Pero, a aquella hora de la noche, mientras mamá, como todas las mamás del mundo, en sus no sé cuantos idiomas posibles, derramaban cuanto llanto pudiera caberles en las bolsas de los ojos por culpa de aquella mierda de "Flor de Otoño", los hijos de todas las mamás del mundo, en sus no sé cuantos idiomas traducidos posibles, llegaban a la vez al final de aquella novela de intriga, sí de esas en las que un tío apostado en una esquina esperaba a otro para perseguirle e insultarle e insuflarle toda su fetidez de aliento en el cogote, mientras llovía y llovía y no paraba de llover, y hacía frío. Lo siento Boris, no tienes poder ninguno de convicción por mucho que me supliques desde la calle, ¡Cristina, por tu madre, sálvame! Deja a mamá tranquila, que está viendo "Flor de otoño", aunque no se entere de nada, aunque se vaya a morir mañana mismo. Y seguí escuchando el llanto de Boris, ¡Cristina, por tu madre, sálvame! y la respiración cada vez más entrecortada de Paco, ¡ah,ah,ah,ah! y los gritos de mamá, encorvada en su sofá de siempre, digeriendo aquel cuenco de palomitas. ¡Cristina, hija mía, que no me entero de nada! Mientras el frío era cada vez más intenso, la lluvia más persistente y el pánico de Boris, mi ex, cada vez más patente. Sobre todo cuando, en un momento determinado, entrando en la misma esquina de su calle, viendo algo de luz en su transtornado corazón, resbaló con sus suelas de goma contra el adoquinado de la calle, hasta quedar allí, tumbado, clavado contra el suelo como los disparados a bocajarro por la espalda, con el paraguas a un lado, destrozado por el impacto de la caída, seguro que intentando levantar algo la cabeza al cielo de la noche lluviosa de invierno, implorando a su dios, ya que yo no le echaba ninguna cuenta, ¡dios mío apiádate de mí!, o simplemente, diciéndole a su perseguidor, anda Paco, mátame de una puta vez. Pero no, ni imploró a dios nada, ni siquiera me llamó de nuevo, ni tampoco se dio por vencido ante aquel tenaz hostigador. Consiguió ponerse en pie de nuevo, abandonar allí su única arma posible, que hasta entonces no le había servido para nada, y continuar de nuevo a pesar de la sangre que le brotaba de su nariz, a pesar de sentir el cuerpo dolorido, sobre todo en las rodillas, a pesar de llevar agujereado el pantalón de pana que siempre utilizaba. Cristina, eso tiene arreglo, no te preocupes, yo mismo se lo coseré como tantas veces lo he hecho. Pero Boris demostró el pavor del que se sentía invadido para seguir corriendo, a pesar de que la angustia me devoraba y el corazón se me salía por la boca. Pensaría incluso, como si lo estuviera leyendo en las páginas últimas de este libro, morir en el portal de mi propia casa, estrangulado, acuchillado, disparado… por la espalda, a manos de un loco que no cesaba de gritar una y otra vez los mismos insultos: "¡Cabrón! ¡Cabrón, olvídate de Cristina! ¡Mal nacido!". Pero le dio tiempo a sacar las llaves del bolsillo, afortunadamente no se les habían caido durante la caída. Tampoco iba a tener tan mala suerte el pobre. Mamá, aunque no te enteres de nada, tú a lo tuyo. Consiguió