El mundo de las quimeras (novela)
I

Ocho de la mañana. Suena el despertador. Jacques se levanta a la hora habitual. Abre tímidamente los ojos. Da varias vueltas en la cama dejando colocado su cuerpo boca abajo. No quiere ver la hora en el reloj. No puede creer que ya sea de día. Como si acabara de acostarse. Aunque acabe de hacerlo realmente. No hace más de tres horas. Debo hacer una aclaración en tercera persona. Jacques está todavía demasiado cuajado para hacerlo en primera persona. Lo de aclarar. Y aclaro que su trabajo mental lo realiza de forma noctámbula… Un momento… Ocho y diez minutos. Vuelve a sonar el despertador. Jacques no soporta esos relojes eléctricos tan modernos que suenan cada diez minutos. Y aunque tiene la costumbre de dejar el tono al mínimo, aún así el sonido le revienta los tímpanos. Piensa en su inconsciencia que tal vez pueda despertar al vecindario… ¡Allá ellos!... Sigue pensando… Los demás también tendrán que trabajar, que levantarse temprano. También tendrán despertadores como el suyo que posiblemente perturbarán el sueño de todo el vecindario… Otro momento… Ocho y quince… Cinco minutos para volver a sonar el dichoso ¡pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Como si fuera la alarma de un coche. Aunque, claro, no solemos dejar aparcado el coche junto a la mesilla de noche… Ahora gira sobre su izquierda. Con los ojos semicerrados contempla la luz roja de los dígitos. Como van cayendo los minutos uno detrás de otro. Piensa de nuevo. Es el tiempo que pasa inexorablemente. ¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Ocho y veinte… Recapacita en su somnolencia… Y si estirara del cable: Y si parase el tiempo. Y si me concediese un margen de descanso… ¡Pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!... Ocho y treinta… Y estira con brusquedad del cable. Y consigue que la luz roja desaparezca por completo. Y consigue parar el tiempo. Y consigue dejar el enchufe de su despertador eléctrico colgando de la pared… Y si todo fuese tan fácil no habría cumplido ya los treinta y seis años…. Pienso yo… Él, mientras tanto, sigue durmiendo… Trance.
Prosigo mi relato. En tercera persona. Él, Jacques, sigue dormitando. Yo todavía no puedo. Alguien tiene que contar esta historia. Si es que esto da para una historia. Si puede considerarse verdaderamente una historia. Si realmente existe una historia. Lo hablaremos cuando recupere la conciencia. Es importante. De momento apenas he terminado la página 1 (aunque depende del tipo de letra, del tamaño de la fuente sobre todo). Parece que llevo más de 20. No sé qué contar. Por eso es importante que hablemos. Por si Jacques tiene algo que decir. Salvo que tampoco. Entonces diré adiós. En tamaño enorme, para completar al menos dos páginas de novela. Todo un esfuerzo…
A
Dos horas para todo esto. Para nada. Tengo sueño. Bebo para mantenerme despierto. Craso error, diría Jacques. Pero ahora no dice nada. Ahí está. Tumbado sobre la cama. Boca abajo. Sin posibilidad alguna de que el despertador eléctrico suene de nuevo cuatro veces más en intervalos de diez minutos hasta completar una hora de ¡pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi!. Aunque tampoco creo que tenga que esperar que se despierte. Me siento borracho. Cada vez más. Puede que hasta vomite y lo ponga todo perdido. Hasta tu cama, donde duermes plácidamente. Me voy. Despiértate cuando te salga de los cojones…
A
II
Joder, ahora el bullir de una cafetera en un piso cercano. Abro los ojos. Me he quedado un poco traspuesto. Él también los abre. Deja de girar tu cuerpo de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. No va a sonar más tu despertador. La luz roja que te atemoriza todas las mañanas ha desaparecido por completo… Piensa, y no empieces a imaginar que posiblemente se haya ido la luz durante la noche, a causa de una tormenta. Sí, cada vez es más tarde. Si llegas con retraso a clase los alumnos tal vez se hayan marchado. Sí, esos cabrones ya no conceden ni quince minutos de cortesía.