incluso atinar con la cerradura, para abrir la puerta después y cerrarla tras de sí. Detrás del cristal de aquella puerta, la sombra reflejada de Paco, al que aún no había reconocido por su nombre, al otro lado. Allí se quedó un instante, como queriendo aguantar la puerta, como queriendo escuchar por última vez aquella voz conocida que le perseguía desde hacía rato por las callejuelas del centro de la ciudad y como se iba perdiendo poco a poco "¡Cccccaaaaabbbbrrón…………..!" Millones de personas, en cientos de idiomas posibles, se comían las uñas de la emoción de no poder parar aquel relato de intriga, mientras sus mamás, lloraban amargamente ante la tele al ver que Boris, el novio de toda la vida de Cristina, era abandonado por ésta por un tal Paco, en la telenovela china de moda en todas las televisiones del mundo: "Flor de otoño". Y Boris subió a casa, sin parar de pensar en aquel rostro tan conocido, en aquella voz tantas veces escuchada con anterioridad, al menos una noche de hace meses, una noche cualquiera de copas. Y allí, donde estaban todas las fotos en todos los salones del mundo, una, en la que, hace tiempo, Paco, Boris, yo y no sé cuantas personas más éramos inmortalizados en nuestra última noche juntos. Delante de Boris, él mismo, su ex Cristina y aquel hijo de puta de nariz aguileña que le había robado a su novia. De repente pegué un bote del asiento, sólo faltaba una página, la última, como la última en todas las casas del mundo donde millones de hijos de mamás sordas que contemplaban el final del último capitulo de "Flor de otoño" lloraban amargamente y agotaban aquel cuenco gigantesco de palomitas. Un grito, en el primero, en el segundo, en el tercer piso. Yo vivía en el cuarto y último. El mismo que pegué yo. De la foto había desaparecido Paco. Paco, que había saltado sobre el cuerpo agotado de Boris tras la persecución. Por la espalda. Tras descubrir que aquél que le había acosado horas antes se escondía tras aquel nombre, tras aquel físico, dentro de aquel cuadro, de aquella noche en la que yo le dije a Boris, ahí te quedas, nunca te quise y a Paco le quiero un poquitín, fue una mierda mientras duró, pero me aproveché de ti. Hija mía, mira que eres dura con el pobre de Boris, sobre todo ahora que necesita todas sus fuerzas para defenderse de Paco. Me callé, seguí leyendo, pocas lineas hasta el final, apenas quince. Segundos para que todas las mamás del mundo sufrieran el mayor impacto de sus dolorosas vidas al descubrir que el final de "Flor de otoño" acababa en tragedia. ¡No puede ser! Apenas tuvo tiempo Boris de reaccionar cuando la nariz aguileña le había clavado un cuchillo en el cuello, desplomándose al instante. Al igual que de la foto, al igual que de la pantalla de la tele, al igual que del libro, manaba sangre por todas partes. Sólo una frase tuvo tiempo de decir aquel pobre desgraciado que me acompañó durante los últimos años, ¡qué hija de puta eres Cristina! Te has pasado yerno, que soy una santa, de hecho mañana mismo me muero y voy al cielo, seguro que tú no pasar del infierno. ¡Pobre mamá, que razón tenía!

Nada más terminar el libro, nada más deshacerme de mi novio definitivamente y de Paco, que terminaría seguramente una larga temporada a la sombra, mientras todos los hijos de todas las mamás sordas del mundo, que se preparaban una tila con valeriana para soportar una noche de derrota por el final desdichado de "Flor de otoño", cerrábamos nuestros libros y apagábamos todas las luces de todas las casas del mundo. Y la cantata 147 de J.S. Bach sonaba a modo de epílogo en el fondo de todos nuestros corazones. ¡Puta, vaya historia te has inventado a mi costa! ¡Lo siento Boris, cariño!

sigo sin perderme

Poema

El corazón es un niño:
espera lo que desea
(Proverbio ruso)


Siempre he tratado de ser una persona tranquila,

no es fácil, y

no sé porqué tardé tanto tiempo en ver la luz, por vez primera,

una noche, de un recién estrenado invierno,

del mismo año en que los Beatles triunfaron con “Yesterday”, pero…

ayer, yo, todavía carecía de existencia propia,

sólo el rugido de un vientre escuchaba,

de lo que iba rapiñando de aquí y de allá me alimentaba,

no tenía nada que ver, permanecía con los ojos cerrados por tanto, y

gritaba, porque no me apetecía salir, y

me movía, cambiando de postura, porque

me resultaba incómodo mantenerme impertérrito durante tanto tiempo, y

estaba solo, pero, no me aburría, no miraba, pero,

sí sentía… como circulaba su sangre a través de sus venas y

de sus arterias, como aquella cavidad, llamada estómago,

engullía más y más alimentos, sobre todo dulces, y,

digeridos, bajaban por aquel inmenso tubo blanquecino, llamado intestino,

para desaparecer después… era divertido… también,

aquel reloj perfecto, con un compás medido, tic-tac, tic-tac, que,

a veces, no me dejaba dormir, aunque nadie le diese cuerda, que,

no cesaba nunca… tic-tac, tic-tac… y,

yo, sin poder gritar: “¡por favor, intento descansar!”, y,

si me escucharon alguna vez, nunca llegaron a hacerme caso, porque,

a aquel reloj, al que jamás llegué a ver de cerca,

que no cejaba en su empeño… tic-tac, tic-tac… al final,

no tuve más remedio que acostumbrarme,

de la misma forma que tuve que hacerlo a los presuntos movimientos de mamá, y,

digo presuntos, porque yo sólo podía verla desde dentro, y…

no era lo mismo…

Parecía que, a veces, me sentía aplastado contra algo,

otras, contraído, empujado junto a algún órgano cercano, aunque,

jamás me llegué a sentir inseguro dentro de mi bolsa… de la que…

no me gustaba su color, tan enrojecido por los efectos de la sangre circulante…

así qué… sentí haber olvidado mis lápices de colores, para,

así, poder teñirla de tonos más alegres, menos cruentos…

sólo pude conseguirlo utilizando mi imaginación,

de la que nunca me quejé, y

que tanto me ayudó a sobrellevar aquellos casi diez meses de cautiverio, y…

no lo digo en el sentido negativo de la expresión, entiéndanme,

estaba encerrado, casi sin poder moverme,

sin ninguna capacidad para expresarme, ni para comunicarme con nadie,

mis sentidos funcionaban a la perfección, no cabía duda, pero,

no era libre, y,

es una pena no disponer de autonomía propia,

si no es por un motivo, es por otro,

por eso decía lo del cautiverio… pero, protegido,

como un marqués, al que todo se lo ponen por delante,

sin necesidad de trabajar para atiborrarse de comida,

ni de tener que dar explicaciones a nadie por sus actos…

Ser libre…

aunque sólo fuese en el reducido espacio de mi bolsa sanguinolenta…

era una pena no disponer de una televisión,

para ocupar todo aquel tiempo, que transcurría con una lentitud agotadora,

pasmosa, enervante, aburrida, interminable…

marcado por ese tic-tac, tic-tac incansable… y

sin mi caja de lápices de colores,

con los que decorar mi bolsa ensangrentada

con dibujos inocentes, con manchas de mil y una tonalidades diferentes,

como las de aquellos antepasados nuestros en sus cuevas tan prehistóricas,

pero cambiando los rojos y los tierras, por

azules, amarillos, rosáceos, violáceos, verdosos…

yo… también querría dejar mi huella aquí dentro, o,

¿no lo hacen los presos, dibujando palitos, uno al lado de otro,

verticales, y

el quinto en diagonal, cruzando los otros cuatro,

hasta el término de su condena?...