Pero al abrir tus ojos legañosos y depositarlos fijos en tu despertador desconectado, descubres el enchufe colgando de la pared. Todos tus pensamientos no han sido más que excusas con las que afrontar tu llegada tarde al trabajo. Mi larga espera también. En mi estado. Además, tengo que recordarte que al acostarte no estaba así. Entonces vuelves a pensar por ti mismo: alguien podría haber entrado durante la noche en mi habitación, una especie de pánico me invadió imaginar que vivía solo, que podría tratarse de un ladrón que había entrado durante la noche para robar, puede que un asesino a sueldo dispuesto a acabar con mi vida por un puñado de billetes… Más cangelo… Pero estamos solos. Lo que no es motivo suficiente para que respires aliviado, porque indudablemente piensas que debe ser tarde… Lo que agudiza tu sensación de espanto. Sobre todo por las consecuencias inmediatas que afloran en tu mente a causa de la tardanza: 1) Esta vez sí, tus alumnos estarán esperándote. 2) Indudablemente, el director también te estaría esperando con la lista de incidencias en la mano, en tono amenazador. Aunque te consuelas pensando que tampoco debe ser grave llegar por primera vez tarde en lo que va de mes… Un poco de benevolencia… No caes en la cuenta de que hoy es día 1… No está mal para empezar el mes… Aún así intentas escudriñar una excusa razonable en tu mente… Nadie tiene porque saber si realmente un ladrón entró esta noche en tu casa para robar, que tropezó con el cable del despertador eléctrico y arrancó de cuajo el enchufe de la pared… Tampoco si un asesino a sueldo ha intentado eliminarte por un puñado de billetes y ante el miedo de verse sorprendido por el sonido del despertador ha arrancado de cuajo el enchufe de la pared antes de salir huyendo… Mucho menos que un querido amigo, consciente de la importancia de tu descanso, ha pegado un tirón del cable de tu despertador eléctrico con la mala suerte de arrancarlo de cuajo de la pared… Aunque siempre te puede quedar el pretexto de una tormenta durante la noche… De un rayo que ha provocado un apagón… Claro, después las consecuencias… Que tu despertador es eléctrico… Que en la época en que vivimos casi todos los despertadores lo son. Qué malo tiene usarlos… Hasta te resulta convincente… Hasta puede resultarle persuasivo. Es entonces cuando decides levantarte… Siempre sin dejar de meditar sobre la tormenta que asoló la ciudad aquella noche… Como intentando solidificar tu argumento… Descorres las cortinas de tu habitación haciendo que la luz del sol penetre sin remisión en el interior, reflejándose sobre la pared del fondo. Cada vez estás más convencido de que debe ser tarde. Lo es. De la misma manera que llevo una hora para que te levantes y no hay forma, mientras te debates con argumentos estúpidos de los que tú mismo dudas. Sobre todo, cuando al bajar la vista hacia la calle, no descubres restos de la presunta tormenta. Cuando al recorrer con tu vista la habitación ni un resquicio de robo o huellas de un asesino a sueldo que ha intentado eliminarte por un puñado de billetes. Siempre puedes agarrarte a la posibilidad de una tormenta de verano, de esas que suelen visitarnos en verano. Pero te recuerdo que hoy inauguramos el mes de febrero… Pero siempre cabe la posibilidad, mientras no hagas mención alguna al verano. Pero piensa que al final todo se sabe, y cuando se sepa sin duda harás el ridículo más grande del mundo ante al director, y lo que es peor, ante tus alumnos… El cachondeíto que tendrás que soportar por parte de esos cabrones durante una larga temporada… Entonces… Decídete de una vez… Hazte cargo, antes que vomite de nuevo la borrachera. Deberás cerciorarte antes de afirmar algo, si realmente te has quedado dormido por culpa de la tormenta eléctrica, no de verano, que dejó sin luz la pasada noche la ciudad de París y que desconectó todos los despertadores eléctricos. Por ejemplo, podrías preguntar a la portera antes de salir a la calle sobre la existencia o no de la presunta tormenta… En el caso de que dijera que no, deberías tener preparada otra excusa… Piensa… Con tanto lentitud, que me da hasta tiempo de leer un capítulo entero de la última novela de Jean Echenoz que tienes abandonada sobre la mesa…
"La mujer que había sellado el destino de Jean-Claude Kastner se despertó aquel mismo día poco antes de las nueve de la mañana. Abrió un ojo orientado al techo grisáceo…" (1)…
Pues sí ese tipo remolón es Jacques. Jacques y no Jaime porque es una novela francesa. Y en las novelas francesas los personajes se llaman "franceses". Albert que no Alberto, Benoît que no Benito, Charles que no Carlos. Daniel que no Daniel. Émile que no Emilio. Ferdinand que no Fernando. Guillaume que no Guillermo. Henri que no Enrique. Jules que no Julio. Laurent que no Lorenzo. Michel que no Miguel. Narcisse que no Narciso. Onfroy que no Onofre. Paul que no Pablo. Quentin que no Quintín. Robert que no Roberto. Serge que no Sergio. Thomas que no Tomás. Valérie que no Valerio. Zinedine que no Zidane… Si la novela fuese "española" todo sería bien distinto. Pero no es el caso. Jaime les acompañará en las próximas seiscientas páginas por lo menos. Páginas que relatarán acontecimientos varios que le acaecieron durante una semana de hace más de diez años, mezclados con los que viví yo por aquel entonces y desde aquel entonces que tardé en escribirlos. Porque realmente en París sucedieron muchas cosas, propias, ajenas, reales, oníricas. Y ahora que París ya no existe más que en las quimeras de un rincón perdido me atrevo a continuarla con Jaime. Porque Jacques sigue existiendo como tal. Sigue vivo a pesar de los años y de sus adversidades. Al igual que siguen existiendo otros personajes que ya no están entre nosotros. Seguirán respirando, pero no sentimos su aliento cercano. Un día, en una pequeña habitación de hotel, empecé esta historia. Fue en 1996. Ese año conocí a Jaime. Llené cientos de anotaciones que hoy día carecen de valor, porque no me hice un escritor famoso. Ni siquiera me hice escritor todavía. Fíjense si llevo tiempo intentándolo. Y lo que es peor aún, ni terminé la novela. La que hoy reescribo con la ayuda de Jaime que tiene mejor memoria que yo. Todas aquellas anotaciones no me sirven de nada. su memoria y la mía relatando acontecimientos que pasaron una semana en un París invernal.
Todos los sucesos que relataré han sido o serán son ciertos. Aunque pueda parecer mentira que sucesos como estos se produzcan en la vida real de una persona normal. Jacques no es normal. Yo no sé si soy normal. Simplemente soy una persona. A mí me suceden. Así es Jacques. Así soy yo.
Consciente de ser sí mismo, aunque con sus limitaciones, seguiré leyendo: "… y, tras reconocerlo, se levantó para ponerse una informe bata enguatada de color verde. Pero, muy poco después, en el espejo del cuarto de baño, fue su cara lo que le costó reconocer…" Jacques les contará lo que tenga que contarles. Desde la calle me llegan los sonidos de la ciudad que despierta. Los cierres metálicos de algunos tenderos madrugadores que inician su jornada, el sonido de algunos camiones que empiezan a colapsar la calle, el claxon de algunos que no pueden maniobrar por la estrechez de la calzada, las voces lejanas de los vecinos saludándose en el portal, el berrear de algunos pequeños en busca del colegio (no entiendo como son capaces, a pesar de su edad, de tener esa energía a esas horas), las madres que les gritan desde el portal de la vivienda. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve… ¿Tú no estabas leyendo? ¿A qué viene tanta carcajada?... Perdona, no te molesto… Como trataba de explicarles antes de esta interrupción. También me llega el sonido de las campanas de la iglesia de Saint-Germain anunciando las nueve. Tampoco es tan tarde. Como de costumbre. Hasta las diez no tengo clase. Todos mis temores anteriores no tienen sentido. Me alivio al pensar que ya no haré el ridículo ante mis alumnos ni ante el director poniéndole la excusa de una tormenta inexistente que había hecho desconectar mi despertador eléctrico, o de un gato que no tengo que había tirado del cable. Aún es temprano. No te enfades Jaime, sólo se trata a veces de rellenar páginas.
Déjame en paz…Ante el espejo del minúsculo cuarto de baño descubro un ingrato rostro que se asemeja al mío. Aún siendo mío, no deja de ser ingrato. Sin duda conserva los restos de la resaca de la noche anterior. Debo aclarar que entiendo por resaca las consecuencias de un trabajo nocturno, de pocas horas de sueño, de miles de neuronas soportando la presión que ejercen mis pensamientos sobre ellas, sobre todo a esas horas de la noche. Aclaro esto, para los malpensados que pueblan desgraciadamente nuestra sociedad actual, para quienes hablar de resaca supone siempre abusar del alcohol. Aclaro que no bebo. No bebo alcohol, quiero decir. No lo hago, entre otros motivos, porque seguro me produciría una espantosa resaca. Una espantosa resaca de la otra. La mía (llamémosla resaca tipo A), la que me acompaña todas las mañanas y que descubro ante el espejo de mi minúsculo cuarto de baño, la que me supone - aparte de descubrir a otro que se me parece físicamente- unas espantosas legañas que casi me impiden abrir del todo los ojos, unas pronunciadas señales en mi piel (posible consecuencia de las malformaciones de las ropas de cama sobre mi piel blanca), unas ondulaciones desmesuradas en mi pelo, un espantoso mal aliento que me provoca incluso nauseas cuando intento respirar (como consecuencia de la asquerosa comida con la que me alimento todos los días, con la que seguramente se alimentan las personas que a mi edad viven solas, sobre todo si son hombres. Porque también debo aclarar, de la misma manera que antes aclaraba que no bebía alcohol, que tampoco fumo). Esto no evita ciertos malestares intestinales como consecuencia de la mala alimentación, la que también me produce el mal aliento. Malestares intestinales, marcas en la piel, espantoso aliento, ondulaciones en el pelo y legañas que definen lo que yo llamo resaca tipo A. Tampoco es preocupante a mi edad padecer todas las mañanas una resaca tipo A. Unas buenas ventosidades, una buena ducha acompañada de un gel barato y pegajoso, un buen cepillado de dientes, un buen desayuno a base de zumo de naranja natural (que me produce unos buenos ardores a la media hora de tomármelo y que me acompañan agradablemente durante la mayor parte de la mañana) y un buen pedazo de pan duro untado de camembert, hacen desaparecer los restos de mi resaca tipo A, al menos los más graves y visibles. Un buen menú de cuidados intensivos, que no me hacen perder más de media hora, dejándome tiempo suficiente para llegar a clase tras un paseo que me conduce al instituto veinte minutos más allá.