Bueno, pensándolo bien, lo mío también es una condena,

aunque, ni haya cometido pecado, ni delito alguno…

otros muchos también la sufren,

como si fuera algo innato a la propia naturaleza humana,

aunque, yo no pueda verlos todavía…

sí sentirlos, igual que siento el llanto de mamá, y

lo padezco, y

también lo sufro, y,

lo que es peor, no puedo hacer nada para evitarlo… si

es consustancial a los seres humanos…

¿qué puedo hacer yo, ser diminuto, para intentar remediarlo, si,

ni siquiera puedo impedir el mío?...

ni el pasado, ni el presente, ni el futuro…

porque, a nadie le pedí llegar hasta este extremo, donde ahora me encuentro,

es algo circunstancial, lo mismo estoy yo, que

podría estar otro ser diminuto…

Papá y mamá en una noche de deseo… ya saben, o

¿es que tengo que explicarlo todo?...

venga, veamos, resulta que:

papá metió su aparatito dentro de mamá y… ¡zas!

lo echó todo dentro,

como otras veces lo ha hecho, el muy guarro,

aún estando yo ya dentro,

su sabor es salado, pegajoso… asqueroso, podéis creerme,

que lo he sufrido más de una vez, sin poder

volver la cara siquiera, para evitar su contacto conmigo… Pues,

así tuvo que ser, allá por los comienzos de la primavera, o,

todavía, a finales de aquel invierno, pero siempre,

dentro del mismo año en que los Beatles triunfaron con “Yesterday”, pero,

por aquel entonces, yo, carecía de existencia, e

intento recordar donde podía encontrarme antes, pero,

no hay manera… con lo joven que soy, y

con estos fallos de memoria…

¿Qué será de mí cuando empiece a cumplir años?

¡Qué cruel puede llegar a ser la vida con todos nosotros!

Desde el principio, porque, mientras vas vagando en la inexistencia

más absoluta… ¡joder, que no lo recuerdo!...

sin otra ocupación que no sea la de huir,

salir corriendo, a toda velocidad,

con el único objetivo, de no ser alcanzado nunca

por el látigo de dos desconocidos, empeñados en tener descendencia, o,

simplemente, en no tenerla, sólo con idea de pasar un rato entretenidos, que,

sin precauciones, de ningún tipo, puede acarrear estas consecuencias,

para ellos, y

para mí también,

para mí, peores aún, porque,

tener que terminar en el vientre de una mamá que no desea lo que lleva dentro,

o sea, yo,

u otro como yo, y

de un papá que no para de clamar:

“¡¿Por qué no te tomaste la píldora?!

¡¿No me dijiste que no pasaba nada?!

¡¿Y tú porqué lo echaste dentro?!

¡Porque tú me lo pediste!

¡¿Qué yo te lo pedí?! ¡Serás cabronazo!”... Y,

así un día y otro y otro y otro… y

un semana y otra y otra y otra… y

un mes y otro y otro y otro…

Por no hablar de la otra opción posible:

la de terminar destrozado en el cubo de basura de cualquier hospital…

sin futuro… Y,

sí, es verdad, aseguro que yo fui cazado aquella noche,

que los espermatozoides de papá acertaron de pleno… y,

me tocó a mí, a pesar de mis resistencias… y,

aquí estoy, esperando, como un marqués,

desde hace… ¿a ver?... creo que nueve meses ya…

sí, nueve… y

sin televisión, con la de programas que habrán puesto durante todo este tiempo… y,

yo, sin enterarme de nada… y

sin mi caja de lápices de colores,

con los que poder colorear estas paredes de un rojo tan sanguino… y

ese dichoso reloj, que no me deja dormir la siesta…

tic-tac, tic-tac… y,

me pregunto muchas cosas en estos momentos,

cuando estoy a punto de deshacerme de mi ansiado encierro…

¿Naceré en una ciudad bonita?

¿Cómo serás los demás?

¿Serán como yo?

¿Qué idioma hablarán?

¿Y mis padres?

Me tendré que parecer a ellos…

si no me queda más remedio, claro…

Si no estuviera aquí metido,

si tuviera un mínimo de libertad y

pudiera salir un momento, sí,

tan sólo un instante, por favor, y,

así, poder decidir, por mí mismo,

cómo quiero que sean mis futuros padres… venga, sólo este favor…

que no, que no es posible… que

¿cómo puedo elegir a mis propios padres?...

¿qué me tengo que parecer a ellos por narices? ¿y

si no me gustan como son,

tengo que salir a ellos?...

A mí no me hace ninguna gracia,

así que, no sé, a qué vienen tantas risas… y,

¿vosotros los habéis elegidos?...

Tampoco… Y,

¿si son feos?... yo también lo seré… y

¿si son blancos?... yo también lo seré… y

¿si son tontos?... yo también lo seré…

aunque esto último, me dicen, que podría mejorarlo,

bueno, al menos es un consuelo,

algo es algo… pero, no me convence… y

¿si me arrepiento de salir en el último momento?...

¿que tampoco puedo?...

menos mal que vivo como un marqués… que si no… Y

¿podría ser como un pez?

¿No? ¿Por qué?

¡Ah! Que ya he desarrollado forma humana…

es verdad, tengo brazos y manos y

piernas y carezco de aletas y

de escamas y de cola… Y

¿si quiero ser mujer?

¿Cómo?

¿Que tendré que hacerme mayor para cambiar de sexo?

¿Que mire entre mis piernas?

Vale, vale… seré chico… Y

¿si quiero nacer en el continente africano?

¿Qué?

¿Que mire el color de mi piel?

¿Existe alguna raza con piel rojiza?

¡Ah! Que cuando nazca me lavarán y

me daré cuenta que el color de mi piel es blanco…

¿Podría cambiarla?

¿Tampoco?

¿Que los intentos de cambiar el color de la piel enloquecen?

¡Qué más da!

Gracias al menos por permitirme una cosa:

me han asegurado que no naceré en cierto territorio,

sí, ese que se encuentra entre México y Canadá,

que no me preocupe,

que lo demás ya tendré oportunidad de conocerlo,

de aprenderlo, de hacerlo mío… y,

que lo que no puedo cambiar es lo heredado de mis padres,

lo demás, perfectamente modificable… pero nada más…

A esperar entonces. También dicen que me queda poco…

con lo bien que estoy aquí dentro, como un marqués,

el rey de los fetos, aunque suene maloliente… aunque,

pensándolo bien… tampoco huele a Chanel que digamos…

aunque carezca de televisión, y

de mi caja de lápices de colores, con los que poder pintar

un amplio universo rosado, plagado de estrellas anaranjadas,

aunque el maldito tic-tac, tic-tac, me ponga de los nervios…

Ahora, durmamos mientras haya tiempo para ello… y,

¡qué bonito es soñar!,

a pesar de los ronquidos insoportables de mamá:

tumbado en la arena de una inmensa playa desierta,

de aguas azuladas, en calma…

leyendo cuentos, acordes a mi edad, porque,

antes de crecer y

seguir creciendo, seré niño, y,

si me gusta, llegará un instante en mi vida que me diga:

“Hasta aquí, ya no quiero hacerme más mayor”.

Diez años, siempre con los libros de Roald Dahl entre mis manitas…

Pero, eso sí, prometo una cosa:

si me tengo que hacer adulto, porque no hay más remedio,

(me he dado cuenta que esto de la vida,

todo es por imposición, no por elección)…

mi mente seguirá siendo siempre infancia, fantasía, bebé…

aunque me siga haciendo pipí encima,

que más da, mejor llevar pañales, que

no armas entre las manos…

Un fuerte ruido me sobresalta, irrumpe mis sueños

de eterno bebé… y

gritos y más gritos y más gritos… y

empujones y más empujones y más empujones…

¡No, todavía no! ¡Déjenme dormir un rato más!

¡Estoy cansado! ¡Tengo sueño!

¡Más tarde, por favor!... Y

se suceden los gritos y los empujones… y

parece que no puede ser de otra forma… y

hace frío de repente y…

joder, que tío más feo me está mirando tan fijamente… y

lloro, porque, el llanto es el único consuelo que me queda, al parecer.

SOREL